El cuerpo.
Las Memorias de Schreber: Un tratado sobre el cuerpo
por José Ioskyn
Así quizás debería llevar como subtítulo este libro, único como referencia de la psicosis, y único también como ejemplo princeps de cómo se ve afectado el cuerpo en tanto el sujeto resulta efecto de lenguaje, y asimismo de cómo el cuerpo bien puede ser un artificio que se desarma y se vuelve a armar, que se puede tener y con el cual también pueden aflojarse los lazos.
Ya desde su mismo inicio, en su primera frase: “El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo”, hasta la sutileza que le sigue sobre su concepción de los nervios, “comparables a dibujos de damasco de incomparable finura”, siguiendo por su contundente afirmación: “de cuya excitabilidad (de los nervios) por los influjos externos depende toda la vida espiritual del hombre”, encontramos allí la base de todo su sistema de ideas, así como a un Schreber eminentemente lacaniano y anti cartesiano: el alma está del lado del cuerpo, renunciando a toda polaridad antinómica entre materia y espíritu.
Es en esta línea que intentamos descifrar el sintagma lacaniano que define al síntoma en tanto acontecimiento del cuerpo.
Y en esta línea, la producción de un cuerpo de mujer como ejemplo de solución psicótica a la ausencia del cuerpo que provee el ordenamiento del nombre del padre.
El empuje a la mujer, como concepto doctrinario, constituyó un avance frente a la hipótesis freudiana que explicaba la causalidad psicótica como defensa frente a una pulsión homosexual inconciente.
Ya desde el vamos, la postura lacaniana no tenía a la emasculación como causa sino como respuesta válida, como solución que el sujeto inventaba.
El punto de vista que propongo es el del autotratamiento de Daniel Paul Schreber, el de tomar el proceso descripto en las Memorias de un neurópata como modelo autocurativo. Donde, de modo eminente, el tratamiento de su cuerpo ha tenido un lugar fundamental. Propongo entonces como hipótesis bucear en ese texto teniendo como mira el hacerse un cuerpo, un cuerpo femenino, como clave fundamental, como argumento oculto. Hacerse un cuerpo de mujer es lo que permite a Schreber reinventarse como sujeto, frente a la fragmentación, a la efracción de la estructura y a la disolución angustiosa en un mundo sin referencias.
Los milagros del cuerpo
La sede de la acción de los rayos divinos, de las almas, y de todo el mundo sobrenatural –incluído Dios mismo– que acciona sobre Schreber, es su propio cuerpo. “Desde el comienzo mismo de mi vinculación con Dios hasta el día de hoy, mi cuerpo ha sido incesantemente objeto de milagros divinos. Si quisiera describir en detalle todos esos milagros, podría llenar con ellos solos un libro entero. Puedo decir que no existe casi un solo miembro u órgano de mi cuerpo que no haya sido transitoriamente dañado por algún milagro, ni un solo músculo que no haya sido tironeado mediante un milagro para ser puesto en movimiento o paralizado.”
Estos milagros, estricta definición de los fenómenos elementales, tienen distinto carácter, en general, se distinguen por su orientación destructiva sobre el cuerpo, su intención de disolución, de entontecimiento mental, de parálisis y de invalidamiento. También los hay que tienen un carácter opuesto a estos, son los milagros de reconstitución, y que a medida que avanzan hacen que aquellos pierdan su efecto destructivo. Y que, finalmente, son orientados hacia la reconstitución final del cuerpo bajo una forma acorde con las sensaciones de bienestar, las cuales coinciden con el llamado por Schreber placer femenino.
La descripción de los fenómenos corporales es variopinta, y si bien se desarrollan a lo largo de todas las Memorias, se concentran particularmente en el Capítulo XI, subtitulado por el editor original de las Memorias como “Lesiones a la integridad corporal mediante milagros”.
Esta especie de fenómeno convoca la total convicción del sujeto, “ningún otro recuerdo de mi vida es para mí más seguro que los milagros referidos en este capítulo. ¿Qué puede haber más cierto para el hombre que lo que experimenta y siente en su propio cuerpo?”.
