segunda-feira, 30 de janeiro de 2012

Algo más sobre Lacán y el seminario 10

por Ignacio Andres Cercone





Resum
El trabajo parte del detalle de los párpados de Buda del capítulo XVI del Seminario X, La angustia, de J.Lacan para aclarar una diferencia entre las ediciones castellana y francesa y la italiana, a cargo de A.Di Ciaccia. Mientras que en las dos primeras la imagen de la estatua es la del Gran Buda; en la italiana, la imagen es la de la estatua los dos budas, la más venerada de una monasterio de mujeres de Chuguji en Nara.  La pátina del tiempo, el incieso, los masajes de las monjas para secar las lágrimas de la estatua transforman a la estatua haciendo resaltar sus párpados, donde parece que debajo hay un ojo. Esta imagen se aproxima a lo que Lacan destaca de los párpados sin obviar -como indica Lacan- que las representaciones de buda son "lo Uno y lo múltiple, sin oposición".

Paraules clau
Los dos budas, El gran buda, La Angustia, Seminario X, los párpados

Introducción
El interés para realizar este trabajo de investigación surge del comentario hecho por Jean-Louis Gault en el Seminario del Campo Freudiano de Barcelona, el 20 de octubre de 2007, cuando al referirse a "los parpados de buda" señaló la existencia de dos imágenes distintas de buda, en las diferentes ediciones del Seminario X de Lacan, indicando que la edición en italiano a cargo de Antonio Di Ciaccia contiene la imagen a la que Lacan hace referencia en el Capitulo XVI de su Seminario.
En el Seminario sobre La Angustia en su edición en francés como en español aparece la imagen de "El Gran Buda" al contrario de la edición en italiano donde la imagen es la de "Nyoirin Kannon" teniendo aquí "los dos budas". ¿Cuál de estos dos budas es al que Lacan hace referencia?
El psicoanálisis en Japón
Los grandes cambios sociales de Japón durante el siglo pasado dieron lugar a la introducción del discurso psiquiátrico alemán de Emil Krapelein (1856-1926) en las Universidades con el concepto de enfermedad del alma y la expresión melancolía de un nihilismo individual en la familia japonesa.
A principios del siglo XX la entrada de la psiquiatría dinámica abrió la puerta al psicoanálisis y Kenji Otsuki (1891-1952), hombre de letras y traductor de literatura alemana, fue el primero en mencionar el nombre de Sigmund Freud (1856-1939) en Japón. En 1928 junto con Yoshihida Kubo (1883-1942), Profesor de Psicología en la Universidad, creó en Tokio el primer Instituto Psicoanalítico Japonés que se afiliaría a la International Psicoanalítica Asociación (IPA) en 1923.
El psiquiatra Kiyoyasu Marui (1886-1953), quien fue designado Profesor de la Universidad de Tohuku de Sendai en 1919, implantó el freudismo en el discurso universitario de la época. En mayo de 1930 Yaekichi Yabe visitó a Freud en Viena donde conoció el interés del maestro del psicoanálisis por la colección de objetos entre los que se encontraban piezas chinas y asiáticas como un guerrero barbado, una cabeza de Badhisattun, un camello, una mampara de mesa, dos budas, pequeños dragones y muchas otras piezas.
Posteriormente el psiquiatra Heisaku Kosawa (1987-1968) viajó a Viena, para iniciar un análisis de un año con Freud y formarse como analista, a su regreso a Japón formó en 1933 un grupo de estudio que después se afilió a la IPA. Kosawa hizo escuela en su país, acercando el diálogo de Oriente con Occidente y la tradición budista con la judeocristiana, postulando el complejo de Ajás en relación alcomplejo de Edipo pero revisado según la tradición budista.
Así surge la diferencia de la familia japonesa donde la pertenencia al clan prevalece sobre la identidad individual. De allí la dependencia culpable o aman del hombre japonés respecto a la madre (complejo de Ajás).
En 1955 se formó en Tokio la Nippon Seishina Kyokai (Sociedad Japonesa de Psicoanálisis) con el acuerdo de Anna Freud (1879-1958) y Ernest Jones (1879-1958). Paralelamente a ésta se creó la Asociación Psicoanalítica Japonesa no afiliada a la IPA dando lugar a todas las tendencias de la psiquiatría dinámica.
Tagatsuku Sasaki, un joven filosofo japonés, comenzó a interesarse por la obra de Jacques Lacan (1901-1981) y en 1969 emprendió la traducción de los Escritos terminando la primera parte en 1971 fecha que coincide con la segunda visita de Lacan a Japón.
Lacan estaba fascinado por Japón, lugar donde había descubierto con admiración y sorpresa las grandes obras de la estatuaria budista en los templos de Kyoto y Nara.
Lacan oriental
Lacan aprendió el chino, durante la ocupación, en la Escuela de Lenguas Orientales debido a su gran interés por la cultura y la escritura china. Así mismo María Antonieta Macciochi motivó el interés de Lacan por "la China de Oriente rojo" con su libro titulado Chine que fue un referente para los intelectuales franceses de la época.
El maestro del psicoanálisis estaba igualmente fascinado por Japón, lugar al que viajó en dos ocasiones, en su primer viaje descubrió maravillado los templos de Kyoto y Nara. En este mismo año Lacan dictaba su Seminario de La Angustia y al regreso de su viaje el 8 de mayo de 1963 decía a sus alumnos: "Como algunos saben, vuelvo de un viaje que me ha aportado algunas experiencias, y también lo esencial - en todo caso, la proximidad, la visión, el encuentro con algunas de esas obras sin las cuales el estudio más atento de los textos, de la letra, de la doctrina, en particular en este caso la del budismo, no puede sino permanecer como algo seco, incompleto, sin vida"1.
Seducido por los ceremoniales del té, por los rituales silenciosos y por los gestos simbólicos de una teatralidad infinita donde el arte de amar, de morir y de gozar alcanzaba a sus ojos la forma más cumplida de un nihilismo.
En 1971 (el 21 de abril) Lacan regresa a Japón en un viaje de estudios para un seminario que preparaba y al mismo tiempo se presentaba la primera parte de la traducción de sus Escritos. A su regreso se sintió con el deber de definir la "cosa japonesa" (aman), término con el que traducía un modo especifico de goce que atribuía al "sujeto japonés" por el hecho de la existencia de un funcionamiento caligráfico de su escritura; esa función de la letra la teorizaba bajo el nombre de litoraly la situaba entre saber y goce.
Lacan se refiere a la cuestión de la letra haciendo de la formalización y de la literatura un ejercicio superior del que el goce no estaría excluido, sino recuperado en posición de "desecho" de "objeto a".
Durante sus viajes Lacan adquirió piezas raras y antiguas, como hacía en cada lugar que visitaba; con el tiempo había acumulado objetos artísticos, pinturas, libros y figuras que al parecer le servían para la reflexión sobre los misterios y enigmas que cada uno contenía.
Los dos budas en el Seminario X de Lacan
Durante el Seminario dictado en 1963 Lacan distribuye entre los participantes una serie de fotos indicando "he hecho a toda prisa... un pequeño montaje de tres fotos de una sola estatua, de entre las más bellas que se pueden ver en esta zona en la que abundan, todas ellas del Siglo X. Ésta se encuentra en el monasterio de mujeres, el convento de Todai-ji, en Nara"2. Al dirigirse a sus alumnos, para conocer la impresión de estos ante la belleza de la estatua, Lacan les preguntaba si con las tres fotos había conseguido trasmitirles la vibración3 que la estatua producía.
Judith Miller en su libro Album de Jacques Lacan se refiere a él como "un visitante infatigable como siempre, fotografiaba los menores detalles y nunca renunciaba a ver lo que quería, a pesar de las dificultades"4. En este libro nos muestra algunas imágenes fotográficas de la primera visita de su padre a Japón, sin embargo ninguna de estas imágenes pertenece al montaje de tres fotos mostrado por Lacan a sus alumnos, a pesar de que entre las imagen mostradas hay una del buda en Kamakura de 13 metros de altura y hecho en bronce por Ono Goremon (1252-1255).
El encuentro con estas esculturas para Lacan es un encuentro con las obras de arte aun que su función de origen sea religiosa y toma de ellas lo que puede representar la relación del sujeto con el deseo. Eric Laurent señala que "el budismo le sirve a Lacan para hablar del objeto mirada así como las experiencias talmúdicas le servirán para tematizar el objeto voz (Sofar)"5.
En el Seminario sobre La Angustia en su edición en francés como en español aparece la imagen de "El Gran Buda" al contrario de la edición en italiano donde la imagen es la de "Nyoirin Kannon" teniendo aquí "los dos budas":
El Gran Buda que se encuentra bajo el techo del mundo, tiene 15 metros de altura, ojos de un metro, pesa 500 toneladas y está hecho el 90% en bronce y un 10% en oro. La escultura que se puede ver actualmente, en el templo de Todai-Ji en Nara, es una reconstrucción que data del siglo XVI ya que fue construido originalmente en el año 751 de nuestra era y pertenece al periodo Nara; esta reconstrucción se debe a incendios, terremotos y otros desastres que dañaron la escultura.
La posición en la que se encuentra con la mano derecha levantada, significa la facultad de conceder deseos. Acompañan al Buda miles de enormes imágenes de otras deidades y reyes protectores.
Nyoirin Kannon, la que cumple los deseos de todos los seres vivientes, es una escultura realizada por Miroku Bosatsu de 133 cm de altura, en madera de alcanfor de una sola pieza y acabado policromático en laca que resalta los rasgos. A través de los tiempos se convirtió en la estatua mas venerada del monasterio de mujeres de Chuguji, Nara.
Fue especialmente venerada por los aristócratas japoneses del período Heian (794-1185) y en los antiguos templos chinos de Dunhuang aparecen representaciones de Kannon. Las estatuas de Nyoirin-kannon se hicieron por primera vez en Japón cerca del siglo ocho y son de dos tipos: las primeras tienen formas humanas normales, una cara y dos brazos, y están sentadas con la pierna derecha doblada y la pierna izquierda colgando hacia el suelo; las segundas tienen una cabeza y seis brazos y adoptan una postura característica con una rodilla levantada.
A modo de conclusión
A lo largo de la historia del psicoanálisis encontramos un gran número de referencias a las obras de arte, ya en Freud existen distintos trabajos basados en la obra de arte, el ejemplo más conocido es el estudio sobre "El Moisés de Miguel Anguel de la iglesia de San Pietro in Vincoli" al que Freud se refiere en una carta, dirigida a Edoardo Weiss el 12 de abril de 1933, diciendo "Día tras día, durante tres solitarias semanas de septiembre de 1912, permanecí en la iglesia frente a la estatua, estudiándola, midiéndola y dibujándola, hasta que me alumbró esa comprensión que expresé en mi ensayo"6.
También en los Escritos y Seminarios de Lacan encontramos distintas referencias a las obras de arte que nos lleva a detenernos para reflexionar sobre su contenido. Así nos detenemos en la referencia de las tres imágenes fotográficas de un mismo buda presentadas por Lacan a sus alumnos en la clase, del 8 de mayo de 1973, dedicada a los párpados de buda.
Tal y como lo indica Lacan, las representaciones de buda en los templos de Nara, Japón, son "lo Uno y lo múltiple"7 al mismo tiempo indica la relación entre el Bodhisattva y Avalokiteshvara explicando el avatar histórico de este personaje y su trasformación gracias al estudio del libro El loto de la verdadera ley transcrito al chino por Kamarajiva y al francés por M. E. Bournouf en 1852.
De esta historia de la trasformación de los personajes, Lacan nos lleva a conocer la forma específicaen que se representa la imagen de la primera foto que circula entre sus alumnos y ésta es como unaNyo i Rin, Kwan non o Kwan ze non más específicamente Kwan yin o Kannon8.
La estatua de Nyoirin Kannon del escultor Miroku Bosatsu se encuentra en un monasterio femenino donde posiblemente habitaban las monjas que día tras día sometían los ojos de la estatua a masajes para secar sus lágrimas. El tiempo, el incienso contínuamente ofrecido ante la imagen y el acabado policromático de la madera le han dado una pátina oscurecida y brillante resaltando sus rasgos, en particular los párpados donde pareciera que debajo hay un ojo.
Así podríamos concluir diciendo que la imagen presentada en la edición italiana, del Seminario X de Lacan, a cargo de Antonio Di Ciaccia es la más adecuada a la referencia antes citada sin dejar de lado que la representación de buda siempre es "lo Uno y lo múltiple, sin oposición".

