domingo, 29 de janeiro de 2012

“Lo que la evaluación silencia. Un caso urgente: el autismo”, celebrado en Barcelona el 19 de junio de 2010. Margarita Álvarez (Barcelona)

El pasado sábado 19 de junio tuvo lugar en el auditorium del World Trade Center de Barcelona este foro promovido por la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis que contó con los auspicios de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, el Instituto del Campo freudiano en España, el Campo freudiano en Bélgica, Francia e Italia y el apoyo de otras instituciones públicas y privadas. La particular ubicación del WTC entre la ciudad y el mar, en los extramuros de la antigua ciudad romana, lugar de celebración de los primeros foros –la palabra deriva de “fuera” de las murallas-, puede servirnos como metáfora para situar este acto de salir de nuestras sedes, de movernos de nuestros asentamientos para construir un espacio nuevo, un espacio para la palabra en la ciudad.
Hay solidaridad entre la construcción misma de este espacio y el tema de este forum: “Lo que la evaluación silencia. Un caso urgente: el autismo”. Es necesario proveer las condiciones para producir, garantizar la dimensión subjetiva, para que el sujeto pueda tomar la palabra.
La convocatoria tuvo una amplia resonancia que se materializó en cerca de 550 inscripciones y casi 50 intervenciones. Hay que agradecer especialmente la cuidadosa labor de la Comisión de organización tanto en la difusión realizada como en la selección de las intervenciones y el ordenamiento de las secuencias de presentación. Estuvo formada por Begoña Ansorena, Neus Carbonell, José Castillo, Elizabeth Escayola (coordinadora), Pilar Foz, Gradiva Reiter, Iván Ruiz y José Ramón Ubieto.
Hilvanadas en siete secuencias, y bajo el excelente poster con ilustración de "El Roto", estas intervenciones fueron a la vez diversas y únicas. Cada una de ellas fue abordando algún aspecto de la ideología de la evaluación, de sus significantes-amo, su voluntad de borramiento de la causa, y de dominio y adiestramiento del sujeto, en nombre de principios y teorías falsamente científicas. Todas, además, llevaban la marca de la particularidad subjetiva de quien hablaba y demostraron que tomar la palabra implica movilizar la dimensión del deseo, jugarse algo, y cuando eso sucede tiene efectos, para uno mismo y para los otros. Estos efectos hicieron que este foro pasara de ser un claro éxito a ser todo un acontecimiento. Durante más de nueve horas apenas nadie se movió, todos los participantes permanecimos absolutamente atentos a lo que se decía.`
Trataré seguidamente de reseñar brevemente aquellos puntos que me resultaron más interesantes:

Lucía D’Angelo, presidenta de la ELP, inauguró el foro dando la bienvenida a todos los participantes y dando las gracias a todas aquellas instituciones que apoyaron públicamente su celebración.

A continuación, Judith Miller, presidenta de la Fundación del Campo Freudiano situó el foro como una apuesta de poder escapar a la barbarie cuyo régimen de evaluación nos amenaza. Frente a la barbarie de una civilización que quiere cerrar las puertas a cualquier manifestación de la singularidad de los seres hablantes, hay una elección de civilización. No tenemos otra posibilidad que apostar –concluyó citando a Pascual-, esto no es voluntario, ¡estamos embarcados!
Tras el acto de apertura se sucedieron las distintas intervenciones, breves, concisas y variadas. Como señalé antes, cerca de cincuenta personas –sin contar las que intervinieron en el debate- tomaron la palabra para decir algo de sí mismas o de un hijo, de una viñeta clínica, para señalar un punto, hacer una observación; para hablar de lo que no marcha en la psicología, la medicina, la universidad, la sociedad; para situar lo que no responde al amo; para decir algo de las dificultades de hacer frente a esta ideología de la evaluación que, bajo una supuesta neutralidad, ataca, elimina con ferocidad la dimensión subjetiva; también para dar cuenta de respuestas particulares o colectivas, como ha sido, entre otras, este mismo foro. Brillaron los contenidos pero sobre todo brilló la enunciación.
I. "El riesgo de la civilización: negar la dimensión subjetiva"

José Ramón Ubieto, psicoanalista, abrió esta primera secuencia planteando que la psicología ha tratado de encontrar la cifra del sujeto, pero el sujeto no es evaluable, incluye siempre una opacidad –incluso para sí mismo. El cientificismo actual niega esa opacidad y vela, tras el sintagma “evidencia científica”, su voluntad de dominio y adiestramiento del sujeto. Para el psicoanálisis, por el contrario, se trata siempre de obtener su consentimiento.
José Andrés Torres Mora, diputado al Congreso por Málaga (grupo parlamentario socialista) y profesor de Sociología en la UCM, planteó que tanto el campo psi como el campo político se hallan ahora ante el desafío de una ideología que quiere sustituir las palabras por los números. Creen que los números no mienten, pero eso sólo es verdad –añadió- en tanto no dicen nada. Los números no mienten pero sí aquellos que los usan y se sirven de ellos para construir burdas interpretaciones.
La crisis actual causa incertidumbre, inseguridad y da sensación de desprotección por lo que hay quienes piensan que los políticos deberían callarse para que la élite económica tomara el poder político. Pero hay que aprender a vivir en la contingencia y soportar la decepción. Se trata de hablar, dialogar, plantear estrategias. Los problemas políticos no tienen soluciones tecnocráticas sino políticas. Y esto implica más algo del orden de una apuesta que de una solución matemática.
La escritora Lolita Bosch habló de la necesidad y la dificultad de construir la subjetividad del personaje literario. No puede recurrirse a generalidades o arquetipos para ello: es su unicidad la que nos permite contactar con él, la que nos dice algo de la nuestra.
El psicoanalista Jorge Alemán planteó tres puntos:
1. La evaluación no guarda relación con la ciencia sino con la técnica –en el sentido heideggeriano. La ciencia mantiene una relación con la dimensión de lo imposible, mientras que la técnica la rechaza.
2. La técnica es correlativa de la evaluación pero también de la subjetividad, que no rechaza sino que convierte en espectáculo. Es necesario entonces distinguir entre el sujeto y la subjetividad: evaluación y subjetividad pertenecen al mismo mundo en tanto equivalencia de las mercancías; por el contrario el sujeto es singular, no se puede sustituir.
3) También es necesario distinguir entre la política y lo político. La política tiene que ver con la circulación infinita de la mercancía donde todo se vuelve equivalente. Lo político es lo que surge de la dislocación de la causa. Sólo hay instante de lo político cuando la contabilidad de la política no entra en juego. La política debería mirar al psicoanálisis, terminó diciendo, como la última perspectiva del siglo XXI que mantiene con el saber y la causa una relación no técnica.
II. "Un claro ejemplo de la subjetividad en juego: el autismo"

Elizabeth Escayola señaló que el sujeto autista se defiende de lo más propio del Otro: la voz y la mirada. En relación a la primera, que constituyó un punto común a todas las intervenciones de esta secuencia, añadió que la voz implica soltar algo y no recuperarlo.
Mercè Managuerra, actriz y profesora de interpretación del Institut del Teatre de Barcelona, leyó su propia traducción al castellano de un conocido poema de Lluís Solà: “Cuando ya no tengas más palabras, / habla, comienza el sonido / no pares, inventa la palabra / excava dentro de las sílabas (…) excava, comienza de nuevo /la lengua comenzada, no vaciles /no te pares, escribe la letra nueva…” (L. Solà, “Poema nº 1”. En: Entre bellesa i dolor).
Josep Mària Panés planteó que en el autismo encontraríamos una modalidad particular de la forclusión y del retorno de goce, donde la defensa fuerza la exclusión de la voz en una doble dimensión: en tanto soporte de la enunciación y en tanto experiencia de goce.