Casi todos los órganos del cuerpo son afectados por la acción de los rayos divinos que el sujeto sufre a lo largo de toda la enfermedad, pasivizándolo. Merced a la acción de estos rayos, que lo hacen objeto de efectos milagrosos en su contra, el cuerpo pierde su unidad, y consigue diseminarse. Por ejemplo, durante un tiempo el sujeto tuvo otro corazón, sus pulmones fueron atacados y estropeados, provocándole un terror indecible a perder su vida asfixiado. Sus huesos costales fueron destrozados transitoriamente, y luego vueltos a reconstituir, mientras su estómago fue reemplazado por otro de inferior calidad, lo cual le impidió disfrutar del placer de la comida. Las comidas y bebidas se desparramaban por el abdomen y fémures, disolviendo los límites internos del cuerpo. Asimismo, fueron disueltos la faringe y los intestinos, la laringe, y el cordón espermático, a fin de impedir la voluptuosidad genital. El abdomen sufría su putrefacción, mientras su cerebro y médula eran bombeados por hombrecillos hacia el exterior, provocando la temida idiotez o pérdida del intelecto, máximo temor padecido por Schreber. El cráneo fue trozado y pulverizado; en su cabeza de difundían los alimentos ingeridos, así como una grieta profunda se abría en su cabeza de adentro hacia fuera, por lo cual requería por parte de los hombrecillos su recomposición con una máquina de compresión, que terminaba dándole un aspecto oblongo a la misma.
Con el tiempo, los milagros ejercidos sobre su cuerpo fueron cayendo en un sentimiento de indiferencia, casi un desapego de su cuerpo, ya que los rayos que lo atacaban, se ocupaban de alguna manera de reconstituirlo.
La explicación schreberiana no se limita a los fenómenos padecidos, lo inmediatamente percibido por él se inserta en un mundo que se extiende a todo el cosmos, donde Dios siente como amenaza la atracción ejercida por el sujeto y amenaza retirarse. Este retiro divino altera el orden cósmico, instancia superior a la entidad divina. El orden cósmico, reina por sobre todas las cosas, incluso sobre la mala fe de Dios y de las almas impuras que lo circundan. Este orden determina la retracción de sus genitales, modificando su estatura y adaptándola a un tamaño menor, femenino, eliminando asimismo la barba y el bigote.
Todo este proceso se orienta a que el cuerpo obtenido al final resulte acorde con la voluptuosidad femenina que progresivamente fue invadiendolo.
La articulación del tipo de cuerpo con el tipo de goce coincide, finalmente, con la estabilización de la psicosis.
Punctum saliens
La emasculación tiene un carácter de elección forzada. El sujeto la presenta como un deber, exigido además por el nivel más alto del orden universal. Schreber se distancia así de toda posibilidad de atribuirse un gusto personal por convertirse en fémina. Es un imperativo de la razón universal, que contradice incluso todas sus tendencias culturales, de orgullo, de virilidad, la que así se impone en él. La emasculación contradice su ideario, sus ideales, su gusto, quiebra su imagen, se encuentra en cruz con todas sus autoafirmaciones sostenidas hasta ese momento. Pero al mismo tiempo, esta idea impuesta –la belleza de convertirse en una mujer gozando del coito–, inicial a todo el proceso, es lo único que se mantiene en pie durante la duración entera de la enfermedad, y la que conforma el pilar de su solución. Alrededor de ella se elabora la solución delirante de la psicosis schreberiana. “La mudanza en una mujer había sido el punctum saliens, el primer germen de la formación delirante; demostró ser también la única pieza que sobrevivio al restablecimiento, y la única que supo asegurarse su lugar en el obrar efectivo del ahora sano.”