Notes
  1. Lacan, J. (1962-1963), El Seminario, Libro X, La Angustia, Paidós,Bs. As., 2006, p. 332
  2. Ibíd., p. 240
  3. Ibíd., p 245
  4. Miller, J. Album Jacques Lacan: Imágenes de mi padre, Paidós, Barcelona, 1991, p. 104-105
  5. Reseña de la conferencia de Eric Laurent, titulada: Lacan Oriente y la tierra baldía, Realizada en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, Fundación descartes, 29/11/06
  6. Freud Sigmund, El Moisés de Miguel Ángel (1914), Obras Completas, Amorortu, Bs. As. 1997, p. 216
  7. Lacan, J. (1962-1963), El Seminario, Libro X, La Angustia, Paidós, Bs. As., 2006, p. 243
  8. Ibid., p 242

Bibliografia
  • Lacan, J. (1962-1963) Le Séminarie, Libre X, L´angossie, Seuil, París, 2004
  • El Seminario, Libro X, La Angustia, Paidós,Bs. As., 2006
  • Il Seminario, Libro X, L´angoscia, Einaudi, It., 2006
  • Miller, J. Álbum Jacques Lacan: Imágenes de mi padre, pp. 104-105, Paidós, Barcelona, 1991
  • Roudinesco E. y Plon M. Diccionario de psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 2003
  • Freud Sigmund, El Moisés de Miguel Ángel (1914), pp. 215-242, Tomo XIII, Obras Completas, Amorortu, Bs. As. 1997
  • Colegio de San Ildefonso, Sigmund Freud Coleccionista, Turent, Madrid, 2000
  • Reseña de la conferencia de Eric Laurent, titulada: Lacan Oriente y la tierra baldía, Realizada en el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, Fundación descartes, 29/11/06
  • G. Gutiérrez Fernando, Summa Artis: El Arte del Japón, Vol. XXI, Espasa-Calpe, Madrid, 1967
  • Kidder J. Eduard Jr., Escultura Japonesa, pp.81-82, Argos, Barcelona 1964
  • Sherwood F. Moran, The Statue of Miroku Bosatsu of Chuguji: A detalled Study, pp. 179-203, Atribus Asiae Publishers, 1958.
  • http://www.onmarkproductions.com/html/miroku.shtml
  • http://tiotaum.blog.com.es/2007/03/24/limpiando_al_gran_buda_y_mas~1964138
  • http://moleskinearquitectonico.blogspot.com/2007/02/el-gran-buda-de-nara.html
Alejandro Velázquez Romo
Los dos budas

NODVS XXV, Juliol de 2008

domingo, 29 de janeiro de 2012

Sonria, lo estamos filmando

Por Ernesto Sinatra

http://www.cieccordoba.com.ar/lunula/leermas7.html

“…somos seres mirados por el espectáculo del mundo… ¿No hay satisfacción en el estar bajo esa mirada…, esa mirada que nos cerca, y que nos convierte en primer lugar en seres mirados, pero sin que nos lo muestren? El espectáculo del mundo, en este sentido, nos aparece como omnivoyeur. Tal la fantasía que encontramos el efecto en la perspectiva platónica, la de un ser absoluto al que se le transfiere la calidad de omnividente”.
Jacques Lacan, 19/2/64