Gracia Viscasillas presentó una interesante viñeta clínica que ilustró cómo una intervención con un sujeto autista permitió que éste pasara del ruido al grito y, unos meses después, comenzara a usar las palabras. Al respecto, Elizabeth Escayola apuntó que antes de la palabra no hay el silencio sino el rasgo, el grito.
Ermel Morales, profesor de interpretación textual de la Escuela Superior de Arte Dramático de Galicia, explicó una experiencia teatral con adultos diagnosticados de trastorno del espectro autista en la que los guiones se reescriben en la medida que los participantes pueden ponerles sus propias palabras. “Los cuentos se escriben pero si al contarlos se reescriben –precisó- se cuentan mejor”.
III. "La ciencia, el método científico y sus límites"

Manuel Fernández Blanco señaló que la evaluación, la cifra, el conductismo se han convertido en el discurso común. Cuando hablamos de eficacia, de eficiencia, de autoestima -significantes amo de nuestra época- hablamos conductismo sin saberlo. Este discurso contamina todas las practicas –sociales, políticas, educativas, sanitarias y nos vuelve un poco más tontos de lo real.
A continuación, Javier Peteiro, Jefe de la Sección de Bioquímica y Laboratorio de Alergia del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña partió en su intervención de que no todo es accesible a la ciencia ni todo lo que se llama ciencia lo es. Seguidamente clasificó las distintas teorías existentes del autismo como científicas, pseudocientíficas o cientificistas.
Si bien la ciencia puede aportar datos interesantes sobre los correlatos genéticos y neuropatológicos del autismo –señaló-, hay escasas teorías científicas por lo que, en ausencia de un conocimiento básico, no es posible desarrollar un tratamiento científico eficaz. Respecto a las teorías pseudocientíficas, advirtió de su peligrosidad. Y en relación a las corrientes del cientificismo conductista y la medicina basada en la evidencia coincidió con el psicoanálisis en que anulan al sujeto. Por último señaló que la ciencia no es suficiente ni para comprender el autismo ni, en general, al ser humano. Además –afirmó-, una teoría del ser humano puede ser verdad sin que sea científica.
Manuel Fernández Blanco informó de que el próximo otoño Miguel Gómez editores publicará un libro de Peteiro cuyo título será: El autoritarismo científico.
Laia Torrent, bióloga molecular y estudiante de doctorado en neurociencias, explicó cómo se aplica el método científico en investigaciones genéticas. La competencia feroz que hay entre los investigadores, los distintos equipos, hace que solo se publiquen los resultados positivos y no los negativos.
Cristian Stephanoto, investigador en neurociencias mostró su preocupación porque los sistemas de validación científicos padezcan de cierta falta de rigor. E insistió en que la producción de conocimiento científico no está en absoluto exenta de arbitrariedad y parcialidad.
El psicoanalista Juan Pundik subrayó que la medicalización de la infancia es un problema político de primer orden que requiere una respuesta política. El poder está en manos del neoliberalismo, una concepción ideológica económica para la que no hay naciones, ni sociedades, ni culturas, ni sujetos. Solo existe el mercado.
El psicoanalista Guy Briole planteó la no adecuación entre los progresos de la ciencia y de la humanidad. En el ritmo acelerado actual, y sin que exista un debate ciudadano, “es la ciencia la que dirige el baile”. Se pretende remodelar la sociedad, y a los hombres que forman parte de ella, a partir de progresos científicos considerados a partir de criterios de rentabilidad. Se hace creer que el goce de los objetos de consumo vale como proyecto de vida de un hombre deseante. El médico actual, al acentuar la vertiente científica en detrimento de su dimensión humanista está atrapado en dicho movimiento.
La psiquiatría –señaló-, arrastra consigo dos significantes de los que le cuesta separarse: el poder y la disciplina. Por eso frecuentemente la encontramos aliada con el poder político, interesado en el orden y la disciplina. La ética del psiquiatra moderno es bio-disciplinar.
IV. "Las palabras de los padres"
En esta secuencia intervinieron Miguel Gallardo, Mar Calado, Ana Laura Castro, Sagrario Rojas, Menchu Ruiz. Si bien todos los testimonios tuvieron un valor especial, voy a retomar aquí solo algunos de ellos.

Miguel Gallardo, dibujante e ilustrador, habló de su experiencia con las particularidades de su hija a lo largo de los años y nos habló de su libro “María y yo”, producto de ella, que ha sido trasladado recientemente al cine por Félix Fernández de Castro y estará pronto en las pantallas.
Mar Calado nos presentó la nueva asociación TEAdir, de la que es vicepresidenta y que agrupa a padres y familias de pacientes con trastorno del espectro autista, que creen que el tratamiento ha de tener en cuenta la subjetividad del niño y reclaman su derecho a elegir el tipo de tratamiento que consideren más conveniente para abordar las diferencias de sus hijos.
Ana Laura Castro testimonió de cómo un significante-amo le había impedido durante un tiempo conectar con su hija. Finalmente comprendió que tenía que acallar sus exigencias, silenciar su interior para poder percibir a su hija.
V y VI. “El tratamiento del autismo” y “El tratamiento del autismo entre varios profesionales”

A lo largo de estas dos secuencias, pudimos escuchar algunas viñetas y reflexiones clínicas muy interesantes de los psicoanalistas
Begoña Ansorena, Martín Egge y Gradiva Reiter.

Begoña Ansorena presentó una viñeta clínica que situaba claramente cómo el establecimiento de un diálogo con el autista requiere previamente la extracción de un objeto.

Gradiva Reiter, por su parte, presentó otra viñeta que ilustraba con claridad cómo la inclusión de la diferencia, homogeneizándola con el resto, es decir, anulando lo que hay de más propio, el rasgo único, puede ser desolador.
También pudimos escuchar las intervenciones de distintos profesionales que trabajan en distintos dispositivos y desde distintas prácticas: las psicomotricistas
Estrella Masaveu y Yolanda Vives, el pedagogo Daniel de León, y los psicoanalistas Giusseppe Salzillo, Vilma Coccoz y Llúcia Viloca.
Los psicoanalistas Pilar Foz y Félix Rueda testimoniaron de su primer encuentro con la clínica del autismo a partir de sendos casos.

Pilar Foz señaló que la primera lección que aprendió es que el niño autista se defiende de los otros y vive en su propio cuerpo aquello que le viene de fuera sintiéndolo como intrusivo, por lo que hay que dejarse guiar por él.
Félix Rueda afirmó que querer borrar la dimensión de la trasferencia y su articulación con la subjetividad aplasta a los niños, a sus familias y a los que trabajan con ellos.
Vilma Coccoz denunció cómo la ideología de la evaluación trata de someter a los “anormales” –fuera de la norma- a sus dictados ciegos. Y recordó que Lacan hablaba de que existen infinitas formas de la adaptación.
Por su parte, la psicoanalista
Llúcia Viloca nos hizo conocer una entrevista que realizó a Ajuariguerra, en Suiza, el año 1971, donde este psiquiatra subraya la importancia esencial de la palabra, del diálogo con el paciente, en los tratamientos.
En relación a las distintas prácticas y dispositivos, Vicente Palomera señaló que el partenaire en todos los casos sigue siendo la palabra. Es importante estar atento a todo lo que puede hacer metáfora en esta clínica.
VII. El efecto de la evaluación en nuestra cultura”
Constantino Bertolo, editor de Caballo de Troya, advirtió de la importancia de dialogar con los textos, de escucharlos.
Mar Vila habló de su experiencia como residente de psiquiatría infanto-juvenil en el SLAM (South London and Maudsley Hospital) donde la labor administrativa deja cada vez menos tiempo a la clínica.
Nora Catelli, profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la UB, se refirió al problema de la evaluación y el control social en la universidad y situó dos problemas: por un lado, la minorización de los estudios universitarios y la reducción de la universidad al mundo de la empresa.
Sonia Arribas, profesora de la Universitat Pompeu i Fabra señaló que si la práctica de la evaluación en Humanidades es reciente sin embargo es una tendencia preponderante sobre todo por parte de las ciencias cognitivas. Se ataca la trasmisión de saber basada en la trasferencia. La relación alumno profesor queda sustituida por la de cliente-manager. La burbuja del conocimiento en la universidad será la próxima en estallar, vaticinó.
La psicoanalista Delia Steinmann, supervisora de equipo en el Hospital Regional de Rhône-Alpes (Francia), recordó que un ser humano nace del encuentro del viviente con la lengua y, por tanto, es único en su especie. Cada uno encarna su propia norma. Desde esta perspectiva una ciencia digna de ese nombre no colabora con ningún control de calidad de los seres humanos. El cálculo matemático tiene su límite en la subjetividad. La cifra no es un argumento para forjar un destino.
Por último, Luisa Casas, profesora de literatura en un instituto situado en un barrio poco privilegiado de Barcelona, explicó cómo ante las dificultades que encontró cuando llegó al centro decidió empezar una experiencia teatral con los alumnos que logró movilizarlos y empezar a interesarse por otras cosas. Esta experiencia prosigue en forma de una compañía de teatro estable que ha pasado del circuito amateur al profesional y ha obtenido numerosos premios.
Ideas perspectivas, conclusiones
Miquel Bassols se refirió al foro como un poliedro con muchas caras, que nos han permitido ver distintos rasgos y un vacío necesario. Lo que la evaluación no puede evaluar –señaló- es que somos un error y que solo en el mejor de los casos conseguimos hacer un buen síntoma.