El fin al que tiende toda la evolución del universo, la recomposición de la armonía celestial que su enfermedad ha roto, exige más allá de su voluntad personal que su cuerpo sea transformado en mujer. El delirio de redención que se suma a la emasculación le indica la necesidad de esta transformación para la salvación de Dios, quien fecundándolo podrá salvar luego a la humanidad toda. Todo ello, con la lógica asintótica que señaló Lacan en su escrito sobre la psicosis, sucederá en un futuro que las generaciones presentes y las siguientes no verán.
Dibujar
Brazo, manos, pecho, huesos, nalgas, y el cuerpo todo se transforman constituyendo a la mujer en su horizonte.
No sólo estas sensaciones, representativas de un goce efectivamente percibido, sino la forma de su cuerpo se adapta a este goce nuevo que exige la transformación total y su articulación a un sujeto nuevo.
La forma de su cuerpo se reconvierte gracias al contramilagro del dibujar. Este fenómeno consiste en la utilización conciente de la fantasía con el fin de producir imágenes. Schreber califica a este fenómeno de milagro invertido, ya que en él el sujeto no es pasivo sino activo, permitiéndole tomar partido por su goce, lo cual redunda en su estabilización. Así, no sólo hace uso del arsenal de recuerdos personales para vivir momentos placenteros, utilizando la memoria como un álbum fotográfico, sino que puede esencialmente dibujarse a sí mismo, creándose un cuerpo dotado de caracteres sexuales femeninos, pechos, nalgas, caderas y órganos sexuales. El ver imágenes produce un efecto purificador sobre la destructividad de los rayos, los hace inocuos. La visión los despoja de su carácter amenazante, y provoca la alegría en el sujeto de volver a ser activo en la regulación de su mundo. Es que las almas están hechas solo para gozar indefinidamente, mientras los hombres deben actuar y trabajar para conseguir su bienestar.
Se produce así un efecto de límite sobre los fenómenos intrusivos, a través del uso del registro imaginario.
Diacrónica
El cuerpo schreberiano parece atravesar dos tiempos; el primero de ellos de descomposición, de fragmentación, coincidente con su etapa hipocondríaca, incluso catatónica. Se observan en este momento fenómenos de negativización –reblandecimiento del cerebro, desaparición o falta de funcionamiento de órganos, cuerpo que se pudre, etc. – producto del retorno en lo real del agujero simbólico.
Un segundo momento es de construcción de un cuerpo. No es exactamente la restitución delirante a la que alude Freud, ya que esta se restringe a los elementos de significación que constituyen contenido del delirio. Esta construcción es diferente ya que implica un anudamiento de los tres registros, mientras el delirio puede decirse que se sitúa a un nivel simbólico-imaginario, haciendo de tapón o de velo sobre lo real del goce del Otro. La construcción del cuerpo incluye a los tres registros más su anudamiento sintomático, lo cual es de una constitución más sólida que la significación delirante. Incluye la imagen corporal, las sensaciones interoceptivas, la significación en la que desemboca todo este proceso, y, sobre todo, una articulación al goce que Schreber llama femenino o voluptuoso, que es la que permite el arraigo de toda la construcción en algo que se ubica más allá de un semblante.
También, y como es cierta constante en Lacan, sobre todo de sus últimas formulaciones, la psicosis da el modelo. En este caso se trata del modelo de un cuerpo que no es un dato de la fisiología. Es una confusión frecuente para la neurosis la superposición del cuerpo con el organismo biológico. El cuerpo del que se trata en psicoanálisis es el cuerpo del goce, o el cuerpo en tanto efecto de la conjunción entre el significante con el goce, que no siendo evidente en la neurosis en una primera aproximación, se torna más entendible al advertir su armado en la psicosis, sus costuras, sus empalmes, sus intentos fallidos de salidas de la fragmentación, su carácter de artificio eficaz y solidario del anudamiento de los tres registros a los que se articula el sujeto.
La imagen
“Dibujar un trasero femenino en mi cuerpo –honni soit qui mal y pense– se me ha hecho un hábito, a punto tal que casi siempre lo hago involuntariamente al agacharme.”