El espectáculo del mundo ha virado su ángulo de visión; hoy se ha encarnado en un gadget privilegiado: la televisión global mira en cada hogar la forma de vida que promueve con su modo uniforme de goce, como asimismo los efectos identificatorios que produce. Por ello, tal vez valga la pena- literalmente- detenerse en esta función de la televisión, ya que muestra en la “época del Otro que no existe” (1) lo que Jacques Lacan afirmó respecto del mundo: su condición omnivoyeur, es decir, al igual que el pretendido Dios-Uno, su presencia de todo-mirada, eso que todo - y todos- mira.
El protagonista del film The Truman Show demostró la incómoda satisfacción que produce el estar bajo la mirada del Otro: él no sabía que era mirado, él creía que vivía en el mundo real; encontrándose en este mismo punto con el protagonista de otro film, Matrix, cuando despierta “al desierto de lo real”, luego de su elección de querer saber de verdad qué es lo que encubrían los semblantes del mundo.
La televisión es omnivoyeur, penetra en vuestros hogares forzando la puerta de la realidad para disfrazar cada vez más lo real: ella induce en ustedes y –sobre todo- en vuestros hijos, identificaciones, rasgos, formas de vida a los que adherirse: con solo mirarlos les impone la uniformidad de un modo de gozar. Tal vez no se ha puesto el debido énfasis en que los hijos de la televisión –y esto va más allá de los países, inclusive hasta más allá de las variantes culturales- no toman tanto de los padres, como otrora, los rasgos de identificación, sino que muchas veces los adquieren de personajes de la televisión, a partir –por ejemplo- de modos de hablar que, habitualmente, nada tienen que ver con las desinencias de las lenguas maternas de cada ciudad: responden al monolingüismo de la globalización. Uno los escucha: los niños hablan (es decir, gozan del lenguaje) según las desinencias fónicas de eso que los mira todo el día – y que ellos no quieren dejar bajo ningún concepto- que es la televisión. Ella los hace telegozar desde dibujos animados, telenovelas, series y películas ready-made en las que los guionistas se enfrentan para ver quién se destaca en ofrecer más lugares comunes, siempre de un modo convencional –es decir, adaptativo-, pero en los que nunca falta una pizca (a menudo, varias) de violencia ni de realismo sexual. Sobredosis de sexo y de violencia son introducidos por su mirada, para llegar también al segmento adolescente, intentando seducir hasta a los “rebeldes”, hijos del piercing, aquellos que marcan sus cuerpos erigiendo nuevas zonas erógenas a partir del dolor (o resaltando zonas tradicionales), exhibiendo lo que han perforado allí, en el cuerpo, donde la impotente función del semblante paterno dejó su lugar vacío.
Y de los adultos, ni hablar: todo para ver (2). La máquina de telegozar se ha metido en los hogares, especialmente, con la invención de los reality-shows, ellos dan la medida más exacta de la función de omnivoyeur de la “tele”. En ellos se muestran seres perfectamente anónimos, tanto como cualquier espectador, que solo sueña con estar ahí, del otro lado de la pantalla, siendo mirado por todos –mientras en verdad desconoce que con solo ver eso ya está siendo mirado del mismo modo que ellos; individuos cualesquiera mirados en su intimidad, mientras hacen de todo lo que saben hacer: es decir, una normalidad pletórica de nada.
Mientras el teleadicto solo mira y mira, esperando (una vez más) que el sexo explicite su goce y que la violencia estalle entre los anodinos concursantes, nada acontece, y cuando algo sucede es solo el sebo colocado para levantar a la audiencia y ganar algunos puntos del rating.
Este invento tan rentable y de bajísimo costo, usa (es decir, se abusa) de la identificación del teleadicto con el (y/o la) protagonista, pero –especialmente- del goce que produce el mirar; con un agregado: el peeping se encuentra en los reality shows autorizado para consumo masivo de jefes y jefas de hogar, sin necesidad de tener que salir de sus casas para satisfacerse: el porno show está en el dormitorio –o en el living- y ellos siguen siendo perfectamente normales, no son de esos “degenerados-que-pagan-para-ver” (como decía una mujer cualquiera defendiendo su goce televisivo).
Pero mientras el individuo queda capturado por la escena ofrecida, desconoce que también es mirado por la misma máquina de gozar, al igual que lo son los protagonistas en el show de su realidad cotidiana.
También están los talk shows, parientes cercanos de los reality shows, instrumentos de telegozar mediante el escándalo, a decir verdad, débil variante de los reality shows ya que –al menos, aparentemente- es el animador en este caso quien los mira.
Para muestra basta un botón, suele decirse, ya que hace poco tiempo tuve la suerte (la tyché, por la contingencia, por lo inesperado del encuentro) de ver uno de estos programas, un talk show con excelente rating –es decir, con muchos objetos de consumo escópico asegurado-. Había escuchado varios comentarios de ese programa sobre el protagonismo circense de sus personajes, la disparatada participación de la audiencia, la exuberancia de la animadora y –fundamentalmente- acerca de los excesos de los participantes y el histrionismo de todos. Pero debo confesar que ninguno de esos comentarios pudieron aproximarse a lo realmente acontecido aquella tarde. Al encender el televisor, ella ya estaba ahí frente a mí, mirándome mirarla, como reprochándome mis quince minutos de tardanza en telemirarla, mostrándome lo que tenía que ver. A partir de ese primer segundo quedé capturado por la máquina de gozar, como quien diría me dejé llevar hasta ser tomado como un objeto más, es decir, como un perfecto individuo, un teleadicto normal.
La escena era imponente: la animadora, con su opulencia corporal decadente, estaba entre una mujer y un hombre que peleaban, intentando juntar-separarlos. Ellos tenían un hijo del cual el hombre demandaba la tenencia, pero la mujer se la negaba, ni siquiera permitía que lo viera.
Hasta este punto, podríamos decir, se trataba de una situación normal. Pero de repente, todo cambió, pues apareció en la escena una tercera persona quien se abalanzó inmediatamente sobre el hombre y lo comenzó a golpear mientras éste (¿aparentaba?) no salía de su asombro. ¿Quién era esa mujer, ese nuevo personaje?: era –ni más ni menos- la amante de ella, de la mujer, y mientras golpeaba a ese hombre, ella daba sus razones: “Vos sos un infeliz, ni siquiera tenés donde caerte muerto, ni tenés trabajo; la que mantiene al hijo soy yo, vos no lo podés hacer porque sos un vago y un inútil”. El hombre en cuestión (nunca mejor empleado el término) se defendió, un poco, como pudo, mientras la animadora (Ibíd. paréntesis anterior) hacía como que quería separarlos –ya que, como se sabe, el rating sube cuando los cuerpos no se separan, lo que los conductores de los Talk Shows conocen perfectamente, ellos saben lo que están haciendo cuando permiten que eso pase, es decir que son corresponsales de que la obscenidad de la escena, de la imagen, capture, mire a los televidentes.
Por eso, en este caso, todo anduvo de parabienes, encaminándose hacia el paroxismo del goce escópico, cuando la dritte Persson, la amante de la mujer, poseída por su ser-pleno-en-maldad le gritó al hombre-en-cuestión “sos un tarado, que no te diste cuenta (de) que ella se hizo embarazar por vos, aunque te tenía asco”. En ese momento el hombre-en-cuestión, con la boca abierta (porque ya el maxilar se le había ablandado como efecto del espectáculo que presenciaba) se dio vuelta, miró a su (ex) mujer, mientras ella le decía, simplemente, sin alterarse: “Es cierto, siempre me diste asco”.
La tragicomedia se había desencadenado, dejando en el centro de la escena un breve silencio que hizo –por primera vez- su presentación; silencio al que nuestra animadora interrumpió prontamente, para mostrar a la televidencia el saldo de saber depositado: que todo había sido un artilugio armado entre esas dos mujeres porque querían tener un hijo, y ya que no lo podían tener entre ellas por razones biológicas, decidieron que una de ellas se prestase para que se lo hiciera el “tarado” (nombre de goce, que como ya ustedes dedujeron, propinaron al hombre-en-cuestión).
A partir de ese momento, cuando supuse que no habría ya más nada que mostrar, comenzó un alegato del personaje masculino, quién, pretendiendo contrariar el nombre-insulto que le había sido propinado, confirmó su condición de goce de múltiples maneras. El tarado no solo musitaba que no se reconocía tal, sino que pretextó haber sido engañado en su mejor fe –mientras continuaba siendo vapuleado, ahora, por las dos mujeres frente a la mirada cómplice de la animadora-.
A continuación, para rubricar definitivamente la pertinencia del nombre elegido, entró en escena un nuevo personaje: la madre del muchacho… para defenderlo, ya que el tarado, compungido, solo lloraba. La pelea verbal entre las tres mujeres no tuvo desperdicio, ni ahorró a la mirada del espectador ningún exceso, ningún detalle. Verdaderamente fue una escena pantagruélica, era un festín en el que se trataba de quién se comía a quién: el estrago generalizado se escenificaba, simplemente. Para colmo de males, luego entró en escena otro personaje, otro “hombre”: ahora el padre de ella, de la mujer, quien se oponía (aunque tímidamente, es preciso notarlo) a lo que su propia hija habría hecho, cuestionándola; mientras la dama en cuestión le rebatía de un modo tan absurdo como reñido con la más elemental lógica argumentativa, al que agitaba su brazo izquierdo repetidamente, hacia atrás y hacia adelante, dirigiéndose de ese modo a su padre, mientras lo azuzaba reprochándole: “¡Vos callate, que tampoco tenés autoridad moral para hablar, si vos también sos un borracho y un vago!”.
Si –como trataremos a continuación- la caída del padre es un signo de los tiempos, este programa empleó un acelerador de partículas para desintegrar la función paterna hasta pulverizarla.
En otro sector del escenario permanecía sola la amante, pero les aseguro que su momento de soledad no parecía importunarla, ya que se bastaba perfectamente: continuaba saltando y gritando, mientras hacía gestos de golpear al tarado a la distancia.
Allí estaban una mujer y su ex pareja, su amante, su padre, el padre de ella y la madre de él, con la animadora como ¿justo? medio.
A esta altura del espectáculo pensé, “esto no puede ser verdad”, e inmediatamente después me interrogué: “¿Acaso importa preguntarse por la veracidad del hecho –en la realidad cotidiana, sobre esas personas-? ¿O lo que solo importa es lo que se está mostrando en ese momento, en ese programa, a toda esa multitud que lo ve?, en ese momento capté que –a decir verdad- la substancia con la que se produce esta pregunta es con el gusto morboso de cada cual, ya que –como siempre- uno quiere saber acerca del goce del Otro… para desconocer el propio y sus consecuencias.
Entonces recordé lo que ya sabía, que lo verdadero y lo falso son semblantes que no cuentan en ese ámbito, y que lo único que tiene relevancia para esta máquina es producir un plus de gozar que se sintonice con el fantasma de cada individuo que mira para –entonces, en ese mismo momento- atraparlo como objeto de goce.
También se suele decir que solo lo que ocurre en la televisión existe, o su equivalente, que es verdadero. Baudrillard tomó ese aserto al pie de la letra para problematizar los hechos de la realidad, cuando escribió que la Guerra del Golfo podría no haber existido, que tan solo la habríamos visto por televisión. Pero, a diferencia de Baudrillard, puedo afirmar que el espectáculo que les he narrado –la pantomima del lazo entre hombres y mujeres a la que he asistido y que fue transmitida de ese modo, por esa conductora, en ese programa, en ese momento y por ese canal- (puedo asegurar que) sí existió.
Si la verdad, calificando a los hechos de la realidad, no alcanza para justipreciar lo que allí aconteció, no es por la sanción de falso que recaería sobre las proposiciones formuladas (ya que no importa si los protagonistas simulaban o sufrían de verdad tales humillaciones), es porque ese acontecimiento ofrecido por la mirada es goce: lo que de verdad aconteció es eso dado a ver, ofrecido como sebo del consumo para consumir al teleadicto. Y esto vale, además, para la Guerra del Golfo, más allá de los cuerpos reales caídos, cuyas imágenes fueron sustraídas en aquella ocasión.
Ahora, cambiemos de escenario. Una niña, de aproximadamente tres años, participó de un programa infantil en el cual los niños tienen un papel protagónico desenvolviéndose en temas de adultos, comportándose como si fueran adultos, y de allí es que proviene su nombre: “Agrandadytos” (nombre que incluye el del conductor del programa, Dady Brieva).
Para esa niña, sería aquel el momento soñado: el encuentro con sus ídolos televisivos (una pareja Jove, protagonistas de una telenovela con buen rating); pero ocurrió algo inesperado. Al aparecer ellos, la niña –sentada en un confortable sillón en el centro del set televisivo- los desconoció, señalándoles con una mano que se fueran, sin siquiera mirarlos.
Imagínense el desaire producido a esos ídolos de barro, su estrepitosa caída desde la pantalla por el simple berrinche de una niña. La conclusión –tan obvia como sorprendente para el conductor, los presentes en el estudio y la audiencia televisiva- fue que para esa niña no se trataba de eso: a pesar de lo que había pedido, ella no los quería allí.
¿Qué había pasado? No lo sabemos, solo podemos deducirlo: la presencia del Ideal, en la realidad del estudio, habría desajustado la imagen fijada que hacía gozar a dicha niña frente a la pantalla de la TV. Se desprende que la satisfacción obtenida en la primera escena no era trasladable a la otra: la realidad ofrecida en el espacio del set televisivo se hallaba desajustada respecto de lo real del goce de la mirada obtenido en el espacio hogareño.
Pero volviendo al estudio, la situación se puso aún más tensa: confrontada por el conductor con su inesperada respuesta y ante su insistencia para que los reconociera como eso que quería y que –además- había pedido especialmente, ella les dijo lo siguiente: “Voy a apagar el televisor, voy a desenchufar el cable, y ¡¡¡ustedes no me van a ver más…!!!”.
Se evidencia con claridad algo que parecía oscuro al formularlo teóricamente: es la televisión la que mira al “espectador”. Esta simpática niña sabía de lo que hablaba: la cuestión es cuál sería el enchufe –y dónde estaría-, aquel que permitiera al individuo sustraerse de la mirada del Otro; ya que como es sabido con los niños, especialmente, con intentar sustraerlos del televisor no alcanza.
Este caso, más light que los anteriores (dicho así para estas más a tono con cierto sector del mercado) constituye un paradigma de nuestra hipótesis de base, con la que intento caracterizar un modo de gozar contemporáneo: los hijos teleadictos son consumidos por la máquina omnivoyeur, son devorados por su mirada. ¿Individuos hipermodernos de la toxicomanía generalizada? ¿Nuevos adictos?
En este punto podemos interrogar: ¿qué hace cada uno con lo que consume?, ¿se presta o no a ser consumido por los gadgets –entre ellos, por ejemplo- por la máquina omnivoyeur de gozar, esa que produce teleadictos entre hombres y mujeres? ¿Se deja mucho, poco, poquito, nada…?
Por ello, y para no dejar el análisis en una fácil posición de escepticismo, es preciso localizar –al menos una- salida que permita reintroducir la subjetividad en el individuo de las multitudes, un instrumento cuestionador del consumo. Esta perspectiva, que va en la dirección contraria al modo de gozar contemporáneo, se llama psicoanálisis. En su nombre nos ocupamos de cuestiones –en muchos casos prosaicas, en otros, construidos a partir de detalles cotidianos- que circulan entre hombres y mujeres, para intentar extraer de ellas la substancia de un goce particular, y que responde siempre a la causa del malentendido entre los sexos: la inexistencia de relación sexual, es decir, la hipótesis que sostiene que no hay una proporción democrática y racional, distributiva según la común medida de cualquier Otro –ni siquiera del mercado- que permitiera regular el goce entre los dos sexos.
Es evidente que también la clínica psicoanalítica registra estos desplazamientos, los que se presentan en muchas oportunidades de un modo dramático: los efectos en la subjetividad que afectan a los ciudadanos conmueven al psicoanalista y le plantean nuevos problemas. Los casos que llegan al consultorio no tienen ya la “pureza clínica” de un siglo atrás. Las obsesiones ya no son el compendio de rituales sistematizados descritos por Sigmund Freud en el inicio de su investigación, ni las histerias esos casos “puros” que culminaban en ataques y conversiones, pero finalmente dóciles a la interpretación. Hoy, las drogas y los trastornos alimentarios se mezclan con las estructuras clínicas y dificultan no solo el diagnóstico diferencial sino que cuestionan la eficacia de la práctica analítica.
Este es el marco actual en el que hombres y mujeres tienen que vérselas para encontrar un lugar en el mundo. La así llamada “posmodernidad” oficia de marco para que hombres y mujeres confluyan en el mercado de consumo, siempre dispuestos a dar batalla en asuntos de amor, deseo y goce.
Mientras la televisión es omnivoyeur y sus hijos telegozan, ¿ha llegado el tiempo de los nuevos adictos?




NOTAS
1- Miller, J.-A.; Laurent, E.: El Otro que no existe y sus comités de ética. Paidós. Bs.As. 2006.
2- Pero el hombre posmoderno no es solo “teleadicto”, también es “taracinéfilo”: un exitoso cineasta –oriundo del shopping de la globalización del consumo- afirmó que no hay nada que esperar del actual cine norteamericano, ya que el espectador construido por el mercado cinéfilo tiene… 12 años de edad mental; Woody Allen proponía, por ende, buscar gurúes, nuevos signos de creación cinematográfica en Europa, en Latinoamérica o en Irán, pero ya no en los EE.UU

“Lo que la evaluación silencia. Un caso urgente: el autismo”, celebrado en Barcelona el 19 de junio de 2010. Margarita Álvarez (Barcelona)

El pasado sábado 19 de junio tuvo lugar en el auditorium del World Trade Center de Barcelona este foro promovido por la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis que contó con los auspicios de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, el Instituto del Campo freudiano en España, el Campo freudiano en Bélgica, Francia e Italia y el apoyo de otras instituciones públicas y privadas. La particular ubicación del WTC entre la ciudad y el mar, en los extramuros de la antigua ciudad romana, lugar de celebración de los primeros foros –la palabra deriva de “fuera” de las murallas-, puede servirnos como metáfora para situar este acto de salir de nuestras sedes, de movernos de nuestros asentamientos para construir un espacio nuevo, un espacio para la palabra en la ciudad.
Hay solidaridad entre la construcción misma de este espacio y el tema de este forum: “Lo que la evaluación silencia. Un caso urgente: el autismo”. Es necesario proveer las condiciones para producir, garantizar la dimensión subjetiva, para que el sujeto pueda tomar la palabra.
La convocatoria tuvo una amplia resonancia que se materializó en cerca de 550 inscripciones y casi 50 intervenciones. Hay que agradecer especialmente la cuidadosa labor de la Comisión de organización tanto en la difusión realizada como en la selección de las intervenciones y el ordenamiento de las secuencias de presentación. Estuvo formada por Begoña Ansorena, Neus Carbonell, José Castillo, Elizabeth Escayola (coordinadora), Pilar Foz, Gradiva Reiter, Iván Ruiz y José Ramón Ubieto.
Hilvanadas en siete secuencias, y bajo el excelente poster con ilustración de "El Roto", estas intervenciones fueron a la vez diversas y únicas. Cada una de ellas fue abordando algún aspecto de la ideología de la evaluación, de sus significantes-amo, su voluntad de borramiento de la causa, y de dominio y adiestramiento del sujeto, en nombre de principios y teorías falsamente científicas. Todas, además, llevaban la marca de la particularidad subjetiva de quien hablaba y demostraron que tomar la palabra implica movilizar la dimensión del deseo, jugarse algo, y cuando eso sucede tiene efectos, para uno mismo y para los otros. Estos efectos hicieron que este foro pasara de ser un claro éxito a ser todo un acontecimiento. Durante más de nueve horas apenas nadie se movió, todos los participantes permanecimos absolutamente atentos a lo que se decía.`
Trataré seguidamente de reseñar brevemente aquellos puntos que me resultaron más interesantes:

Lucía D’Angelo, presidenta de la ELP, inauguró el foro dando la bienvenida a todos los participantes y dando las gracias a todas aquellas instituciones que apoyaron públicamente su celebración.