En su conferencia final, "El espectro de los autistas y la construccion de los
bordes", Éric Laurent señaló que dar la palabra a los sujetos autistas produce una “desmasificación” de las identidades que se sitúan bajo la barra de dicho espectro. Vemos surgir entonces una heterogeneidad de sujetos.
Esta diversidad convoca, fascina como se pudo comprobar en el gran éxito de audiencia que tuvo la serie “Jóvenes, autistas y locos por la escena” (“Young, Autistic and Stagestruck”), que Canal 4 del Reino Unido emitió entre abril y mayo de este año. En ella, nueve jóvenes autistas trataban de producir una obra teatral.
La paradoja es que la remedicalización de la psiquiatría que se produjo durante los años setenta del pasado siglo sacó el autismo de la escena de la relación y lo convirtió en objetivo de las investigaciones que buscaban posibles alteraciones genéticas.
Sin embargo, el espectro de los autismos reúne una clínica tan variada que no puede resumirse en las categorías del DSM. En uno de los polos del espectro se puede situar el autismo, con trastorno de la comunicación, y en el otro, los trastornos bipolares, que presentan trastornos relacionales y afectivos. Varones y mujeres se reparten de manera distinta en relación a cada uno de estos polos: los primeros son diagnosticados de autismo cuatro veces más que las mujeres y estas últimas son diagnosticadas de trastorno bipolar tres veces más que los primeros.
El aumento espectacular de los casos de autismo es el resultado del aplastamiento de la clínica que implica la categorización de los DSM. Dentro de diez años, uno de cada cincuenta individuos será diagnosticado como autista.
Pero hay una resistencia a ser incluido en estas etiquetas. De hecho, el DSM V, cuya publicación está prevista para el año 2012, eliminará el trastorno de Asperger como categoría individual y conservará la categoría de trastorno del espectro autista.
El futuro del espectro de los autismos, difícil de mantener –señaló-, son los autistas mismos, la particularidad específica de cada uno de ellos en tanto sujetos. Hemos podido ver su diversidad en las viñetas clínicas que hemos escuchado y, asimismo, cómo los distintos terapeutas se dirigían a cada sujeto autista para producir efectos terapéuticos.
Si en la paranoia el sujeto sitúa el goce en un Otro de mala fe que lo persigue, y en la esquizofrenia, lo sitúa en el cuerpo y sus órganos, Éric Laurent propone situar el goce, en el autismo, en un borde.
El encapsulamiento autista permite tener un cuerpo: en lugar de la imagen, hay una cápsula que define el espacio de seguridad del autista, le da un límite protector frente a un Otro amenazante. En terapia, ese borde puede desplazarse, aflojarse constituyendo un espacio que no es ni del uno ni del otro, y donde puede producirse cierto intercambio con un Otro, que no es el Otro amenazador situado fuera del borde. Es un espacio de cierto juego.
El psicoanálisis es un espacio de juego: juego de la palabra en la neurosis, juego en la clínica con niños, juego de construcción de una lengua personal en la psicosis, juego de construcción de un borde en el autismo.
Todo vale para producir este borde, para obtener un efecto de resonancia, una satisfacción en el intercambio. Esto es distinto respecto a lo que vemos en las teorías del aprendizaje donde el objetivo está predefinido y, al cumplirlo, se obtiene una recompensa.
En la perspectiva del psicoanálisis no hay separación entre el saber y el placer que se obtiene en ese intercambio. Estamos en un juego tal que cualquier cognición constituye una satisfacción. Se trata de una práctica entre varios, pero no solo entre varios terapeutas, sino entre varios cuerpos. El cuerpo del terapeuta es utilizado como objeto. Él se hace causa de que pueda construirse un borde, ocupa ese lugar, incluso con su cuerpo.
Para construir este espacio es necesario, como ilustraron algunas viñetas, extraer un objeto. Entonces el ruido puede transformarse en grito. Hay que tener tacto. No hay que tener prisa porque la producción del sujeto requiere un tiempo que no puede medirse de manera lineal. Hay que respetar el silencio del niño y mantener el silencio del lado del terapeuta.
Seguidamente, Laurent retomó la cuestión de la mayor frecuencia de diagnósticos de autismo en los varones. ¿Cuál es la causa?, se preguntó. Respondió que Freud explicó a través de la distinta relación con el falo, la mayor frecuencia de la depresión en la mujer, relacionándola con la necesidad de amor y la respuesta ante la pérdida. Los sujetos autistas, por su parte, testimonian de la intolerancia a la falta. Si hay una mayor vulnerabilidad de los varones es porque son portadores del pene y la falta está forcluida.
Para finalizar, Laurent señaló que la experiencia de este foro ha sido excepcional para ver cómo salir de cierta tiranía populista del silencio. Pero hay que seguir, lo que hizo resonar el poema de Lluís Solà leído por Mercè Managuerra, cuyo últimos versos leyó a continuación: “Por las escaleras del silencio, no pares (…) habla, no pares, anuncia la palabra”. Esto es lo que intentamos hacer con el espectro de los sujetos autistas, concluyó.
En la clausura del foro,

Carmen Cuñat subrayó que hacer un foro implica subvertir las inercias institucionales de los otros, pero también las nuestras.

Elizabeth Escayola, por su parte, agradeció las intervenciones, la participación de todos y tuvo, asimismo, unas palabras de reconocimiento también para los niños autistas que nos permitieron reunirnos y trabajar juntos. Haciendo lazo así, habrá otros foros, concluyó.

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“Un dormir sin sueño”

Luis Miguel Carrión (Barcelona)