No es difícil darse cuenta que todo este proceso no es lisa y llanamente una flecha lanzada hacia delante, sino que tiene sus vericuetos y sus complejidades. No es inimaginable la presencia –detrás del empuje a la mujer– del SuperYo con sus exigencias y su coerción sobre el sujeto, que bajo amenaza de la retirada de Dios ejerce su influencia decisiva en la marcha de la construcción toda. Asimismo hay un punto de viraje en la aceptación final de una idea que resultaba lesiva para su virilidad en un comienzo o momento fundante del delirio. Ser la mujer de Dios se hace aceptable sólo después del pasaje de Schreber por el filo mortificante de la reducción de todo su mundo a lo imaginario donde él mismo resulta muerto, y donde el mundo en general y las personas que lo pueblan han sido reducidas a ser pura imagen sin consistencia ni articulación ninguna a una realidad tangible.
Sólo después de haber atravesado una etapa de mortificación semejante, es que sobreviene la reconciliación (versohnung) con Dios, con un Dios que además ha demostrado sus fallas en relación a la clásica idea de omnipotencia. Esta reconciliación consiste en una superación: consentir a su transformación en mujer obedece a un propósito superior a la mera satisfacción de la concupiscencia divina, se pone al servicio del orden del mundo y de su necesidad de supervivencia: luego de la caída del mundo en la nada, una nueva humanidad renacerá de su cuerpo feminizado.
Es decir, la construcción de su cuerpo es solidaria de la construcción de Otro que si bien no está vaciado de goce, ya que la exigencia de goce continua, lo que se ha modificado es la posición del sujeto frente a ese goce, que pasa de señalar al agujero forclusivo a obtener un sentido a ese goce Otro.
Lo simbólico y lo real
No sólo con lo imaginario se reconstruye un mundo. Freud anota sobre el final de la primera parte de su historial como se empalman las sensaciones que provienen de su interior, que él mismo identifica como femeninas, con el aparato de lenguaje. Goce y equívoco significante se empalman, utilizando para ello las posibilidades de la lengua alemana. La creación que el sujeto hace, utilizando al significante como aparato de goce, es lo que Lacan ha llamado lalangue, la lengua. Esta es una creación lingstica del sujeto, no una adaptaci쭳n pasiva al lenguaje organizado y transmitido de una generación a otra.
En Schreber, el término que enlaza las sensaciones corporales con el orden significante es la bienaventuranza –selig en alemán. En efecto, el sistema delirante se orienta a que todo lo que sucede tiene como sentido la purificación necesaria para acceder al goce de la contemplación divina, y a la reabsorción en Dios de todas las almas humanas. Lo característico del uso que hace Schreber de este concepto de bienaventuranza es su colusión con el goce voluptuoso en el sentido erótico del término. Esto le permite unir el plano celestial con el goce sexual en un sentido lato.
La característica inusual de este caso es la utilización de un equívoco semántico para empalmar ambos registros, ya que se trata de la misma palabra –selig– la que constituye la bienaventuranza, tanto en la conformación de la palabra seligkeit, dicha o goce, o en selig, palabra que significa difunto, o fallecido.
Freud lo escribe así: “Esta sorprendente sexualización de la bienaventuranza celestial nos impresiona como si el concepto de Schreber sobre la bienaventuranza hubiera nacido por la condensación de los dos significados principales de la palabra alemana: difunto, y sensualmente dichoso”.
No se me ocurre otra traducción posible al castellano que justamente la palabra goce, o gozo, que se ha utilizado tanto para aludir a lo sensual del cuerpo y a la comunión con dios al alcanzar un estado de éxtasis místico.
De este modo, se hace notorio como se realiza un montaje utilizando la polisemia del significante, realizándose una construcción que enlaza al goce corporal con lo simbólico. El Ideal que da pie al universo simbólico de la psicosis schreberiana, el goce celestial de la contemplación divina; y su propio lugar subjetivo como figura necesaria para garantizar el mantenimiento del destino del universo y su llegada a término. Ambos confluyen. Su cuerpo de mujer será sólo en tanto este cuerpo sirva a ser la mujer de Dios, término que enlazará finalmente todos los registros bajo una sola égida que dará solidez al conjunto.