A continuación, Judith Miller, presidenta de la Fundación del Campo Freudiano situó el foro como una apuesta de poder escapar a la barbarie cuyo régimen de evaluación nos amenaza. Frente a la barbarie de una civilización que quiere cerrar las puertas a cualquier manifestación de la singularidad de los seres hablantes, hay una elección de civilización. No tenemos otra posibilidad que apostar –concluyó citando a Pascual-, esto no es voluntario, ¡estamos embarcados!
Tras el acto de apertura se sucedieron las distintas intervenciones, breves, concisas y variadas. Como señalé antes, cerca de cincuenta personas –sin contar las que intervinieron en el debate- tomaron la palabra para decir algo de sí mismas o de un hijo, de una viñeta clínica, para señalar un punto, hacer una observación; para hablar de lo que no marcha en la psicología, la medicina, la universidad, la sociedad; para situar lo que no responde al amo; para decir algo de las dificultades de hacer frente a esta ideología de la evaluación que, bajo una supuesta neutralidad, ataca, elimina con ferocidad la dimensión subjetiva; también para dar cuenta de respuestas particulares o colectivas, como ha sido, entre otras, este mismo foro. Brillaron los contenidos pero sobre todo brilló la enunciación.
I. "El riesgo de la civilización: negar la dimensión subjetiva"

José Ramón Ubieto, psicoanalista, abrió esta primera secuencia planteando que la psicología ha tratado de encontrar la cifra del sujeto, pero el sujeto no es evaluable, incluye siempre una opacidad –incluso para sí mismo. El cientificismo actual niega esa opacidad y vela, tras el sintagma “evidencia científica”, su voluntad de dominio y adiestramiento del sujeto. Para el psicoanálisis, por el contrario, se trata siempre de obtener su consentimiento.
José Andrés Torres Mora, diputado al Congreso por Málaga (grupo parlamentario socialista) y profesor de Sociología en la UCM, planteó que tanto el campo psi como el campo político se hallan ahora ante el desafío de una ideología que quiere sustituir las palabras por los números. Creen que los números no mienten, pero eso sólo es verdad –añadió- en tanto no dicen nada. Los números no mienten pero sí aquellos que los usan y se sirven de ellos para construir burdas interpretaciones.
La crisis actual causa incertidumbre, inseguridad y da sensación de desprotección por lo que hay quienes piensan que los políticos deberían callarse para que la élite económica tomara el poder político. Pero hay que aprender a vivir en la contingencia y soportar la decepción. Se trata de hablar, dialogar, plantear estrategias. Los problemas políticos no tienen soluciones tecnocráticas sino políticas. Y esto implica más algo del orden de una apuesta que de una solución matemática.
La escritora Lolita Bosch habló de la necesidad y la dificultad de construir la subjetividad del personaje literario. No puede recurrirse a generalidades o arquetipos para ello: es su unicidad la que nos permite contactar con él, la que nos dice algo de la nuestra.
El psicoanalista Jorge Alemán planteó tres puntos:
1. La evaluación no guarda relación con la ciencia sino con la técnica –en el sentido heideggeriano. La ciencia mantiene una relación con la dimensión de lo imposible, mientras que la técnica la rechaza.
2. La técnica es correlativa de la evaluación pero también de la subjetividad, que no rechaza sino que convierte en espectáculo. Es necesario entonces distinguir entre el sujeto y la subjetividad: evaluación y subjetividad pertenecen al mismo mundo en tanto equivalencia de las mercancías; por el contrario el sujeto es singular, no se puede sustituir.
3) También es necesario distinguir entre la política y lo político. La política tiene que ver con la circulación infinita de la mercancía donde todo se vuelve equivalente. Lo político es lo que surge de la dislocación de la causa. Sólo hay instante de lo político cuando la contabilidad de la política no entra en juego. La política debería mirar al psicoanálisis, terminó diciendo, como la última perspectiva del siglo XXI que mantiene con el saber y la causa una relación no técnica.
II. "Un claro ejemplo de la subjetividad en juego: el autismo"

Elizabeth Escayola señaló que el sujeto autista se defiende de lo más propio del Otro: la voz y la mirada. En relación a la primera, que constituyó un punto común a todas las intervenciones de esta secuencia, añadió que la voz implica soltar algo y no recuperarlo.
Mercè Managuerra, actriz y profesora de interpretación del Institut del Teatre de Barcelona, leyó su propia traducción al castellano de un conocido poema de Lluís Solà: “Cuando ya no tengas más palabras, / habla, comienza el sonido / no pares, inventa la palabra / excava dentro de las sílabas (…) excava, comienza de nuevo /la lengua comenzada, no vaciles /no te pares, escribe la letra nueva…” (L. Solà, “Poema nº 1”. En: Entre bellesa i dolor).
Josep Mària Panés planteó que en el autismo encontraríamos una modalidad particular de la forclusión y del retorno de goce, donde la defensa fuerza la exclusión de la voz en una doble dimensión: en tanto soporte de la enunciación y en tanto experiencia de goce.

Gracia Viscasillas presentó una interesante viñeta clínica que ilustró cómo una intervención con un sujeto autista permitió que éste pasara del ruido al grito y, unos meses después, comenzara a usar las palabras. Al respecto, Elizabeth Escayola apuntó que antes de la palabra no hay el silencio sino el rasgo, el grito.
Ermel Morales, profesor de interpretación textual de la Escuela Superior de Arte Dramático de Galicia, explicó una experiencia teatral con adultos diagnosticados de trastorno del espectro autista en la que los guiones se reescriben en la medida que los participantes pueden ponerles sus propias palabras. “Los cuentos se escriben pero si al contarlos se reescriben –precisó- se cuentan mejor”.
III. "La ciencia, el método científico y sus límites"

Manuel Fernández Blanco señaló que la evaluación, la cifra, el conductismo se han convertido en el discurso común. Cuando hablamos de eficacia, de eficiencia, de autoestima -significantes amo de nuestra época- hablamos conductismo sin saberlo. Este discurso contamina todas las practicas –sociales, políticas, educativas, sanitarias y nos vuelve un poco más tontos de lo real.
A continuación, Javier Peteiro, Jefe de la Sección de Bioquímica y Laboratorio de Alergia del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña partió en su intervención de que no todo es accesible a la ciencia ni todo lo que se llama ciencia lo es. Seguidamente clasificó las distintas teorías existentes del autismo como científicas, pseudocientíficas o cientificistas.
Si bien la ciencia puede aportar datos interesantes sobre los correlatos genéticos y neuropatológicos del autismo –señaló-, hay escasas teorías científicas por lo que, en ausencia de un conocimiento básico, no es posible desarrollar un tratamiento científico eficaz. Respecto a las teorías pseudocientíficas, advirtió de su peligrosidad. Y en relación a las corrientes del cientificismo conductista y la medicina basada en la evidencia coincidió con el psicoanálisis en que anulan al sujeto. Por último señaló que la ciencia no es suficiente ni para comprender el autismo ni, en general, al ser humano. Además –afirmó-, una teoría del ser humano puede ser verdad sin que sea científica.
Manuel Fernández Blanco informó de que el próximo otoño Miguel Gómez editores publicará un libro de Peteiro cuyo título será: El autoritarismo científico.
Laia Torrent, bióloga molecular y estudiante de doctorado en neurociencias, explicó cómo se aplica el método científico en investigaciones genéticas. La competencia feroz que hay entre los investigadores, los distintos equipos, hace que solo se publiquen los resultados positivos y no los negativos.
Cristian Stephanoto, investigador en neurociencias mostró su preocupación porque los sistemas de validación científicos padezcan de cierta falta de rigor. E insistió en que la producción de conocimiento científico no está en absoluto exenta de arbitrariedad y parcialidad.
El psicoanalista Juan Pundik subrayó que la medicalización de la infancia es un problema político de primer orden que requiere una respuesta política. El poder está en manos del neoliberalismo, una concepción ideológica económica para la que no hay naciones, ni sociedades, ni culturas, ni sujetos. Solo existe el mercado.
El psicoanalista Guy Briole planteó la no adecuación entre los progresos de la ciencia y de la humanidad. En el ritmo acelerado actual, y sin que exista un debate ciudadano, “es la ciencia la que dirige el baile”. Se pretende remodelar la sociedad, y a los hombres que forman parte de ella, a partir de progresos científicos considerados a partir de criterios de rentabilidad. Se hace creer que el goce de los objetos de consumo vale como proyecto de vida de un hombre deseante. El médico actual, al acentuar la vertiente científica en detrimento de su dimensión humanista está atrapado en dicho movimiento.
La psiquiatría –señaló-, arrastra consigo dos significantes de los que le cuesta separarse: el poder y la disciplina. Por eso frecuentemente la encontramos aliada con el poder político, interesado en el orden y la disciplina. La ética del psiquiatra moderno es bio-disciplinar.
IV. "Las palabras de los padres"
En esta secuencia intervinieron Miguel Gallardo, Mar Calado, Ana Laura Castro, Sagrario Rojas, Menchu Ruiz. Si bien todos los testimonios tuvieron un valor especial, voy a retomar aquí solo algunos de ellos.

Miguel Gallardo, dibujante e ilustrador, habló de su experiencia con las particularidades de su hija a lo largo de los años y nos habló de su libro “María y yo”, producto de ella, que ha sido trasladado recientemente al cine por Félix Fernández de Castro y estará pronto en las pantallas.
Mar Calado nos presentó la nueva asociación TEAdir, de la que es vicepresidenta y que agrupa a padres y familias de pacientes con trastorno del espectro autista, que creen que el tratamiento ha de tener en cuenta la subjetividad del niño y reclaman su derecho a elegir el tipo de tratamiento que consideren más conveniente para abordar las diferencias de sus hijos.
Ana Laura Castro testimonió de cómo un significante-amo le había impedido durante un tiempo conectar con su hija. Finalmente comprendió que tenía que acallar sus exigencias, silenciar su interior para poder percibir a su hija.
V y VI. “El tratamiento del autismo” y “El tratamiento del autismo entre varios profesionales”

A lo largo de estas dos secuencias, pudimos escuchar algunas viñetas y reflexiones clínicas muy interesantes de los psicoanalistas
Begoña Ansorena, Martín Egge y Gradiva Reiter.

Begoña Ansorena presentó una viñeta clínica que situaba claramente cómo el establecimiento de un diálogo con el autista requiere previamente la extracción de un objeto.

Gradiva Reiter, por su parte, presentó otra viñeta que ilustraba con claridad cómo la inclusión de la diferencia, homogeneizándola con el resto, es decir, anulando lo que hay de más propio, el rasgo único, puede ser desolador.
También pudimos escuchar las intervenciones de distintos profesionales que trabajan en distintos dispositivos y desde distintas prácticas: las psicomotricistas
Estrella Masaveu y Yolanda Vives, el pedagogo Daniel de León, y los psicoanalistas Giusseppe Salzillo, Vilma Coccoz y Llúcia Viloca.
Los psicoanalistas Pilar Foz y Félix Rueda testimoniaron de su primer encuentro con la clínica del autismo a partir de sendos casos.