Para la tercera reunión del Grupo de investigación de Toxicomanías y Alcoholismo invitamos a Miquel Bassols a que presentara un trabajo que tuviera como marco los dos ejes de trabajo que nos hemos dado para este curso 2009-2010: por un lado, develar algo de la lógica de nuestra época caracterizada por el capitalismo global y, por el otro, que tuviera en cuenta “lo cotidiano de las vidas atravesadas por los nombres más diversos de las adicciones”. No defraudó Miquel Bassols y nos aportó una elaboración bajo un título sugerente “Un dormir sin sueño” . Título extraído, dijo, a partir de una frase atribuida a Napoleón: “La muerte es un dormir sin sueños, y tal vez sin despertar”, (en castellano se pierde la diferencia que hay en francés entre sommeil y rêves) y retomada por Freud evocando a Hipnos y Tánatos como dos hermanos gemelos en la mitología griega.
Perder la consciencia
Miquel abordó la cuestión de la toxicomanía y del consumo en general por una vertiente diferente a la que estamos acostumbrados, a saber, en lugar de privilegiar el objeto y tomarlo por la vía del goce, del imperativo del superyó, de la pulsión, tomó las adicciones por el lado del Sujeto, por un lado no tan explorado: el de la “pérdida de consciencia” como forma del sujeto del goce.
Esta vertiente de las adicciones siempre ha existido, pero ahora parece -resaltó Miquel Bassols- convertirse en un factor generalizado de las formas de consumo del sujeto mismo: la cognición como un nuevo nombre en la ciencia de la consciencia infatuada de sí mismo, un nuevo semblante, S1, distinto al sujeto mismo del significante, del inconsciente.
Partiendo de una constatación clínica, destacó la persistencia en varios casos de la función del tóxico en su función “perder la consciencia”, “no recordar nada”, “no saber lo que hacía”, “desconectar”… Un consumir “para soportar la existencia”, “para olvidar”, a veces directamente “para acabar mis días de la mejor manera”. Todos ellos serían usos diversos de la droga para borrar la división del sujeto ($). Frecuentemente “para no pensar más”, “no pensar” que no tiene la misma lógica sea en el pensamiento obsesivo, sea en el pensamiento impuesto del psicótico.
La droga como dormir sin sueño apunta además a la función de los hipnóticos; por otro lado un sueño sin dormir implicaría más la función de los alucinógenos y, tal vez, no tanto las modernas drogas de diseño. En todos estos casos lo que se pone en juego es seguir durmiendo en la realidad sin hacerse cargo de los efectos del lenguaje sobre el sujeto, de la causa introducida en el sujeto, tal como señala Lacan en Posición del inconsciente (Pág. 814): “el efecto de lenguaje es la causa introducida en el sujeto”.
El tóxico generalizado de nuestra época, subrayó M. Bassols, nos permite “dormir sin sueño”, ideal del insomne que no consiente a la intermitencia de la consciencia donde el tóxico hipnótico viene al lugar del objeto exterior que tapona esta intermitencia. También nos permite “dormir sin soñar”, sin inconsciente, incluso y sobre todo, sin sujeto, sin hacerse cargo de los efectos del propio inconsciente.
Tomó la referencia de Lacan en el Seminario XI de “el despertar como una forma de seguir durmiendo en la realidad”, siendo éste el estado “normal” del sujeto de la supuesta consciencia. En el uso del tóxico lo que hay es un error de cálculo: suponer que se puede escapar a los efectos del lenguaje; y un ideal de su uso: dormir sin saber, sin ya enterarse, librarse de los efectos del inconsciente.
En este punto citó la entrevista que le hicieron a Judith Miller en Buenos Aires en el mes de noviembre de 2009 donde comentaba los efectos futuros del Ritalin® sobre los niños (http://www.elp-debates.com/prensa/cuando_se_echa_al-sintoma_Judith_Miller.pdf). Este ideal encuentra su paradoja cuando el uso del tóxico conduce a un encuentro con lo real imposible de simbolizar, un despertar imposible de soportar con sus efectos de angustia, desencadenamiento…
A continuación, retomó la ya clásica cita de Lacan en La clausura de las Jornadas sobre los carteles de 1975, “la droga es lo que permite romper el matrimonio con el pequeño pipí” y la desarrolló bajo tres aspectos: el primero del lado del sujeto que encarna ese goce fálico en otro objeto fuera del cuerpo, incluso fuera de la sexualidad, para, de esta manera, evitar la castración. Un goce autoerótico que evita pasar por la castración. El segundo del lado del falo como proveedor de una significación fálica que es también significación del Yo (Yo como superficie corporal, como consciencia); y el tercero, el falo como proveedor de los límites del cuerpo, de la unidad corporal. Diferenciando que en la neurosis obsesiva el tóxico funcionaría como la búsqueda de ese límite en un objeto fuera del cuerpo, mientras que en la psicosis la introducción del tóxico en el cuerpo, se situaría como búsqueda de un límite cuando el semblante del falo no funciona como tal.
Señaló, seguidamente, la equivalencia entre el toxicómano y el insomne: los dos evitan consentir a la división del sujeto que supone la intermitencia, a la discontinuidad de la consciencia, a evitar el índice subjetivo del cuerpo como límite, tal como lo encontramos también en el uso del doping (A. Stevens, Nuevos síntomas en la adolescencia, Rosario http://www.unl.edu.ar/eol/art_4.htm), donde, en esta práctica, se trata de anular los signos en el cuerpo de esa intermitencia, de ese límite del cuerpo.
El deportista de alta competición da cuenta, a veces, de esa experiencia de ir más allá de los límites del cuerpo (en el agotamiento, en la experiencia de velocidad). Son posiciones de borramiento de los límites del cuerpo y de la consciencia a partir de una experiencia de goce, cortocircuitar la división del sujeto ante el goce con un objeto que provea “otro goce”. Todos ellos modos de goce que evitan hacerse cargo de los efectos del inconsciente (del sueño mismo como formación del inconsciente), también modos de sutura de la división como defensa frente al goce.
La toxicomanía ofrece al sujeto una modalidad de “sujeto del goce”, con una localización de este goce fuera del cuerpo, en otro lugar que en la significación fálica, en un objeto con el que puede fijar una relación de “dependencia”. Lo que se busca en el tóxico por la vía del principio del placer es la muerte, la muerte también del síntoma como signo de un real que no es subsumible en el principio del placer, por lo que propone Miquel Bassols una variación del famoso sintagma de Freud: Allí donde Ello era (la pulsión), Yo llego a ser su objeto consumido (el del objeto tóxico). Este horizonte ideal, mortífero, coincide con la promesa de un discurso político en la sociedad del bienestar, fundado en la identidad de un Yo sin sujeto, que es finalmente lo mismo que un dormir sin sueño o, paradójicamente, un sujeto sin las intermitencias de la consciencia.
Dos breves referencias clínicas
En un segundo tiempo Miquel Bassols presentó dos viñetas clínicas. La primera, un caso de histeria con un fondo melancólico con ingestas de alcohol periódicas en fines de semana hasta perder la consciencia, con pasajes al acto de acceder a tener relaciones sexuales con el primero que encontraba y también del lado de la pulsión oral: ingestas de galletas y productos de harina que provocaban que engordara y adelgazara 10 kilos en meses. Bebía “para permitirme ausentarme de mí misma, tomarme unas pequeñas vacaciones de mí misma cada tanto”. Un dejar de pensar junto con la decisión “consciente” de perder la consciencia; perder el Yo; el Yo en el lugar del objeto perdido. Señaló Bassols cómo la paciente utiliza el Yo-consciencia como el carretel del juego del fort/da: aparecer/desaparecer para el Otro del deseo.
Una segunda referencia clínica, éste un varón cuyo diagnóstico correspondería a una psicosis “ordinaria” con pasajes al acto de “hacerse pegar”. En este caso no hay decisión de beber para ausentarse, ni decisión de pasar un límite sino una suerte de metonimia etílica (hipnótica) combinada con la cocaína que funciona como estimulante. Esta operación trata más bien de acallar el cuerpo (no los pensamientos). Sin embargo, tiene un efecto exactamente inverso: no deviene un pasaje al acto violento sino un hacerse pegar para, en este caso, acallar el cuerpo. Aquí no se trata tanto del Yo como consciencia sino del Yo como superficie corporal que viene al lugar del objeto.
En ambos casos, remarcó, se trata de un ausentarse: en el primer caso más del pensamiento consciente, en el segundo más del cuerpo, “dormir sin pensamiento” y “dormir sin cuerpo” respectivamente. No obstante, tienen en común que tanto el pensamiento consciente como el cuerpo vienen al lugar de un objeto, incluso en función de objeto.
Consumidor como objeto de consumo
En el último punto de su presentación M. Bassols puso en relación la lógica de la adicción con lo que Z. Bauman señala en su libro Vida de consumo (Ed. Fondo de Cultura de Económica, 2007). Para ello tomó tres referencias del autor: la primera con relación a la transformación del consumidor en objeto de consumo. El sujeto convertido en objeto del goce del Otro: “En la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto, y nadie puede preservar su carácter de sujeto si no se ocupa de resucitar, revivir y realimentar a perpetuidad en sí mismo cualidades y habilidades que se exigen a todo producto de consumo” (Z. Bauman, op. cit. p. 25). No es sólo que el sujeto se convierte en objeto, es que para ser sujeto hay que tornarse en producto, ser producto es condición de la subjetividad (aà$). No están lejos los ecos de la afirmación de J. Lacan: “el ascenso al cenit social del objeto a”.
La segunda el “fetichismo de la subjetividad”, tanto en relación con la mercancía como objeto de consumo como con relación a la persona como fetiche de un nuevo goce en las adicciones consumistas. Bauman hablará del “fetichismo de la subjetividad, que se ocupa de ocultar esta realidad transformada en mercancía tan característica de la sociedad de consumidores” (p.28, op. cit)
Y la tercera y última “el tiempo puntillista” en oposición al tiempo lineal y cíclico. El tiempo discontinuo, puntual de la consciencia que se desvanece, sin continuidad. Hay un efecto de transformación de la experiencia del tiempo del sujeto, se trata de una renegociación del significado del tiempo (p.51-52, op. cit.). Este tiempo pulverizado como ideal del adicto, es la “vida ahorista” del adicto a lo fugaz e instantáneo, esto no es sólo una posición de goce, es una elección de hacer de la objetalización una condición de la subjetividad.
Concluyó Bassols con una hipótesis: La adicción generalizada como un “dormir sin sueño” (que limita en la pulsión de muerte) es un producto él mismo y una objeción a la reducción del sujeto a lo cognitivo, reducción que Bauman denomina “fetichismo de la subjetividad”.
* GRUPO DE INVESTIGACIÓN EN TOXICOMANÍAS Y ALCOHOLISMO
Vidas de consumo
Responsables: Luis Miguel Carrión, Eugenio Díaz, Horacio Dobry
* Calendario: 17 de febrero, 17 de marzo, 21 de abril, 19 de mayo, 16 de junio
* Horario: 19h30
* Inscripción: Se requiere inscripción para participar (80€ anuales), libre para inscritos en actividades de la SCB.

http://www.blogelp.com/index.php/cronica_un_dormir_sin_sueno_luis_miguel_

segunda-feira, 9 de janeiro de 2012

Las Memorias de Schreber

El cuerpo.

Las Memorias de Schreber: Un tratado sobre el cuerpo
por José Ioskyn

Así quizás debería llevar como subtítulo este libro, único como referencia de la psicosis, y único también como ejemplo princeps de cómo se ve afectado el cuerpo en tanto el sujeto resulta efecto de lenguaje, y asimismo de cómo el cuerpo bien puede ser un artificio que se desarma y se vuelve a armar, que se puede tener y con el cual también pueden aflojarse los lazos.

Ya desde su mismo inicio, en su primera frase: “El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo”, hasta la sutileza que le sigue sobre su concepción de los nervios, “comparables a dibujos de damasco de incomparable finura”, siguiendo por su contundente afirmación: “de cuya excitabilidad (de los nervios) por los influjos externos depende toda la vida espiritual del hombre”, encontramos allí la base de todo su sistema de ideas, así como a un Schreber eminentemente lacaniano y anti cartesiano: el alma está del lado del cuerpo, renunciando a toda polaridad antinómica entre materia y espíritu.

Es en esta línea que intentamos descifrar el sintagma lacaniano que define al síntoma en tanto acontecimiento del cuerpo.

Y en esta línea, la producción de un cuerpo de mujer como ejemplo de solución psicótica a la ausencia del cuerpo que provee el ordenamiento del nombre del padre.

El empuje a la mujer, como concepto doctrinario, constituyó un avance frente a la hipótesis freudiana que explicaba la causalidad psicótica como defensa frente a una pulsión homosexual inconciente.

Ya desde el vamos, la postura lacaniana no tenía a la emasculación como causa sino como respuesta válida, como solución que el sujeto inventaba.

El punto de vista que propongo es el del autotratamiento de Daniel Paul Schreber, el de tomar el proceso descripto en las Memorias de un neurópata como modelo autocurativo. Donde, de modo eminente, el tratamiento de su cuerpo ha tenido un lugar fundamental. Propongo entonces como hipótesis bucear en ese texto teniendo como mira el hacerse un cuerpo, un cuerpo femenino, como clave fundamental, como argumento oculto. Hacerse un cuerpo de mujer es lo que permite a Schreber reinventarse como sujeto, frente a la fragmentación, a la efracción de la estructura y a la disolución angustiosa en un mundo sin referencias.