Una teoría sobre el goce
En Schreber, el goce de las almas difuntas, el goce celestial, es homólogo al goce voluptuoso, sensual, del cuerpo, con la diferencia que en las primeras éste es permanente.
En las Memorias hay una teoría del goce que no es una erótica. El goce, por así decirlo, adviene al cuerpo, en principio de modo conmocionante con aquella primera representación pasiva. Luego, con el esfuerzo de la construcción delirante, consigue articularse a un sujeto para terminar en un apaciguamiento final que es palpable con el correr de la lectura del libro.
Pero no se trata de una erótica, no se trata de instruir sobre el modo de obtener placer, sino de encontrar el modo de domesticar el goce que invade desde el Otro. Es inundante, adviene en los sueños, en los períodos de descanso, y que desde las poluciones involuntarias de la noche anterior a su internación consigue regularse recién cuando adquiere el rostro del Otro, de Dios, a partir del momento, fechado en noviembre de 1895, en que el sujeto recibe la impronta en su cuerpo de la feminización que modificando al sujeto permite modificar el signo del goce.
La articulación del sujeto al goce del Otro representa el inicio de la estabilización, como está descripto a través de numerosos indicadores en el capitulo XIII de las Memorias. Las voces se hacen neutras, dejan de tener su carácter injuriante, el placer lo invade de un modo benéfico, la fecundación divina y la generación de una continuidad de la humanidad, teniéndolo como centro, instala la perspectiva de un futuro promisorio. El nombre, la fama, el lugar universal del sujeto quedan asegurados cuando, en los hermosos días de finales del otoño de 1895, contemplando la niebla sobre el Elba, Schreber tiene la intuición del fin último al que tiende toda la evolución universal al recibir en su cuerpo la impresión inequívoca de su transmutación en mujer.
Pechos, brazos, nalgas, brazos y manos, se modifican, ese es el contenido efectivo de la percepción del sujeto. “En mi constitución corporal existe una abundancia de probanzas (…) según supongo, un examen de mi cuerpo en cuanto a los rasgos distintivos de la feminidad tendría que producir aún ahora un efecto persuasivo sobre otras personas”. Todo ello acompañado o más bien indicado por la invasión de voluptuosidad femenina que lo inunda.
A partir de allí, Dios no será maligno por completo, sino el destinatario de su mutación, será quién hará del sujeto una pieza única del destino de la humanidad.
Así, el momento de recibir en su cuerpo los estigmas de la feminización marca el punto en que la construcción delirante cambia de signo, observándose de allí en más un apaciguamiento en todos los órdenes, desde los mínimos milagros hasta las más altas concepciones celestes sufren un cambio en su modalidad, se hacen más tenues, no en su certeza, sí en su carácter de ataque al sujeto. La voluptuosidad percibida en su cuerpo hace desaparecer la hostilidad divina; el Otro se neutraliza en su goce.
Paradójicamente, la neutralización es solidaria del acercamiento de Dios, mientras su alejamiento llena de angustia al sujeto. Resulta notable que así como el signo inicial de la enfermedad tuvo un carácter disruptivo, la estabilización también ha tenido esta misma forma, abrupta, fechada, que marca un antes y un después, y a la cual el mismo Schreber se referirá a partir de ella, descripta en el capítulo XIII de su libro, como el momento de su anuncio, de su cambio, o más bien del cambio en el universo.
Las pruebas de ello estarán para el sujeto, hasta el fin de su vida, fijadas en su cuerpo, y a él recurrirá al final del libro dirigiéndose a la comunidad científica haciendo un llamado a que se verifiquen en su organismo las pruebas de la verdad de su percepción.