Pilar Foz señaló que la primera lección que aprendió es que el niño autista se defiende de los otros y vive en su propio cuerpo aquello que le viene de fuera sintiéndolo como intrusivo, por lo que hay que dejarse guiar por él.
Félix Rueda afirmó que querer borrar la dimensión de la trasferencia y su articulación con la subjetividad aplasta a los niños, a sus familias y a los que trabajan con ellos.
Vilma Coccoz denunció cómo la ideología de la evaluación trata de someter a los “anormales” –fuera de la norma- a sus dictados ciegos. Y recordó que Lacan hablaba de que existen infinitas formas de la adaptación.
Por su parte, la psicoanalista
Llúcia Viloca nos hizo conocer una entrevista que realizó a Ajuariguerra, en Suiza, el año 1971, donde este psiquiatra subraya la importancia esencial de la palabra, del diálogo con el paciente, en los tratamientos.
En relación a las distintas prácticas y dispositivos, Vicente Palomera señaló que el partenaire en todos los casos sigue siendo la palabra. Es importante estar atento a todo lo que puede hacer metáfora en esta clínica.
VII. El efecto de la evaluación en nuestra cultura”
Constantino Bertolo, editor de Caballo de Troya, advirtió de la importancia de dialogar con los textos, de escucharlos.
Mar Vila habló de su experiencia como residente de psiquiatría infanto-juvenil en el SLAM (South London and Maudsley Hospital) donde la labor administrativa deja cada vez menos tiempo a la clínica.
Nora Catelli, profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la UB, se refirió al problema de la evaluación y el control social en la universidad y situó dos problemas: por un lado, la minorización de los estudios universitarios y la reducción de la universidad al mundo de la empresa.
Sonia Arribas, profesora de la Universitat Pompeu i Fabra señaló que si la práctica de la evaluación en Humanidades es reciente sin embargo es una tendencia preponderante sobre todo por parte de las ciencias cognitivas. Se ataca la trasmisión de saber basada en la trasferencia. La relación alumno profesor queda sustituida por la de cliente-manager. La burbuja del conocimiento en la universidad será la próxima en estallar, vaticinó.
La psicoanalista Delia Steinmann, supervisora de equipo en el Hospital Regional de Rhône-Alpes (Francia), recordó que un ser humano nace del encuentro del viviente con la lengua y, por tanto, es único en su especie. Cada uno encarna su propia norma. Desde esta perspectiva una ciencia digna de ese nombre no colabora con ningún control de calidad de los seres humanos. El cálculo matemático tiene su límite en la subjetividad. La cifra no es un argumento para forjar un destino.
Por último, Luisa Casas, profesora de literatura en un instituto situado en un barrio poco privilegiado de Barcelona, explicó cómo ante las dificultades que encontró cuando llegó al centro decidió empezar una experiencia teatral con los alumnos que logró movilizarlos y empezar a interesarse por otras cosas. Esta experiencia prosigue en forma de una compañía de teatro estable que ha pasado del circuito amateur al profesional y ha obtenido numerosos premios.
Ideas perspectivas, conclusiones
Miquel Bassols se refirió al foro como un poliedro con muchas caras, que nos han permitido ver distintos rasgos y un vacío necesario. Lo que la evaluación no puede evaluar –señaló- es que somos un error y que solo en el mejor de los casos conseguimos hacer un buen síntoma.

En su conferencia final, "El espectro de los autistas y la construccion de los
bordes", Éric Laurent señaló que dar la palabra a los sujetos autistas produce una “desmasificación” de las identidades que se sitúan bajo la barra de dicho espectro. Vemos surgir entonces una heterogeneidad de sujetos.
Esta diversidad convoca, fascina como se pudo comprobar en el gran éxito de audiencia que tuvo la serie “Jóvenes, autistas y locos por la escena” (“Young, Autistic and Stagestruck”), que Canal 4 del Reino Unido emitió entre abril y mayo de este año. En ella, nueve jóvenes autistas trataban de producir una obra teatral.
La paradoja es que la remedicalización de la psiquiatría que se produjo durante los años setenta del pasado siglo sacó el autismo de la escena de la relación y lo convirtió en objetivo de las investigaciones que buscaban posibles alteraciones genéticas.
Sin embargo, el espectro de los autismos reúne una clínica tan variada que no puede resumirse en las categorías del DSM. En uno de los polos del espectro se puede situar el autismo, con trastorno de la comunicación, y en el otro, los trastornos bipolares, que presentan trastornos relacionales y afectivos. Varones y mujeres se reparten de manera distinta en relación a cada uno de estos polos: los primeros son diagnosticados de autismo cuatro veces más que las mujeres y estas últimas son diagnosticadas de trastorno bipolar tres veces más que los primeros.
El aumento espectacular de los casos de autismo es el resultado del aplastamiento de la clínica que implica la categorización de los DSM. Dentro de diez años, uno de cada cincuenta individuos será diagnosticado como autista.
Pero hay una resistencia a ser incluido en estas etiquetas. De hecho, el DSM V, cuya publicación está prevista para el año 2012, eliminará el trastorno de Asperger como categoría individual y conservará la categoría de trastorno del espectro autista.
El futuro del espectro de los autismos, difícil de mantener –señaló-, son los autistas mismos, la particularidad específica de cada uno de ellos en tanto sujetos. Hemos podido ver su diversidad en las viñetas clínicas que hemos escuchado y, asimismo, cómo los distintos terapeutas se dirigían a cada sujeto autista para producir efectos terapéuticos.
Si en la paranoia el sujeto sitúa el goce en un Otro de mala fe que lo persigue, y en la esquizofrenia, lo sitúa en el cuerpo y sus órganos, Éric Laurent propone situar el goce, en el autismo, en un borde.
El encapsulamiento autista permite tener un cuerpo: en lugar de la imagen, hay una cápsula que define el espacio de seguridad del autista, le da un límite protector frente a un Otro amenazante. En terapia, ese borde puede desplazarse, aflojarse constituyendo un espacio que no es ni del uno ni del otro, y donde puede producirse cierto intercambio con un Otro, que no es el Otro amenazador situado fuera del borde. Es un espacio de cierto juego.
El psicoanálisis es un espacio de juego: juego de la palabra en la neurosis, juego en la clínica con niños, juego de construcción de una lengua personal en la psicosis, juego de construcción de un borde en el autismo.
Todo vale para producir este borde, para obtener un efecto de resonancia, una satisfacción en el intercambio. Esto es distinto respecto a lo que vemos en las teorías del aprendizaje donde el objetivo está predefinido y, al cumplirlo, se obtiene una recompensa.
En la perspectiva del psicoanálisis no hay separación entre el saber y el placer que se obtiene en ese intercambio. Estamos en un juego tal que cualquier cognición constituye una satisfacción. Se trata de una práctica entre varios, pero no solo entre varios terapeutas, sino entre varios cuerpos. El cuerpo del terapeuta es utilizado como objeto. Él se hace causa de que pueda construirse un borde, ocupa ese lugar, incluso con su cuerpo.
Para construir este espacio es necesario, como ilustraron algunas viñetas, extraer un objeto. Entonces el ruido puede transformarse en grito. Hay que tener tacto. No hay que tener prisa porque la producción del sujeto requiere un tiempo que no puede medirse de manera lineal. Hay que respetar el silencio del niño y mantener el silencio del lado del terapeuta.
Seguidamente, Laurent retomó la cuestión de la mayor frecuencia de diagnósticos de autismo en los varones. ¿Cuál es la causa?, se preguntó. Respondió que Freud explicó a través de la distinta relación con el falo, la mayor frecuencia de la depresión en la mujer, relacionándola con la necesidad de amor y la respuesta ante la pérdida. Los sujetos autistas, por su parte, testimonian de la intolerancia a la falta. Si hay una mayor vulnerabilidad de los varones es porque son portadores del pene y la falta está forcluida.
Para finalizar, Laurent señaló que la experiencia de este foro ha sido excepcional para ver cómo salir de cierta tiranía populista del silencio. Pero hay que seguir, lo que hizo resonar el poema de Lluís Solà leído por Mercè Managuerra, cuyo últimos versos leyó a continuación: “Por las escaleras del silencio, no pares (…) habla, no pares, anuncia la palabra”. Esto es lo que intentamos hacer con el espectro de los sujetos autistas, concluyó.
En la clausura del foro,

Carmen Cuñat subrayó que hacer un foro implica subvertir las inercias institucionales de los otros, pero también las nuestras.

Elizabeth Escayola, por su parte, agradeció las intervenciones, la participación de todos y tuvo, asimismo, unas palabras de reconocimiento también para los niños autistas que nos permitieron reunirnos y trabajar juntos. Haciendo lazo así, habrá otros foros, concluyó.

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“Un dormir sin sueño”

Luis Miguel Carrión (Barcelona)