Los milagros del cuerpo
La sede de la acción de los rayos divinos, de las almas, y de todo el mundo sobrenatural –incluído Dios mismo– que acciona sobre Schreber, es su propio cuerpo. “Desde el comienzo mismo de mi vinculación con Dios hasta el día de hoy, mi cuerpo ha sido incesantemente objeto de milagros divinos. Si quisiera describir en detalle todos esos milagros, podría llenar con ellos solos un libro entero. Puedo decir que no existe casi un solo miembro u órgano de mi cuerpo que no haya sido transitoriamente dañado por algún milagro, ni un solo músculo que no haya sido tironeado mediante un milagro para ser puesto en movimiento o paralizado.”

Estos milagros, estricta definición de los fenómenos elementales, tienen distinto carácter, en general, se distinguen por su orientación destructiva sobre el cuerpo, su intención de disolución, de entontecimiento mental, de parálisis y de invalidamiento. También los hay que tienen un carácter opuesto a estos, son los milagros de reconstitución, y que a medida que avanzan hacen que aquellos pierdan su efecto destructivo. Y que, finalmente, son orientados hacia la reconstitución final del cuerpo bajo una forma acorde con las sensaciones de bienestar, las cuales coinciden con el llamado por Schreber placer femenino.

La descripción de los fenómenos corporales es variopinta, y si bien se desarrollan a lo largo de todas las Memorias, se concentran particularmente en el Capítulo XI, subtitulado por el editor original de las Memorias como “Lesiones a la integridad corporal mediante milagros”.

Esta especie de fenómeno convoca la total convicción del sujeto, “ningún otro recuerdo de mi vida es para mí más seguro que los milagros referidos en este capítulo. ¿Qué puede haber más cierto para el hombre que lo que experimenta y siente en su propio cuerpo?”.

Casi todos los órganos del cuerpo son afectados por la acción de los rayos divinos que el sujeto sufre a lo largo de toda la enfermedad, pasivizándolo. Merced a la acción de estos rayos, que lo hacen objeto de efectos milagrosos en su contra, el cuerpo pierde su unidad, y consigue diseminarse. Por ejemplo, durante un tiempo el sujeto tuvo otro corazón, sus pulmones fueron atacados y estropeados, provocándole un terror indecible a perder su vida asfixiado. Sus huesos costales fueron destrozados transitoriamente, y luego vueltos a reconstituir, mientras su estómago fue reemplazado por otro de inferior calidad, lo cual le impidió disfrutar del placer de la comida. Las comidas y bebidas se desparramaban por el abdomen y fémures, disolviendo los límites internos del cuerpo. Asimismo, fueron disueltos la faringe y los intestinos, la laringe, y el cordón espermático, a fin de impedir la voluptuosidad genital. El abdomen sufría su putrefacción, mientras su cerebro y médula eran bombeados por hombrecillos hacia el exterior, provocando la temida idiotez o pérdida del intelecto, máximo temor padecido por Schreber. El cráneo fue trozado y pulverizado; en su cabeza de difundían los alimentos ingeridos, así como una grieta profunda se abría en su cabeza de adentro hacia fuera, por lo cual requería por parte de los hombrecillos su recomposición con una máquina de compresión, que terminaba dándole un aspecto oblongo a la misma.

Con el tiempo, los milagros ejercidos sobre su cuerpo fueron cayendo en un sentimiento de indiferencia, casi un desapego de su cuerpo, ya que los rayos que lo atacaban, se ocupaban de alguna manera de reconstituirlo.

La explicación schreberiana no se limita a los fenómenos padecidos, lo inmediatamente percibido por él se inserta en un mundo que se extiende a todo el cosmos, donde Dios siente como amenaza la atracción ejercida por el sujeto y amenaza retirarse. Este retiro divino altera el orden cósmico, instancia superior a la entidad divina. El orden cósmico, reina por sobre todas las cosas, incluso sobre la mala fe de Dios y de las almas impuras que lo circundan. Este orden determina la retracción de sus genitales, modificando su estatura y adaptándola a un tamaño menor, femenino, eliminando asimismo la barba y el bigote.

Todo este proceso se orienta a que el cuerpo obtenido al final resulte acorde con la voluptuosidad femenina que progresivamente fue invadiendolo.

La articulación del tipo de cuerpo con el tipo de goce coincide, finalmente, con la estabilización de la psicosis.

Punctum saliens
La emasculación tiene un carácter de elección forzada. El sujeto la presenta como un deber, exigido además por el nivel más alto del orden universal. Schreber se distancia así de toda posibilidad de atribuirse un gusto personal por convertirse en fémina. Es un imperativo de la razón universal, que contradice incluso todas sus tendencias culturales, de orgullo, de virilidad, la que así se impone en él. La emasculación contradice su ideario, sus ideales, su gusto, quiebra su imagen, se encuentra en cruz con todas sus autoafirmaciones sostenidas hasta ese momento. Pero al mismo tiempo, esta idea impuesta –la belleza de convertirse en una mujer gozando del coito–, inicial a todo el proceso, es lo único que se mantiene en pie durante la duración entera de la enfermedad, y la que conforma el pilar de su solución. Alrededor de ella se elabora la solución delirante de la psicosis schreberiana. “La mudanza en una mujer había sido el punctum saliens, el primer germen de la formación delirante; demostró ser también la única pieza que sobrevivio al restablecimiento, y la única que supo asegurarse su lugar en el obrar efectivo del ahora sano.”

El fin al que tiende toda la evolución del universo, la recomposición de la armonía celestial que su enfermedad ha roto, exige más allá de su voluntad personal que su cuerpo sea transformado en mujer. El delirio de redención que se suma a la emasculación le indica la necesidad de esta transformación para la salvación de Dios, quien fecundándolo podrá salvar luego a la humanidad toda. Todo ello, con la lógica asintótica que señaló Lacan en su escrito sobre la psicosis, sucederá en un futuro que las generaciones presentes y las siguientes no verán.

Dibujar
Brazo, manos, pecho, huesos, nalgas, y el cuerpo todo se transforman constituyendo a la mujer en su horizonte.

No sólo estas sensaciones, representativas de un goce efectivamente percibido, sino la forma de su cuerpo se adapta a este goce nuevo que exige la transformación total y su articulación a un sujeto nuevo.

La forma de su cuerpo se reconvierte gracias al contramilagro del dibujar. Este fenómeno consiste en la utilización conciente de la fantasía con el fin de producir imágenes. Schreber califica a este fenómeno de milagro invertido, ya que en él el sujeto no es pasivo sino activo, permitiéndole tomar partido por su goce, lo cual redunda en su estabilización. Así, no sólo hace uso del arsenal de recuerdos personales para vivir momentos placenteros, utilizando la memoria como un álbum fotográfico, sino que puede esencialmente dibujarse a sí mismo, creándose un cuerpo dotado de caracteres sexuales femeninos, pechos, nalgas, caderas y órganos sexuales. El ver imágenes produce un efecto purificador sobre la destructividad de los rayos, los hace inocuos. La visión los despoja de su carácter amenazante, y provoca la alegría en el sujeto de volver a ser activo en la regulación de su mundo. Es que las almas están hechas solo para gozar indefinidamente, mientras los hombres deben actuar y trabajar para conseguir su bienestar.

Se produce así un efecto de límite sobre los fenómenos intrusivos, a través del uso del registro imaginario.

Diacrónica
El cuerpo schreberiano parece atravesar dos tiempos; el primero de ellos de descomposición, de fragmentación, coincidente con su etapa hipocondríaca, incluso catatónica. Se observan en este momento fenómenos de negativización –reblandecimiento del cerebro, desaparición o falta de funcionamiento de órganos, cuerpo que se pudre, etc. – producto del retorno en lo real del agujero simbólico.

Un segundo momento es de construcción de un cuerpo. No es exactamente la restitución delirante a la que alude Freud, ya que esta se restringe a los elementos de significación que constituyen contenido del delirio. Esta construcción es diferente ya que implica un anudamiento de los tres registros, mientras el delirio puede decirse que se sitúa a un nivel simbólico-imaginario, haciendo de tapón o de velo sobre lo real del goce del Otro. La construcción del cuerpo incluye a los tres registros más su anudamiento sintomático, lo cual es de una constitución más sólida que la significación delirante. Incluye la imagen corporal, las sensaciones interoceptivas, la significación en la que desemboca todo este proceso, y, sobre todo, una articulación al goce que Schreber llama femenino o voluptuoso, que es la que permite el arraigo de toda la construcción en algo que se ubica más allá de un semblante.