Abandonándose a la voluptuosidad que Schreber llama femenina, acostado en su cama de hospital, lo invade un placer que no es genital, que se produce al atraer a los rayos divinos hacia su cuerpo, y que se origina en los nervios que como hilos recorren su cuerpo bajo la superficie de su piel, lo cual es perceptible por el sujeto al tacto.
Intenta a través de esta percepción de los nervios dotar de objetividad científica a su percepción corporal y a su teoría de los nervios de la voluptuosidad femenina.
Es difícil cernir en la descripción que hace Schreber de su goce particular una erótica definida. Su lenguaje fundamental realiza un mix celestial y corporal indisoluble, que funda, como expresamos, toda su teoría del orden cósmico. Es, en realidad, su teoría del goce la que funda su mundo y lo hace renacer como tal, luego de su sepultamiento y reducción a lo imaginario en el acmé de su catatonía, que se ha llamado muerte del sujeto.
He dicho que no se trata de una erótica, ya que no se trata de un saber que se ejerce a los fines de la producción de goce, ya que más bien parece producirse de un modo pasivo y sin acción efectivamente ejercida por el sujeto, aunque ello no excluye que se trate de un mecanismo complejo el requerido para que el goce, que se obtiene con la cercanía o atracción de los rayos divinos y de Dios, se instale en su cuerpo bajo la forma de la voluptuosidad del alma.
Este goce de la bienaventuranza, que también implica la penetración de Dios en su interior, implica un placer para el cual el cuerpo, el alma, el pensamiento, la vida, la muerte, lo visible, lo sobrenatural, se ubican todos en un mismo eje, realizando un compuesto de gran complejidad.
Que goce?
De que goce se trata cuando se habla del cuerpo schreberiano? Por lo menos dos características nos ponen sobre una pista orientada.
Se trata de un goce continuo, que no cesa de escribirse en tanto exigencia y garantía de la no retirada de Dios. Aunque este requisito es imposible en sí mismo –la continuidad absoluta del goce– la orientación exigida por Dios es la de su continuidad, y a ello se aboca el sujeto cada vez. Aquí Schreber diferencia el goce masculino, discontinuo, y más elevado en espiritualidad, del goce propiamente femenino, dotado de continuidad en el tiempo. No será difícil observar que lo que se denomina goce masculino discontinuo se corresponde con la propiedad discontinua del significante, y del orden fálico, sometido a fragmentaciones, discontinuidades, y cortes temporales.
Una segunda característica de este goce es la extensión deslocalizada a todo el cuerpo. Scherber reconoce que la voluptuosidad masculina se asienta en los genitales y proximidades, mientras que lo que a él le ocurre se extiende a todo su cuerpo. Su sensación no es de localización puntual del goce, lo cual correspondería al goce fálico, sino que este goce rodea al goce fálico sin dejarse concentrar ni tocar siquiera por él.
Lo característico schreberiano es el empalme que hace de su goce a toda la construcción sintomática que le da un sentido, donde no lo había antes, o donde antes estaba contenida la amenaza forclusiva a su virilidad.
La psicosis de Schreber nos autoriza a colocarla del lado derecho de las fórmulas de la sexuación?
Parece una pregunta lícita, ya que Schreber niega el goce fálico y trata de constituir un cuerpo a medida de su goce continuo, deslocalizado y extendido a todo el cuerpo. La temática de la comunión con Dios, su vocación semi mística, la feminización, el énfasis en un tipo de goce que se encuentra más allá de todo tipo de identificación, más allá del orden simbólico, parece indicar la pertinencia de la pregunta. La existencia de un goce que se presenta como un signo de lo real, sin articulación significante, va en el mismo sentido.
Sin embargo, la opinión negativa surge del hecho de que Schreber hace existir a La mujer, esta no está tachada con el no todo que preside las fórmulas del lado derecho. En lugar de disolver el Uno unificante del lado macho de las fórmulas, se dirige a reconstituirlo de modo delirante, sin el recurso a la significación fálica.