Para la tercera reunión del Grupo de investigación de Toxicomanías y Alcoholismo invitamos a Miquel Bassols a que presentara un trabajo que tuviera como marco los dos ejes de trabajo que nos hemos dado para este curso 2009-2010: por un lado, develar algo de la lógica de nuestra época caracterizada por el capitalismo global y, por el otro, que tuviera en cuenta “lo cotidiano de las vidas atravesadas por los nombres más diversos de las adicciones”. No defraudó Miquel Bassols y nos aportó una elaboración bajo un título sugerente “Un dormir sin sueño” . Título extraído, dijo, a partir de una frase atribuida a Napoleón: “La muerte es un dormir sin sueños, y tal vez sin despertar”, (en castellano se pierde la diferencia que hay en francés entre sommeil y rêves) y retomada por Freud evocando a Hipnos y Tánatos como dos hermanos gemelos en la mitología griega.
Perder la consciencia
Miquel abordó la cuestión de la toxicomanía y del consumo en general por una vertiente diferente a la que estamos acostumbrados, a saber, en lugar de privilegiar el objeto y tomarlo por la vía del goce, del imperativo del superyó, de la pulsión, tomó las adicciones por el lado del Sujeto, por un lado no tan explorado: el de la “pérdida de consciencia” como forma del sujeto del goce.
Esta vertiente de las adicciones siempre ha existido, pero ahora parece -resaltó Miquel Bassols- convertirse en un factor generalizado de las formas de consumo del sujeto mismo: la cognición como un nuevo nombre en la ciencia de la consciencia infatuada de sí mismo, un nuevo semblante, S1, distinto al sujeto mismo del significante, del inconsciente.
Partiendo de una constatación clínica, destacó la persistencia en varios casos de la función del tóxico en su función “perder la consciencia”, “no recordar nada”, “no saber lo que hacía”, “desconectar”… Un consumir “para soportar la existencia”, “para olvidar”, a veces directamente “para acabar mis días de la mejor manera”. Todos ellos serían usos diversos de la droga para borrar la división del sujeto ($). Frecuentemente “para no pensar más”, “no pensar” que no tiene la misma lógica sea en el pensamiento obsesivo, sea en el pensamiento impuesto del psicótico.
La droga como dormir sin sueño apunta además a la función de los hipnóticos; por otro lado un sueño sin dormir implicaría más la función de los alucinógenos y, tal vez, no tanto las modernas drogas de diseño. En todos estos casos lo que se pone en juego es seguir durmiendo en la realidad sin hacerse cargo de los efectos del lenguaje sobre el sujeto, de la causa introducida en el sujeto, tal como señala Lacan en Posición del inconsciente (Pág. 814): “el efecto de lenguaje es la causa introducida en el sujeto”.
El tóxico generalizado de nuestra época, subrayó M. Bassols, nos permite “dormir sin sueño”, ideal del insomne que no consiente a la intermitencia de la consciencia donde el tóxico hipnótico viene al lugar del objeto exterior que tapona esta intermitencia. También nos permite “dormir sin soñar”, sin inconsciente, incluso y sobre todo, sin sujeto, sin hacerse cargo de los efectos del propio inconsciente.
Tomó la referencia de Lacan en el Seminario XI de “el despertar como una forma de seguir durmiendo en la realidad”, siendo éste el estado “normal” del sujeto de la supuesta consciencia. En el uso del tóxico lo que hay es un error de cálculo: suponer que se puede escapar a los efectos del lenguaje; y un ideal de su uso: dormir sin saber, sin ya enterarse, librarse de los efectos del inconsciente.
En este punto citó la entrevista que le hicieron a Judith Miller en Buenos Aires en el mes de noviembre de 2009 donde comentaba los efectos futuros del Ritalin® sobre los niños (http://www.elp-debates.com/prensa/cuando_se_echa_al-sintoma_Judith_Miller.pdf). Este ideal encuentra su paradoja cuando el uso del tóxico conduce a un encuentro con lo real imposible de simbolizar, un despertar imposible de soportar con sus efectos de angustia, desencadenamiento…
A continuación, retomó la ya clásica cita de Lacan en La clausura de las Jornadas sobre los carteles de 1975, “la droga es lo que permite romper el matrimonio con el pequeño pipí” y la desarrolló bajo tres aspectos: el primero del lado del sujeto que encarna ese goce fálico en otro objeto fuera del cuerpo, incluso fuera de la sexualidad, para, de esta manera, evitar la castración. Un goce autoerótico que evita pasar por la castración. El segundo del lado del falo como proveedor de una significación fálica que es también significación del Yo (Yo como superficie corporal, como consciencia); y el tercero, el falo como proveedor de los límites del cuerpo, de la unidad corporal. Diferenciando que en la neurosis obsesiva el tóxico funcionaría como la búsqueda de ese límite en un objeto fuera del cuerpo, mientras que en la psicosis la introducción del tóxico en el cuerpo, se situaría como búsqueda de un límite cuando el semblante del falo no funciona como tal.
Señaló, seguidamente, la equivalencia entre el toxicómano y el insomne: los dos evitan consentir a la división del sujeto que supone la intermitencia, a la discontinuidad de la consciencia, a evitar el índice subjetivo del cuerpo como límite, tal como lo encontramos también en el uso del doping (A. Stevens, Nuevos síntomas en la adolescencia, Rosario http://www.unl.edu.ar/eol/art_4.htm), donde, en esta práctica, se trata de anular los signos en el cuerpo de esa intermitencia, de ese límite del cuerpo.
El deportista de alta competición da cuenta, a veces, de esa experiencia de ir más allá de los límites del cuerpo (en el agotamiento, en la experiencia de velocidad). Son posiciones de borramiento de los límites del cuerpo y de la consciencia a partir de una experiencia de goce, cortocircuitar la división del sujeto ante el goce con un objeto que provea “otro goce”. Todos ellos modos de goce que evitan hacerse cargo de los efectos del inconsciente (del sueño mismo como formación del inconsciente), también modos de sutura de la división como defensa frente al goce.
La toxicomanía ofrece al sujeto una modalidad de “sujeto del goce”, con una localización de este goce fuera del cuerpo, en otro lugar que en la significación fálica, en un objeto con el que puede fijar una relación de “dependencia”. Lo que se busca en el tóxico por la vía del principio del placer es la muerte, la muerte también del síntoma como signo de un real que no es subsumible en el principio del placer, por lo que propone Miquel Bassols una variación del famoso sintagma de Freud: Allí donde Ello era (la pulsión), Yo llego a ser su objeto consumido (el del objeto tóxico). Este horizonte ideal, mortífero, coincide con la promesa de un discurso político en la sociedad del bienestar, fundado en la identidad de un Yo sin sujeto, que es finalmente lo mismo que un dormir sin sueño o, paradójicamente, un sujeto sin las intermitencias de la consciencia.
Dos breves referencias clínicas
En un segundo tiempo Miquel Bassols presentó dos viñetas clínicas. La primera, un caso de histeria con un fondo melancólico con ingestas de alcohol periódicas en fines de semana hasta perder la consciencia, con pasajes al acto de acceder a tener relaciones sexuales con el primero que encontraba y también del lado de la pulsión oral: ingestas de galletas y productos de harina que provocaban que engordara y adelgazara 10 kilos en meses. Bebía “para permitirme ausentarme de mí misma, tomarme unas pequeñas vacaciones de mí misma cada tanto”. Un dejar de pensar junto con la decisión “consciente” de perder la consciencia; perder el Yo; el Yo en el lugar del objeto perdido. Señaló Bassols cómo la paciente utiliza el Yo-consciencia como el carretel del juego del fort/da: aparecer/desaparecer para el Otro del deseo.
Una segunda referencia clínica, éste un varón cuyo diagnóstico correspondería a una psicosis “ordinaria” con pasajes al acto de “hacerse pegar”. En este caso no hay decisión de beber para ausentarse, ni decisión de pasar un límite sino una suerte de metonimia etílica (hipnótica) combinada con la cocaína que funciona como estimulante. Esta operación trata más bien de acallar el cuerpo (no los pensamientos). Sin embargo, tiene un efecto exactamente inverso: no deviene un pasaje al acto violento sino un hacerse pegar para, en este caso, acallar el cuerpo. Aquí no se trata tanto del Yo como consciencia sino del Yo como superficie corporal que viene al lugar del objeto.
En ambos casos, remarcó, se trata de un ausentarse: en el primer caso más del pensamiento consciente, en el segundo más del cuerpo, “dormir sin pensamiento” y “dormir sin cuerpo” respectivamente. No obstante, tienen en común que tanto el pensamiento consciente como el cuerpo vienen al lugar de un objeto, incluso en función de objeto.
Consumidor como objeto de consumo
En el último punto de su presentación M. Bassols puso en relación la lógica de la adicción con lo que Z. Bauman señala en su libro Vida de consumo (Ed. Fondo de Cultura de Económica, 2007). Para ello tomó tres referencias del autor: la primera con relación a la transformación del consumidor en objeto de consumo. El sujeto convertido en objeto del goce del Otro: “En la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto, y nadie puede preservar su carácter de sujeto si no se ocupa de resucitar, revivir y realimentar a perpetuidad en sí mismo cualidades y habilidades que se exigen a todo producto de consumo” (Z. Bauman, op. cit. p. 25). No es sólo que el sujeto se convierte en objeto, es que para ser sujeto hay que tornarse en producto, ser producto es condición de la subjetividad (aà$). No están lejos los ecos de la afirmación de J. Lacan: “el ascenso al cenit social del objeto a”.
La segunda el “fetichismo de la subjetividad”, tanto en relación con la mercancía como objeto de consumo como con relación a la persona como fetiche de un nuevo goce en las adicciones consumistas. Bauman hablará del “fetichismo de la subjetividad, que se ocupa de ocultar esta realidad transformada en mercancía tan característica de la sociedad de consumidores” (p.28, op. cit)
Y la tercera y última “el tiempo puntillista” en oposición al tiempo lineal y cíclico. El tiempo discontinuo, puntual de la consciencia que se desvanece, sin continuidad. Hay un efecto de transformación de la experiencia del tiempo del sujeto, se trata de una renegociación del significado del tiempo (p.51-52, op. cit.). Este tiempo pulverizado como ideal del adicto, es la “vida ahorista” del adicto a lo fugaz e instantáneo, esto no es sólo una posición de goce, es una elección de hacer de la objetalización una condición de la subjetividad.
Concluyó Bassols con una hipótesis: La adicción generalizada como un “dormir sin sueño” (que limita en la pulsión de muerte) es un producto él mismo y una objeción a la reducción del sujeto a lo cognitivo, reducción que Bauman denomina “fetichismo de la subjetividad”.
* GRUPO DE INVESTIGACIÓN EN TOXICOMANÍAS Y ALCOHOLISMO
Vidas de consumo
Responsables: Luis Miguel Carrión, Eugenio Díaz, Horacio Dobry
* Calendario: 17 de febrero, 17 de marzo, 21 de abril, 19 de mayo, 16 de junio
* Horario: 19h30
* Inscripción: Se requiere inscripción para participar (80€ anuales), libre para inscritos en actividades de la SCB.

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segunda-feira, 9 de janeiro de 2012

Las Memorias de Schreber

El cuerpo.

Las Memorias de Schreber: Un tratado sobre el cuerpo
por José Ioskyn

Así quizás debería llevar como subtítulo este libro, único como referencia de la psicosis, y único también como ejemplo princeps de cómo se ve afectado el cuerpo en tanto el sujeto resulta efecto de lenguaje, y asimismo de cómo el cuerpo bien puede ser un artificio que se desarma y se vuelve a armar, que se puede tener y con el cual también pueden aflojarse los lazos.

Ya desde su mismo inicio, en su primera frase: “El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo”, hasta la sutileza que le sigue sobre su concepción de los nervios, “comparables a dibujos de damasco de incomparable finura”, siguiendo por su contundente afirmación: “de cuya excitabilidad (de los nervios) por los influjos externos depende toda la vida espiritual del hombre”, encontramos allí la base de todo su sistema de ideas, así como a un Schreber eminentemente lacaniano y anti cartesiano: el alma está del lado del cuerpo, renunciando a toda polaridad antinómica entre materia y espíritu.

Es en esta línea que intentamos descifrar el sintagma lacaniano que define al síntoma en tanto acontecimiento del cuerpo.

Y en esta línea, la producción de un cuerpo de mujer como ejemplo de solución psicótica a la ausencia del cuerpo que provee el ordenamiento del nombre del padre.

El empuje a la mujer, como concepto doctrinario, constituyó un avance frente a la hipótesis freudiana que explicaba la causalidad psicótica como defensa frente a una pulsión homosexual inconciente.

Ya desde el vamos, la postura lacaniana no tenía a la emasculación como causa sino como respuesta válida, como solución que el sujeto inventaba.

El punto de vista que propongo es el del autotratamiento de Daniel Paul Schreber, el de tomar el proceso descripto en las Memorias de un neurópata como modelo autocurativo. Donde, de modo eminente, el tratamiento de su cuerpo ha tenido un lugar fundamental. Propongo entonces como hipótesis bucear en ese texto teniendo como mira el hacerse un cuerpo, un cuerpo femenino, como clave fundamental, como argumento oculto. Hacerse un cuerpo de mujer es lo que permite a Schreber reinventarse como sujeto, frente a la fragmentación, a la efracción de la estructura y a la disolución angustiosa en un mundo sin referencias.

Los milagros del cuerpo
La sede de la acción de los rayos divinos, de las almas, y de todo el mundo sobrenatural –incluído Dios mismo– que acciona sobre Schreber, es su propio cuerpo. “Desde el comienzo mismo de mi vinculación con Dios hasta el día de hoy, mi cuerpo ha sido incesantemente objeto de milagros divinos. Si quisiera describir en detalle todos esos milagros, podría llenar con ellos solos un libro entero. Puedo decir que no existe casi un solo miembro u órgano de mi cuerpo que no haya sido transitoriamente dañado por algún milagro, ni un solo músculo que no haya sido tironeado mediante un milagro para ser puesto en movimiento o paralizado.”

Estos milagros, estricta definición de los fenómenos elementales, tienen distinto carácter, en general, se distinguen por su orientación destructiva sobre el cuerpo, su intención de disolución, de entontecimiento mental, de parálisis y de invalidamiento. También los hay que tienen un carácter opuesto a estos, son los milagros de reconstitución, y que a medida que avanzan hacen que aquellos pierdan su efecto destructivo. Y que, finalmente, son orientados hacia la reconstitución final del cuerpo bajo una forma acorde con las sensaciones de bienestar, las cuales coinciden con el llamado por Schreber placer femenino.