También, y como es cierta constante en Lacan, sobre todo de sus últimas formulaciones, la psicosis da el modelo. En este caso se trata del modelo de un cuerpo que no es un dato de la fisiología. Es una confusión frecuente para la neurosis la superposición del cuerpo con el organismo biológico. El cuerpo del que se trata en psicoanálisis es el cuerpo del goce, o el cuerpo en tanto efecto de la conjunción entre el significante con el goce, que no siendo evidente en la neurosis en una primera aproximación, se torna más entendible al advertir su armado en la psicosis, sus costuras, sus empalmes, sus intentos fallidos de salidas de la fragmentación, su carácter de artificio eficaz y solidario del anudamiento de los tres registros a los que se articula el sujeto.

La imagen
“Dibujar un trasero femenino en mi cuerpo –honni soit qui mal y pense– se me ha hecho un hábito, a punto tal que casi siempre lo hago involuntariamente al agacharme.”

No es difícil darse cuenta que todo este proceso no es lisa y llanamente una flecha lanzada hacia delante, sino que tiene sus vericuetos y sus complejidades. No es inimaginable la presencia –detrás del empuje a la mujer– del SuperYo con sus exigencias y su coerción sobre el sujeto, que bajo amenaza de la retirada de Dios ejerce su influencia decisiva en la marcha de la construcción toda. Asimismo hay un punto de viraje en la aceptación final de una idea que resultaba lesiva para su virilidad en un comienzo o momento fundante del delirio. Ser la mujer de Dios se hace aceptable sólo después del pasaje de Schreber por el filo mortificante de la reducción de todo su mundo a lo imaginario donde él mismo resulta muerto, y donde el mundo en general y las personas que lo pueblan han sido reducidas a ser pura imagen sin consistencia ni articulación ninguna a una realidad tangible.

Sólo después de haber atravesado una etapa de mortificación semejante, es que sobreviene la reconciliación (versohnung) con Dios, con un Dios que además ha demostrado sus fallas en relación a la clásica idea de omnipotencia. Esta reconciliación consiste en una superación: consentir a su transformación en mujer obedece a un propósito superior a la mera satisfacción de la concupiscencia divina, se pone al servicio del orden del mundo y de su necesidad de supervivencia: luego de la caída del mundo en la nada, una nueva humanidad renacerá de su cuerpo feminizado.

Es decir, la construcción de su cuerpo es solidaria de la construcción de Otro que si bien no está vaciado de goce, ya que la exigencia de goce continua, lo que se ha modificado es la posición del sujeto frente a ese goce, que pasa de señalar al agujero forclusivo a obtener un sentido a ese goce Otro.

Lo simbólico y lo real
No sólo con lo imaginario se reconstruye un mundo. Freud anota sobre el final de la primera parte de su historial como se empalman las sensaciones que provienen de su interior, que él mismo identifica como femeninas, con el aparato de lenguaje. Goce y equívoco significante se empalman, utilizando para ello las posibilidades de la lengua alemana. La creación que el sujeto hace, utilizando al significante como aparato de goce, es lo que Lacan ha llamado lalangue, la lengua. Esta es una creación lingstica del sujeto, no una adaptaci쭳n pasiva al lenguaje organizado y transmitido de una generación a otra.

En Schreber, el término que enlaza las sensaciones corporales con el orden significante es la bienaventuranza –selig en alemán. En efecto, el sistema delirante se orienta a que todo lo que sucede tiene como sentido la purificación necesaria para acceder al goce de la contemplación divina, y a la reabsorción en Dios de todas las almas humanas. Lo característico del uso que hace Schreber de este concepto de bienaventuranza es su colusión con el goce voluptuoso en el sentido erótico del término. Esto le permite unir el plano celestial con el goce sexual en un sentido lato.

La característica inusual de este caso es la utilización de un equívoco semántico para empalmar ambos registros, ya que se trata de la misma palabra –selig– la que constituye la bienaventuranza, tanto en la conformación de la palabra seligkeit, dicha o goce, o en selig, palabra que significa difunto, o fallecido.

Freud lo escribe así: “Esta sorprendente sexualización de la bienaventuranza celestial nos impresiona como si el concepto de Schreber sobre la bienaventuranza hubiera nacido por la condensación de los dos significados principales de la palabra alemana: difunto, y sensualmente dichoso”.

No se me ocurre otra traducción posible al castellano que justamente la palabra goce, o gozo, que se ha utilizado tanto para aludir a lo sensual del cuerpo y a la comunión con dios al alcanzar un estado de éxtasis místico.

De este modo, se hace notorio como se realiza un montaje utilizando la polisemia del significante, realizándose una construcción que enlaza al goce corporal con lo simbólico. El Ideal que da pie al universo simbólico de la psicosis schreberiana, el goce celestial de la contemplación divina; y su propio lugar subjetivo como figura necesaria para garantizar el mantenimiento del destino del universo y su llegada a término. Ambos confluyen. Su cuerpo de mujer será sólo en tanto este cuerpo sirva a ser la mujer de Dios, término que enlazará finalmente todos los registros bajo una sola égida que dará solidez al conjunto.

Una teoría sobre el goce
En Schreber, el goce de las almas difuntas, el goce celestial, es homólogo al goce voluptuoso, sensual, del cuerpo, con la diferencia que en las primeras éste es permanente.

En las Memorias hay una teoría del goce que no es una erótica. El goce, por así decirlo, adviene al cuerpo, en principio de modo conmocionante con aquella primera representación pasiva. Luego, con el esfuerzo de la construcción delirante, consigue articularse a un sujeto para terminar en un apaciguamiento final que es palpable con el correr de la lectura del libro.

Pero no se trata de una erótica, no se trata de instruir sobre el modo de obtener placer, sino de encontrar el modo de domesticar el goce que invade desde el Otro. Es inundante, adviene en los sueños, en los períodos de descanso, y que desde las poluciones involuntarias de la noche anterior a su internación consigue regularse recién cuando adquiere el rostro del Otro, de Dios, a partir del momento, fechado en noviembre de 1895, en que el sujeto recibe la impronta en su cuerpo de la feminización que modificando al sujeto permite modificar el signo del goce.

La articulación del sujeto al goce del Otro representa el inicio de la estabilización, como está descripto a través de numerosos indicadores en el capitulo XIII de las Memorias. Las voces se hacen neutras, dejan de tener su carácter injuriante, el placer lo invade de un modo benéfico, la fecundación divina y la generación de una continuidad de la humanidad, teniéndolo como centro, instala la perspectiva de un futuro promisorio. El nombre, la fama, el lugar universal del sujeto quedan asegurados cuando, en los hermosos días de finales del otoño de 1895, contemplando la niebla sobre el Elba, Schreber tiene la intuición del fin último al que tiende toda la evolución universal al recibir en su cuerpo la impresión inequívoca de su transmutación en mujer.

Pechos, brazos, nalgas, brazos y manos, se modifican, ese es el contenido efectivo de la percepción del sujeto. “En mi constitución corporal existe una abundancia de probanzas (…) según supongo, un examen de mi cuerpo en cuanto a los rasgos distintivos de la feminidad tendría que producir aún ahora un efecto persuasivo sobre otras personas”. Todo ello acompañado o más bien indicado por la invasión de voluptuosidad femenina que lo inunda.

A partir de allí, Dios no será maligno por completo, sino el destinatario de su mutación, será quién hará del sujeto una pieza única del destino de la humanidad.

Así, el momento de recibir en su cuerpo los estigmas de la feminización marca el punto en que la construcción delirante cambia de signo, observándose de allí en más un apaciguamiento en todos los órdenes, desde los mínimos milagros hasta las más altas concepciones celestes sufren un cambio en su modalidad, se hacen más tenues, no en su certeza, sí en su carácter de ataque al sujeto. La voluptuosidad percibida en su cuerpo hace desaparecer la hostilidad divina; el Otro se neutraliza en su goce.

Paradójicamente, la neutralización es solidaria del acercamiento de Dios, mientras su alejamiento llena de angustia al sujeto. Resulta notable que así como el signo inicial de la enfermedad tuvo un carácter disruptivo, la estabilización también ha tenido esta misma forma, abrupta, fechada, que marca un antes y un después, y a la cual el mismo Schreber se referirá a partir de ella, descripta en el capítulo XIII de su libro, como el momento de su anuncio, de su cambio, o más bien del cambio en el universo.

Las pruebas de ello estarán para el sujeto, hasta el fin de su vida, fijadas en su cuerpo, y a él recurrirá al final del libro dirigiéndose a la comunidad científica haciendo un llamado a que se verifiquen en su organismo las pruebas de la verdad de su percepción.

Abandonándose a la voluptuosidad que Schreber llama femenina, acostado en su cama de hospital, lo invade un placer que no es genital, que se produce al atraer a los rayos divinos hacia su cuerpo, y que se origina en los nervios que como hilos recorren su cuerpo bajo la superficie de su piel, lo cual es perceptible por el sujeto al tacto.

Intenta a través de esta percepción de los nervios dotar de objetividad científica a su percepción corporal y a su teoría de los nervios de la voluptuosidad femenina.

Es difícil cernir en la descripción que hace Schreber de su goce particular una erótica definida. Su lenguaje fundamental realiza un mix celestial y corporal indisoluble, que funda, como expresamos, toda su teoría del orden cósmico. Es, en realidad, su teoría del goce la que funda su mundo y lo hace renacer como tal, luego de su sepultamiento y reducción a lo imaginario en el acmé de su catatonía, que se ha llamado muerte del sujeto.