Su delirio toma la forma de un complemento, su posición final de convertirse en la mujer de Dios, es decir, la que arreglaría el desorden que le cabe a Dios mismo, que lo sacaría de su realidad de Otro barrado, no conocedor de la realidad vital de los hombres, no omnisciente, para reconstituir al Otro completo en el orden cósmico, gracias al tapón de su propio cuerpo feminizado.
Ese ha sido el sentido del trabajo delirante, el cual se realiza a medida que avanza la confección de su texto. Es decir, su escritura va definiendo un orden que anuda goce, simbólico, e imagen del cuerpo. Freud lo afirma: “Por oposición a este quehacer de la fantasía de emasculación, el enfermo nunca emprendió otra cosa para el reconocimiento de su misión de redentor que, justamente, la publicación de sus Memorias”.
El goce femenino en cambio se presenta como suplemento, no sirviendo a los fines de la unificación, sino que se presenta como algo en más con respecto al orden fálico, señalando a un más allá que también es un punto de falta.
Un cuerpo nuevo, y un anudamiento muy particular
Se ha producido un anudamiento entre tres elementos, la imagen de mujer con la que finaliza su proceso imaginario, el correlato simbólico de su conexión al Otro divino al cual atrae y el cual le provee la bienaventuranza, y lo real de su goce deslocalizado. Esta es la clave del autotratamiento exitoso de Schreber, y que dura años, hasta que una enfermedad clínica de su esposa lo vuelve a desestabilizar.
Lo que ha permitido la producción de su delirio, en un sentido pragmático, es el aprovechamiento de la equivocidad de la lengua, la cual es usada a los fines de conseguir el inicio de la estabilización. El sujeto se coloca en el centro de un universo en construcción.
El criterio de empalme es usado por Lacan en el Seminario 23, como unión de lo simbólico con el goce, obteniéndose un anudamiento original en ausencia del Nombre del Padre. Esta construcción es solidaria y homogénea con el trabajo de delirio, término con el cual Freud emparenta el trabajo de sueño en la neurosis con la construcción delirante de la psicosis. El trabajo de delirio utiliza para su arquitectura elementos sueltos que la lengua ofrece como vías facilitadoras.
Cual es el sentido final, orientador del trabajo delirante? Propender la reconstitución del orden cósmico, la restitución de la armonía perdida en el momento del desencadenamiento, cuando la intrusión de la idea monstruosa de su transformación en mujer lo precipitaba en la enfermedad. Esta nueva armonía podría representar en el caso Schreber como cuarto nudo que mantiene a los tres registros juntos, durante cierto tiempo, mientras las condiciones se mantuvieron sin variación.
Una vez que el empalme se ha producido, montado sobre la equivocidad significante, una vez que el goce está articulado a lo simbólico, el sujeto puede reencontrar aquella idea originaria –en un principio injuriante– de la transformación en mujer, pero que al final del proceso es pacificadora. Anudada convenientemente, ofreciendo retoques en su imagen corporal para adecuarla a los fines del delirio, esta idea será conductora.
Se podría aseverar que el sujeto tiene un cuerpo nuevo una vez terminada la filigrana delirante? Suponemos la afirmativa, y más aún, el sujeto tiene un cuerpo asegurado por un anudamiento de los tres registros, donde ser la mujer de Dios y así propender al restablecimiento del orden cósmico hace de lazo entre los tres como cuarto necesario y no contingente. Este cuerpo cumple la función que Lacan le atribuye sobre el final de su enseñanza, la de mantener todo junto, piel que retiene los órganos, bolsa o trapo que impide la fragmentación.
Su construcción tiene la característica insistencia y recurrencia de la necesariedad sintomática, que no cesa de escribirse para él, y que resulta a la postre más fuerte que todos los sentidos proporcionados por la utilidad social, por los parámetros culturales, incluso los religiosos. El sujeto debió hacer ese trabajo en ausencia de un padre que asegurase un lazo entre real y sentido, entre goce y significación fálica.
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