La descripción de los fenómenos corporales es variopinta, y si bien se desarrollan a lo largo de todas las Memorias, se concentran particularmente en el Capítulo XI, subtitulado por el editor original de las Memorias como “Lesiones a la integridad corporal mediante milagros”.

Esta especie de fenómeno convoca la total convicción del sujeto, “ningún otro recuerdo de mi vida es para mí más seguro que los milagros referidos en este capítulo. ¿Qué puede haber más cierto para el hombre que lo que experimenta y siente en su propio cuerpo?”.

Casi todos los órganos del cuerpo son afectados por la acción de los rayos divinos que el sujeto sufre a lo largo de toda la enfermedad, pasivizándolo. Merced a la acción de estos rayos, que lo hacen objeto de efectos milagrosos en su contra, el cuerpo pierde su unidad, y consigue diseminarse. Por ejemplo, durante un tiempo el sujeto tuvo otro corazón, sus pulmones fueron atacados y estropeados, provocándole un terror indecible a perder su vida asfixiado. Sus huesos costales fueron destrozados transitoriamente, y luego vueltos a reconstituir, mientras su estómago fue reemplazado por otro de inferior calidad, lo cual le impidió disfrutar del placer de la comida. Las comidas y bebidas se desparramaban por el abdomen y fémures, disolviendo los límites internos del cuerpo. Asimismo, fueron disueltos la faringe y los intestinos, la laringe, y el cordón espermático, a fin de impedir la voluptuosidad genital. El abdomen sufría su putrefacción, mientras su cerebro y médula eran bombeados por hombrecillos hacia el exterior, provocando la temida idiotez o pérdida del intelecto, máximo temor padecido por Schreber. El cráneo fue trozado y pulverizado; en su cabeza de difundían los alimentos ingeridos, así como una grieta profunda se abría en su cabeza de adentro hacia fuera, por lo cual requería por parte de los hombrecillos su recomposición con una máquina de compresión, que terminaba dándole un aspecto oblongo a la misma.

Con el tiempo, los milagros ejercidos sobre su cuerpo fueron cayendo en un sentimiento de indiferencia, casi un desapego de su cuerpo, ya que los rayos que lo atacaban, se ocupaban de alguna manera de reconstituirlo.

La explicación schreberiana no se limita a los fenómenos padecidos, lo inmediatamente percibido por él se inserta en un mundo que se extiende a todo el cosmos, donde Dios siente como amenaza la atracción ejercida por el sujeto y amenaza retirarse. Este retiro divino altera el orden cósmico, instancia superior a la entidad divina. El orden cósmico, reina por sobre todas las cosas, incluso sobre la mala fe de Dios y de las almas impuras que lo circundan. Este orden determina la retracción de sus genitales, modificando su estatura y adaptándola a un tamaño menor, femenino, eliminando asimismo la barba y el bigote.

Todo este proceso se orienta a que el cuerpo obtenido al final resulte acorde con la voluptuosidad femenina que progresivamente fue invadiendolo.

La articulación del tipo de cuerpo con el tipo de goce coincide, finalmente, con la estabilización de la psicosis.

Punctum saliens
La emasculación tiene un carácter de elección forzada. El sujeto la presenta como un deber, exigido además por el nivel más alto del orden universal. Schreber se distancia así de toda posibilidad de atribuirse un gusto personal por convertirse en fémina. Es un imperativo de la razón universal, que contradice incluso todas sus tendencias culturales, de orgullo, de virilidad, la que así se impone en él. La emasculación contradice su ideario, sus ideales, su gusto, quiebra su imagen, se encuentra en cruz con todas sus autoafirmaciones sostenidas hasta ese momento. Pero al mismo tiempo, esta idea impuesta –la belleza de convertirse en una mujer gozando del coito–, inicial a todo el proceso, es lo único que se mantiene en pie durante la duración entera de la enfermedad, y la que conforma el pilar de su solución. Alrededor de ella se elabora la solución delirante de la psicosis schreberiana. “La mudanza en una mujer había sido el punctum saliens, el primer germen de la formación delirante; demostró ser también la única pieza que sobrevivio al restablecimiento, y la única que supo asegurarse su lugar en el obrar efectivo del ahora sano.”

El fin al que tiende toda la evolución del universo, la recomposición de la armonía celestial que su enfermedad ha roto, exige más allá de su voluntad personal que su cuerpo sea transformado en mujer. El delirio de redención que se suma a la emasculación le indica la necesidad de esta transformación para la salvación de Dios, quien fecundándolo podrá salvar luego a la humanidad toda. Todo ello, con la lógica asintótica que señaló Lacan en su escrito sobre la psicosis, sucederá en un futuro que las generaciones presentes y las siguientes no verán.

Dibujar
Brazo, manos, pecho, huesos, nalgas, y el cuerpo todo se transforman constituyendo a la mujer en su horizonte.

No sólo estas sensaciones, representativas de un goce efectivamente percibido, sino la forma de su cuerpo se adapta a este goce nuevo que exige la transformación total y su articulación a un sujeto nuevo.

La forma de su cuerpo se reconvierte gracias al contramilagro del dibujar. Este fenómeno consiste en la utilización conciente de la fantasía con el fin de producir imágenes. Schreber califica a este fenómeno de milagro invertido, ya que en él el sujeto no es pasivo sino activo, permitiéndole tomar partido por su goce, lo cual redunda en su estabilización. Así, no sólo hace uso del arsenal de recuerdos personales para vivir momentos placenteros, utilizando la memoria como un álbum fotográfico, sino que puede esencialmente dibujarse a sí mismo, creándose un cuerpo dotado de caracteres sexuales femeninos, pechos, nalgas, caderas y órganos sexuales. El ver imágenes produce un efecto purificador sobre la destructividad de los rayos, los hace inocuos. La visión los despoja de su carácter amenazante, y provoca la alegría en el sujeto de volver a ser activo en la regulación de su mundo. Es que las almas están hechas solo para gozar indefinidamente, mientras los hombres deben actuar y trabajar para conseguir su bienestar.

Se produce así un efecto de límite sobre los fenómenos intrusivos, a través del uso del registro imaginario.

Diacrónica
El cuerpo schreberiano parece atravesar dos tiempos; el primero de ellos de descomposición, de fragmentación, coincidente con su etapa hipocondríaca, incluso catatónica. Se observan en este momento fenómenos de negativización –reblandecimiento del cerebro, desaparición o falta de funcionamiento de órganos, cuerpo que se pudre, etc. – producto del retorno en lo real del agujero simbólico.

Un segundo momento es de construcción de un cuerpo. No es exactamente la restitución delirante a la que alude Freud, ya que esta se restringe a los elementos de significación que constituyen contenido del delirio. Esta construcción es diferente ya que implica un anudamiento de los tres registros, mientras el delirio puede decirse que se sitúa a un nivel simbólico-imaginario, haciendo de tapón o de velo sobre lo real del goce del Otro. La construcción del cuerpo incluye a los tres registros más su anudamiento sintomático, lo cual es de una constitución más sólida que la significación delirante. Incluye la imagen corporal, las sensaciones interoceptivas, la significación en la que desemboca todo este proceso, y, sobre todo, una articulación al goce que Schreber llama femenino o voluptuoso, que es la que permite el arraigo de toda la construcción en algo que se ubica más allá de un semblante.

También, y como es cierta constante en Lacan, sobre todo de sus últimas formulaciones, la psicosis da el modelo. En este caso se trata del modelo de un cuerpo que no es un dato de la fisiología. Es una confusión frecuente para la neurosis la superposición del cuerpo con el organismo biológico. El cuerpo del que se trata en psicoanálisis es el cuerpo del goce, o el cuerpo en tanto efecto de la conjunción entre el significante con el goce, que no siendo evidente en la neurosis en una primera aproximación, se torna más entendible al advertir su armado en la psicosis, sus costuras, sus empalmes, sus intentos fallidos de salidas de la fragmentación, su carácter de artificio eficaz y solidario del anudamiento de los tres registros a los que se articula el sujeto.

La imagen
“Dibujar un trasero femenino en mi cuerpo –honni soit qui mal y pense– se me ha hecho un hábito, a punto tal que casi siempre lo hago involuntariamente al agacharme.”

No es difícil darse cuenta que todo este proceso no es lisa y llanamente una flecha lanzada hacia delante, sino que tiene sus vericuetos y sus complejidades. No es inimaginable la presencia –detrás del empuje a la mujer– del SuperYo con sus exigencias y su coerción sobre el sujeto, que bajo amenaza de la retirada de Dios ejerce su influencia decisiva en la marcha de la construcción toda. Asimismo hay un punto de viraje en la aceptación final de una idea que resultaba lesiva para su virilidad en un comienzo o momento fundante del delirio. Ser la mujer de Dios se hace aceptable sólo después del pasaje de Schreber por el filo mortificante de la reducción de todo su mundo a lo imaginario donde él mismo resulta muerto, y donde el mundo en general y las personas que lo pueblan han sido reducidas a ser pura imagen sin consistencia ni articulación ninguna a una realidad tangible.

Sólo después de haber atravesado una etapa de mortificación semejante, es que sobreviene la reconciliación (versohnung) con Dios, con un Dios que además ha demostrado sus fallas en relación a la clásica idea de omnipotencia. Esta reconciliación consiste en una superación: consentir a su transformación en mujer obedece a un propósito superior a la mera satisfacción de la concupiscencia divina, se pone al servicio del orden del mundo y de su necesidad de supervivencia: luego de la caída del mundo en la nada, una nueva humanidad renacerá de su cuerpo feminizado.

Es decir, la construcción de su cuerpo es solidaria de la construcción de Otro que si bien no está vaciado de goce, ya que la exigencia de goce continua, lo que se ha modificado es la posición del sujeto frente a ese goce, que pasa de señalar al agujero forclusivo a obtener un sentido a ese goce Otro.

Lo simbólico y lo real
No sólo con lo imaginario se reconstruye un mundo. Freud anota sobre el final de la primera parte de su historial como se empalman las sensaciones que provienen de su interior, que él mismo identifica como femeninas, con el aparato de lenguaje. Goce y equívoco significante se empalman, utilizando para ello las posibilidades de la lengua alemana. La creación que el sujeto hace, utilizando al significante como aparato de goce, es lo que Lacan ha llamado lalangue, la lengua. Esta es una creación lingstica del sujeto, no una adaptaci쭳n pasiva al lenguaje organizado y transmitido de una generación a otra.

En Schreber, el término que enlaza las sensaciones corporales con el orden significante es la bienaventuranza –selig en alemán. En efecto, el sistema delirante se orienta a que todo lo que sucede tiene como sentido la purificación necesaria para acceder al goce de la contemplación divina, y a la reabsorción en Dios de todas las almas humanas. Lo característico del uso que hace Schreber de este concepto de bienaventuranza es su colusión con el goce voluptuoso en el sentido erótico del término. Esto le permite unir el plano celestial con el goce sexual en un sentido lato.

La característica inusual de este caso es la utilización de un equívoco semántico para empalmar ambos registros, ya que se trata de la misma palabra –selig– la que constituye la bienaventuranza, tanto en la conformación de la palabra seligkeit, dicha o goce, o en selig, palabra que significa difunto, o fallecido.

Freud lo escribe así: “Esta sorprendente sexualización de la bienaventuranza celestial nos impresiona como si el concepto de Schreber sobre la bienaventuranza hubiera nacido por la condensación de los dos significados principales de la palabra alemana: difunto, y sensualmente dichoso”.

No se me ocurre otra traducción posible al castellano que justamente la palabra goce, o gozo, que se ha utilizado tanto para aludir a lo sensual del cuerpo y a la comunión con dios al alcanzar un estado de éxtasis místico.