He dicho que no se trata de una erótica, ya que no se trata de un saber que se ejerce a los fines de la producción de goce, ya que más bien parece producirse de un modo pasivo y sin acción efectivamente ejercida por el sujeto, aunque ello no excluye que se trate de un mecanismo complejo el requerido para que el goce, que se obtiene con la cercanía o atracción de los rayos divinos y de Dios, se instale en su cuerpo bajo la forma de la voluptuosidad del alma.

Este goce de la bienaventuranza, que también implica la penetración de Dios en su interior, implica un placer para el cual el cuerpo, el alma, el pensamiento, la vida, la muerte, lo visible, lo sobrenatural, se ubican todos en un mismo eje, realizando un compuesto de gran complejidad.

Que goce?
De que goce se trata cuando se habla del cuerpo schreberiano? Por lo menos dos características nos ponen sobre una pista orientada.

Se trata de un goce continuo, que no cesa de escribirse en tanto exigencia y garantía de la no retirada de Dios. Aunque este requisito es imposible en sí mismo –la continuidad absoluta del goce– la orientación exigida por Dios es la de su continuidad, y a ello se aboca el sujeto cada vez. Aquí Schreber diferencia el goce masculino, discontinuo, y más elevado en espiritualidad, del goce propiamente femenino, dotado de continuidad en el tiempo. No será difícil observar que lo que se denomina goce masculino discontinuo se corresponde con la propiedad discontinua del significante, y del orden fálico, sometido a fragmentaciones, discontinuidades, y cortes temporales.

Una segunda característica de este goce es la extensión deslocalizada a todo el cuerpo. Scherber reconoce que la voluptuosidad masculina se asienta en los genitales y proximidades, mientras que lo que a él le ocurre se extiende a todo su cuerpo. Su sensación no es de localización puntual del goce, lo cual correspondería al goce fálico, sino que este goce rodea al goce fálico sin dejarse concentrar ni tocar siquiera por él.

Lo característico schreberiano es el empalme que hace de su goce a toda la construcción sintomática que le da un sentido, donde no lo había antes, o donde antes estaba contenida la amenaza forclusiva a su virilidad.

La psicosis de Schreber nos autoriza a colocarla del lado derecho de las fórmulas de la sexuación?

Parece una pregunta lícita, ya que Schreber niega el goce fálico y trata de constituir un cuerpo a medida de su goce continuo, deslocalizado y extendido a todo el cuerpo. La temática de la comunión con Dios, su vocación semi mística, la feminización, el énfasis en un tipo de goce que se encuentra más allá de todo tipo de identificación, más allá del orden simbólico, parece indicar la pertinencia de la pregunta. La existencia de un goce que se presenta como un signo de lo real, sin articulación significante, va en el mismo sentido.

Sin embargo, la opinión negativa surge del hecho de que Schreber hace existir a La mujer, esta no está tachada con el no todo que preside las fórmulas del lado derecho. En lugar de disolver el Uno unificante del lado macho de las fórmulas, se dirige a reconstituirlo de modo delirante, sin el recurso a la significación fálica.

Su delirio toma la forma de un complemento, su posición final de convertirse en la mujer de Dios, es decir, la que arreglaría el desorden que le cabe a Dios mismo, que lo sacaría de su realidad de Otro barrado, no conocedor de la realidad vital de los hombres, no omnisciente, para reconstituir al Otro completo en el orden cósmico, gracias al tapón de su propio cuerpo feminizado.

Ese ha sido el sentido del trabajo delirante, el cual se realiza a medida que avanza la confección de su texto. Es decir, su escritura va definiendo un orden que anuda goce, simbólico, e imagen del cuerpo. Freud lo afirma: “Por oposición a este quehacer de la fantasía de emasculación, el enfermo nunca emprendió otra cosa para el reconocimiento de su misión de redentor que, justamente, la publicación de sus Memorias”.

El goce femenino en cambio se presenta como suplemento, no sirviendo a los fines de la unificación, sino que se presenta como algo en más con respecto al orden fálico, señalando a un más allá que también es un punto de falta.

Un cuerpo nuevo, y un anudamiento muy particular
Se ha producido un anudamiento entre tres elementos, la imagen de mujer con la que finaliza su proceso imaginario, el correlato simbólico de su conexión al Otro divino al cual atrae y el cual le provee la bienaventuranza, y lo real de su goce deslocalizado. Esta es la clave del autotratamiento exitoso de Schreber, y que dura años, hasta que una enfermedad clínica de su esposa lo vuelve a desestabilizar.

Lo que ha permitido la producción de su delirio, en un sentido pragmático, es el aprovechamiento de la equivocidad de la lengua, la cual es usada a los fines de conseguir el inicio de la estabilización. El sujeto se coloca en el centro de un universo en construcción.

El criterio de empalme es usado por Lacan en el Seminario 23, como unión de lo simbólico con el goce, obteniéndose un anudamiento original en ausencia del Nombre del Padre. Esta construcción es solidaria y homogénea con el trabajo de delirio, término con el cual Freud emparenta el trabajo de sueño en la neurosis con la construcción delirante de la psicosis. El trabajo de delirio utiliza para su arquitectura elementos sueltos que la lengua ofrece como vías facilitadoras.

Cual es el sentido final, orientador del trabajo delirante? Propender la reconstitución del orden cósmico, la restitución de la armonía perdida en el momento del desencadenamiento, cuando la intrusión de la idea monstruosa de su transformación en mujer lo precipitaba en la enfermedad. Esta nueva armonía podría representar en el caso Schreber como cuarto nudo que mantiene a los tres registros juntos, durante cierto tiempo, mientras las condiciones se mantuvieron sin variación.

Una vez que el empalme se ha producido, montado sobre la equivocidad significante, una vez que el goce está articulado a lo simbólico, el sujeto puede reencontrar aquella idea originaria –en un principio injuriante– de la transformación en mujer, pero que al final del proceso es pacificadora. Anudada convenientemente, ofreciendo retoques en su imagen corporal para adecuarla a los fines del delirio, esta idea será conductora.

Se podría aseverar que el sujeto tiene un cuerpo nuevo una vez terminada la filigrana delirante? Suponemos la afirmativa, y más aún, el sujeto tiene un cuerpo asegurado por un anudamiento de los tres registros, donde ser la mujer de Dios y así propender al restablecimiento del orden cósmico hace de lazo entre los tres como cuarto necesario y no contingente. Este cuerpo cumple la función que Lacan le atribuye sobre el final de su enseñanza, la de mantener todo junto, piel que retiene los órganos, bolsa o trapo que impide la fragmentación.

Su construcción tiene la característica insistencia y recurrencia de la necesariedad sintomática, que no cesa de escribirse para él, y que resulta a la postre más fuerte que todos los sentidos proporcionados por la utilidad social, por los parámetros culturales, incluso los religiosos. El sujeto debió hacer ese trabajo en ausencia de un padre que asegurase un lazo entre real y sentido, entre goce y significación fálica.

http://www.nel-mexico.org/articulos/seccion/textosonline/subseccion/El-cuerpo/346/Las-Memorias-de-Schreber-Un-tratado-sobre-el-cuerpo

domingo, 8 de janeiro de 2012

AUTISMO

Ecos del Foro Autismo: ¿BIODISCIPLINAR A LOS SUJETOS AUTISTAS? Un novedoso apartheid psicológico. Fernando Martín Aduriz (Palencia)
14:16:03 , por jalvarez