De este modo, se hace notorio como se realiza un montaje utilizando la polisemia del significante, realizándose una construcción que enlaza al goce corporal con lo simbólico. El Ideal que da pie al universo simbólico de la psicosis schreberiana, el goce celestial de la contemplación divina; y su propio lugar subjetivo como figura necesaria para garantizar el mantenimiento del destino del universo y su llegada a término. Ambos confluyen. Su cuerpo de mujer será sólo en tanto este cuerpo sirva a ser la mujer de Dios, término que enlazará finalmente todos los registros bajo una sola égida que dará solidez al conjunto.

Una teoría sobre el goce
En Schreber, el goce de las almas difuntas, el goce celestial, es homólogo al goce voluptuoso, sensual, del cuerpo, con la diferencia que en las primeras éste es permanente.

En las Memorias hay una teoría del goce que no es una erótica. El goce, por así decirlo, adviene al cuerpo, en principio de modo conmocionante con aquella primera representación pasiva. Luego, con el esfuerzo de la construcción delirante, consigue articularse a un sujeto para terminar en un apaciguamiento final que es palpable con el correr de la lectura del libro.

Pero no se trata de una erótica, no se trata de instruir sobre el modo de obtener placer, sino de encontrar el modo de domesticar el goce que invade desde el Otro. Es inundante, adviene en los sueños, en los períodos de descanso, y que desde las poluciones involuntarias de la noche anterior a su internación consigue regularse recién cuando adquiere el rostro del Otro, de Dios, a partir del momento, fechado en noviembre de 1895, en que el sujeto recibe la impronta en su cuerpo de la feminización que modificando al sujeto permite modificar el signo del goce.

La articulación del sujeto al goce del Otro representa el inicio de la estabilización, como está descripto a través de numerosos indicadores en el capitulo XIII de las Memorias. Las voces se hacen neutras, dejan de tener su carácter injuriante, el placer lo invade de un modo benéfico, la fecundación divina y la generación de una continuidad de la humanidad, teniéndolo como centro, instala la perspectiva de un futuro promisorio. El nombre, la fama, el lugar universal del sujeto quedan asegurados cuando, en los hermosos días de finales del otoño de 1895, contemplando la niebla sobre el Elba, Schreber tiene la intuición del fin último al que tiende toda la evolución universal al recibir en su cuerpo la impresión inequívoca de su transmutación en mujer.

Pechos, brazos, nalgas, brazos y manos, se modifican, ese es el contenido efectivo de la percepción del sujeto. “En mi constitución corporal existe una abundancia de probanzas (…) según supongo, un examen de mi cuerpo en cuanto a los rasgos distintivos de la feminidad tendría que producir aún ahora un efecto persuasivo sobre otras personas”. Todo ello acompañado o más bien indicado por la invasión de voluptuosidad femenina que lo inunda.

A partir de allí, Dios no será maligno por completo, sino el destinatario de su mutación, será quién hará del sujeto una pieza única del destino de la humanidad.

Así, el momento de recibir en su cuerpo los estigmas de la feminización marca el punto en que la construcción delirante cambia de signo, observándose de allí en más un apaciguamiento en todos los órdenes, desde los mínimos milagros hasta las más altas concepciones celestes sufren un cambio en su modalidad, se hacen más tenues, no en su certeza, sí en su carácter de ataque al sujeto. La voluptuosidad percibida en su cuerpo hace desaparecer la hostilidad divina; el Otro se neutraliza en su goce.

Paradójicamente, la neutralización es solidaria del acercamiento de Dios, mientras su alejamiento llena de angustia al sujeto. Resulta notable que así como el signo inicial de la enfermedad tuvo un carácter disruptivo, la estabilización también ha tenido esta misma forma, abrupta, fechada, que marca un antes y un después, y a la cual el mismo Schreber se referirá a partir de ella, descripta en el capítulo XIII de su libro, como el momento de su anuncio, de su cambio, o más bien del cambio en el universo.

Las pruebas de ello estarán para el sujeto, hasta el fin de su vida, fijadas en su cuerpo, y a él recurrirá al final del libro dirigiéndose a la comunidad científica haciendo un llamado a que se verifiquen en su organismo las pruebas de la verdad de su percepción.

Abandonándose a la voluptuosidad que Schreber llama femenina, acostado en su cama de hospital, lo invade un placer que no es genital, que se produce al atraer a los rayos divinos hacia su cuerpo, y que se origina en los nervios que como hilos recorren su cuerpo bajo la superficie de su piel, lo cual es perceptible por el sujeto al tacto.

Intenta a través de esta percepción de los nervios dotar de objetividad científica a su percepción corporal y a su teoría de los nervios de la voluptuosidad femenina.

Es difícil cernir en la descripción que hace Schreber de su goce particular una erótica definida. Su lenguaje fundamental realiza un mix celestial y corporal indisoluble, que funda, como expresamos, toda su teoría del orden cósmico. Es, en realidad, su teoría del goce la que funda su mundo y lo hace renacer como tal, luego de su sepultamiento y reducción a lo imaginario en el acmé de su catatonía, que se ha llamado muerte del sujeto.

He dicho que no se trata de una erótica, ya que no se trata de un saber que se ejerce a los fines de la producción de goce, ya que más bien parece producirse de un modo pasivo y sin acción efectivamente ejercida por el sujeto, aunque ello no excluye que se trate de un mecanismo complejo el requerido para que el goce, que se obtiene con la cercanía o atracción de los rayos divinos y de Dios, se instale en su cuerpo bajo la forma de la voluptuosidad del alma.

Este goce de la bienaventuranza, que también implica la penetración de Dios en su interior, implica un placer para el cual el cuerpo, el alma, el pensamiento, la vida, la muerte, lo visible, lo sobrenatural, se ubican todos en un mismo eje, realizando un compuesto de gran complejidad.

Que goce?
De que goce se trata cuando se habla del cuerpo schreberiano? Por lo menos dos características nos ponen sobre una pista orientada.

Se trata de un goce continuo, que no cesa de escribirse en tanto exigencia y garantía de la no retirada de Dios. Aunque este requisito es imposible en sí mismo –la continuidad absoluta del goce– la orientación exigida por Dios es la de su continuidad, y a ello se aboca el sujeto cada vez. Aquí Schreber diferencia el goce masculino, discontinuo, y más elevado en espiritualidad, del goce propiamente femenino, dotado de continuidad en el tiempo. No será difícil observar que lo que se denomina goce masculino discontinuo se corresponde con la propiedad discontinua del significante, y del orden fálico, sometido a fragmentaciones, discontinuidades, y cortes temporales.

Una segunda característica de este goce es la extensión deslocalizada a todo el cuerpo. Scherber reconoce que la voluptuosidad masculina se asienta en los genitales y proximidades, mientras que lo que a él le ocurre se extiende a todo su cuerpo. Su sensación no es de localización puntual del goce, lo cual correspondería al goce fálico, sino que este goce rodea al goce fálico sin dejarse concentrar ni tocar siquiera por él.

Lo característico schreberiano es el empalme que hace de su goce a toda la construcción sintomática que le da un sentido, donde no lo había antes, o donde antes estaba contenida la amenaza forclusiva a su virilidad.

La psicosis de Schreber nos autoriza a colocarla del lado derecho de las fórmulas de la sexuación?

Parece una pregunta lícita, ya que Schreber niega el goce fálico y trata de constituir un cuerpo a medida de su goce continuo, deslocalizado y extendido a todo el cuerpo. La temática de la comunión con Dios, su vocación semi mística, la feminización, el énfasis en un tipo de goce que se encuentra más allá de todo tipo de identificación, más allá del orden simbólico, parece indicar la pertinencia de la pregunta. La existencia de un goce que se presenta como un signo de lo real, sin articulación significante, va en el mismo sentido.

Sin embargo, la opinión negativa surge del hecho de que Schreber hace existir a La mujer, esta no está tachada con el no todo que preside las fórmulas del lado derecho. En lugar de disolver el Uno unificante del lado macho de las fórmulas, se dirige a reconstituirlo de modo delirante, sin el recurso a la significación fálica.

Su delirio toma la forma de un complemento, su posición final de convertirse en la mujer de Dios, es decir, la que arreglaría el desorden que le cabe a Dios mismo, que lo sacaría de su realidad de Otro barrado, no conocedor de la realidad vital de los hombres, no omnisciente, para reconstituir al Otro completo en el orden cósmico, gracias al tapón de su propio cuerpo feminizado.

Ese ha sido el sentido del trabajo delirante, el cual se realiza a medida que avanza la confección de su texto. Es decir, su escritura va definiendo un orden que anuda goce, simbólico, e imagen del cuerpo. Freud lo afirma: “Por oposición a este quehacer de la fantasía de emasculación, el enfermo nunca emprendió otra cosa para el reconocimiento de su misión de redentor que, justamente, la publicación de sus Memorias”.

El goce femenino en cambio se presenta como suplemento, no sirviendo a los fines de la unificación, sino que se presenta como algo en más con respecto al orden fálico, señalando a un más allá que también es un punto de falta.

Un cuerpo nuevo, y un anudamiento muy particular
Se ha producido un anudamiento entre tres elementos, la imagen de mujer con la que finaliza su proceso imaginario, el correlato simbólico de su conexión al Otro divino al cual atrae y el cual le provee la bienaventuranza, y lo real de su goce deslocalizado. Esta es la clave del autotratamiento exitoso de Schreber, y que dura años, hasta que una enfermedad clínica de su esposa lo vuelve a desestabilizar.

Lo que ha permitido la producción de su delirio, en un sentido pragmático, es el aprovechamiento de la equivocidad de la lengua, la cual es usada a los fines de conseguir el inicio de la estabilización. El sujeto se coloca en el centro de un universo en construcción.

El criterio de empalme es usado por Lacan en el Seminario 23, como unión de lo simbólico con el goce, obteniéndose un anudamiento original en ausencia del Nombre del Padre. Esta construcción es solidaria y homogénea con el trabajo de delirio, término con el cual Freud emparenta el trabajo de sueño en la neurosis con la construcción delirante de la psicosis. El trabajo de delirio utiliza para su arquitectura elementos sueltos que la lengua ofrece como vías facilitadoras.

Cual es el sentido final, orientador del trabajo delirante? Propender la reconstitución del orden cósmico, la restitución de la armonía perdida en el momento del desencadenamiento, cuando la intrusión de la idea monstruosa de su transformación en mujer lo precipitaba en la enfermedad. Esta nueva armonía podría representar en el caso Schreber como cuarto nudo que mantiene a los tres registros juntos, durante cierto tiempo, mientras las condiciones se mantuvieron sin variación.

Una vez que el empalme se ha producido, montado sobre la equivocidad significante, una vez que el goce está articulado a lo simbólico, el sujeto puede reencontrar aquella idea originaria –en un principio injuriante– de la transformación en mujer, pero que al final del proceso es pacificadora. Anudada convenientemente, ofreciendo retoques en su imagen corporal para adecuarla a los fines del delirio, esta idea será conductora.

Se podría aseverar que el sujeto tiene un cuerpo nuevo una vez terminada la filigrana delirante? Suponemos la afirmativa, y más aún, el sujeto tiene un cuerpo asegurado por un anudamiento de los tres registros, donde ser la mujer de Dios y así propender al restablecimiento del orden cósmico hace de lazo entre los tres como cuarto necesario y no contingente. Este cuerpo cumple la función que Lacan le atribuye sobre el final de su enseñanza, la de mantener todo junto, piel que retiene los órganos, bolsa o trapo que impide la fragmentación.

Su construcción tiene la característica insistencia y recurrencia de la necesariedad sintomática, que no cesa de escribirse para él, y que resulta a la postre más fuerte que todos los sentidos proporcionados por la utilidad social, por los parámetros culturales, incluso los religiosos. El sujeto debió hacer ese trabajo en ausencia de un padre que asegurase un lazo entre real y sentido, entre goce y significación fálica.

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