Señaló Guy Briole el peligro de biodisciplinar a los autistas. El término es interesante, de resonancias foucaltianas, y ciertamente produce escalofríos, aún más por proceder de un psiquiatra de largo recorrido en Hospitales, de amplia experiencia. No hemos podido hacer nada con los hiperactivos: el número de niños hiperactivos biodisciplinados crece. ¿Permitiremos que también se biodiscipline a los niños autistas?
Para evitarlo, en España, la ELP, del brazo de una organización entusiasta, con Elizabeth Escayola de aglutinadora de esfuerzos y de gentes, dimos un importante primer paso. El Foro de Barcelona convocado bajo el título de “Lo que la evaluación silencia. Un caso urgente: el autismo” , fue celebrado este sábado 19 de junio en el WORD TRADE CENTER, junto al Mar Mediterráneo y ante la presencia de más de 500 personas que abarrotaron el Salón de Actos. Éxito absoluto: brillantez de las intervenciones, variedad de los testimonios, seguimiento entusiasta por parte del público, ovaciones constantes, buen humor, -¡excelente sentido del humor!-, emoción en las intervenciones de los padres, y en las de los psicoanalistas, como en el caso de Félix Rueda, emocionado al evocar a sus primeros autistas. En fin, entusiasmo colectivo, y posibilidad de repetición de nuevos Foros,... es decir, los ingredientes soñados para una Convocatoria de esta magnitud.
Ciertamente es difícil resumir un conjunto de intervenciones tan heteróclitas. Pero si tuviera que escoger un hilo conductor común a todas ellas diría que la intervención de Torres Mora representa el estilo y el objetivo de este Foro. Desde hace tiempo este Profesor de Universidad, experto en Sociología y Diputado en el Congreso de los Diputados acude a nuestras Convocatorias, o apoya nuestro esfuerzo de psicoanalistas cuando nos dirigimos a la opinión pública. Pero en esta ocasión supo dar con el marco en donde podemos entender nuestra acción, explicar para qué sirve un Foro.
Resulta que hay que hablar. Algo tan sencillo, y viejo, como olvidado al parecer. Que es verdad que hablando no se entiende la gente, pero que hay que intentarlo. Que es verdad que el lenguaje está lleno de malentendidos, de sobreentendidos, pero que no tenemos otra. Que la biología, la neurociencia, el conductismo, el cognitivismo, no nos sirven, y mucho menos para entrar en relación unos con otros, porque como diría en este Foro el Dr. Peteiro, no hay ciencia de la relación entre dos. El esfuerzo del psicoanálisis es demostrar que no hay etiquetas posibles cuando cada sujeto es inclasificable. O como dijera Jacques Alain Miller en el primer Foro celebrado en Barcelona a comienzos de este siglo: ¡Todos locos!, como dijera Lacan, de acuerdo, pero se trata de asegurarnos de que nadie trate de imitar la locura del de al lado.
Luego, hay que inventar, hay que aceptar el error, la falla, el lugar vacío, y no atormentar con la eficacia, la completud, lo absoluto. Por eso Torres Mora reivindicó que no hay que callarse, que es verdad que hoy la política sufre un ataque fuerte: que los políticos no discutan y que se pongan de acuerdo. Pero para ponerse de acuerdo, hay que dialogar. Y huir de la tentación del lenguaje unívoco a la que nos quieren conducir los ideólogos de la evaluación. El lenguaje es equívoco. Y que hay que salir a la palestra, al espacio público, hay que estar al cabo de la calle, hay que reivindicar el lazo social, por problemático que nos resulte, hay que preferir eso a las cárceles de lujo donde los poderosos huyen de la gente por temor a perder, por sentirse seguros. Hay que oponerse a las nuevas formas de segregación, ora bioquímicas, ora clasificadoras. O del propio lenguaje.
Porque resulta que cuando se ha incorporado al lenguaje, cuando una especie corre de boca en boca, como la moneda gastada de Mallarmé, que nos evocara Lacan, resulta que cuesta horrores decir que no es eso. Que eso no es. Manuel Fernández. Blanco lo expresó con la claridad a la que nos tiene acostumbrados: hablamos conductismo sin saberlo. Usamos palabras como habilidades sociales, autoestima, eficacia, asertividad, hiperactividad, y ciertamente no nos conducen sino a la superficie de los problemas, son un trampantojo, son el trampantojo moderno que tapa una vieja fachada skinneriana con tintes lombrosianos y, lo que es aún peor, un novedoso apartheid psicológico. A un lado, los que tienen algún Trastorno, -grupo cada vez más numeroso, lo que despierta sospechas por su perfume de consumidores de fármacos, como denunció el Presidente de la Plataforma Internacional contra la Medicalización en la Infancia, Juan Pundik, psicoanalista de la ELP; sospechas que también se leen entre líneas en la carta, Desde el Senado para el Foro de Barcelona, de la Senadora española Miriam Andrés, Vicepresidenta de la Comisión de Sanidad del Senado de España, quien nos envió un claro Mensaje proponiendo dar cauce parlamentario a nuestras conclusiones-, a un lado los sujetos trastornados, y a otro, los que supuestamente no presentan ningún trastorno, entre los que estarán, claro, los evaluadores, ellos limpios de cualquier contaminación y problema psicológico. Ocurre que empieza a ser un poco increíble para la opinión pública más despierta el alto número de diagnósticos psicológicos que se acompañan de medicación, la ausencia de publicación de investigaciones contrarias a sus tesis, como señaló Laia Torrent, investigadora en neurociencias, o el culto al número y el desprecio al argumento.
El caso es que así, entre emocionantes testimonios de padres de autistas, de padres valientes que optaron por elegir libremente un tratamiento no cognitivo-conductual para sus hijos, que vieron el progreso en sus hijos a lo largo de su análisis, que sintieron el apoyo en este Foro de otros muchos padres procedentes de diferentes lugares de España, fue discurriendo un Foro, que siguiendo la estela de los Foros organizados en París por Jacques Alain Miller, da sentido a la serie de los que vendrán.

Se trabaja ya en la intervención completa de Éric Laurent, titulada El espectro de los autistas y la construcción de los bordes, que trataremos de resumir para este BLOG.
http://www.blogelp.com/index.php/cat31/

quinta-feira, 22 de dezembro de 2011

Rendez-vous Chez Lacan" en DVD

"
http://www.wapol.org/pt/articulos/TemplateArticulo.asp?intTipoPagina=4&intEdicion=2&intIdiomaPublicacion=9&intArticulo=2393&intIdiomaArticulo=5&intPublicacion=13


Le film de Gérard Miller, "Rendez-vous chez Lacan", diffusé sur France 3 il y a trois mois, sortira en février en DVD.
Mais vous pouvez dès à présent le commander sur le site : http://www.gerardmiller.fr
et le recevoir ainsi, en avant-première, dès janvier.
Avec la participation de : Agnès Aflalo, Jo Attié, Guy Briole, Antonio di Ciaccia, Jean-Louis Gault, Yasmine Grasser, Alain Grosrichard, Suzanne Hommel, Benoît Jacquot, Eric Laurent, Catherine Lazarus, Anaëlle Lebovits, Clotilde Leguil, Lilia Mahjoub, Jacques-Alain Miller, Judith Miller, Jean-Claude Milner, Martin Quenehen, François Regnault.
Trois bonus inédits ; Entretien avec Judith Miller (17min) - Entretien avec Jacques-Alain Miller (15min) - Le point de vue du réalisateur (14min)

Ci-joint la jaquette du DVD.
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O Homem dos Lobos

O Homem dos Lobos: análise de um caso paradigmático de incerteza diagnóstica.
Como o estudo do caso pode contribuir para o diagnóstico na clínica
psicanalítica da atualidade?1

Sabrina Gomes Camargo

Psicóloga
Especialista em Teoria da Clínica Psicanalítica – UFBA / BA
Mestre em Psicanálise – Universidade Paris 8 / França
Doutoranda do Programa de Pós-Graduação em Teoria Psicanalítica / UFRJ
camargosabrina@uol.com.br
http://www.isepol.com/asephallus/numero_11/artigo_11_revista11.html

A minha pesquisa de doutorado parte do estudo do famoso caso freudiano do Homem dos Lobos, que, quase um século após sua publicação, parece ainda provocar inquietação. Se provoca inquietação, é bem verdade, estimula o debruçar ferrenho sobre ele e não é à toa que continua objeto de estudo de diversas pesquisas e tema de conferências. Ao partir de uma questão em minha dissertação de mestrado - “O que poderia se constituir como ponto de basta para os sujeitos fragmentados socialmente” -, deparei-me com este caso, sem saber ao certo o que fazer com ele. Sabia que uma questão como essa não teria uma resposta universal, mas somente na clínica do caso a caso, na construção do caso clínico que eu poderia tentar cingí-la. Este ponto me fez levantar uma segunda questão relativa à peculiaridade do diagnóstico psicanalítico. O Homem dos Lobos coloca-se, para mim, como um caso paradigmático de incerteza diagnóstica. Sobre isso, podemos nos referir à excelente revisão bibliográfica realizada pelo psicanalista argentino Carlos Scars (2002) na qual ele sintetiza os principais estudos acerca do caso. O que é comum a todos: a discussão diagnóstica. Ouve-se falar em histeria, neurose obsessiva, paranóia, hipocondria e o que vai se interrogando em mim é: o que esta discussão diagnóstica realmente diz do Homem dos Lobos?
Um ponto que merece ser considerado é que a análise original realizada por Freud (1918 [1914]) é, por incrível que pareça, muito pouco abordada nas publicações e quando feita não condiz com a vastidão do estudo freudiano. Por outro lado, a análise dirigida por Ruth Mac Brunswick (1928, p. 268), esta sim parece ser a que verdadeiramente explica o caso e a que corresponde às expectativas da comunidade analítica, pois, enquanto a de Freud continua alvo de questionamentos, esta última parece silenciar até mesmo os pesquisadores mais afoitos. Ser enfática quanto a um diagnóstico além de dizer mais do próprio clínico e de suas conjecturas que do próprio paciente, ainda enquadra este último num rol, num denominador comum aos outros, incluindo-o num agrupamento que parece, temporariamente, ter efeitos terapêuticos sobre a angústia.

Não podemos nos esquecer da origem da formação de Freud, herdeiro da fina psiquiatria, cujo diagnóstico era parte da relação médico/paciente e como tal constituia-se como anterior à teoria. A teoria era construída simultaneamente à análise do caso e não anterior a ele. Hoje parte-se de manuais de CID 10 e DSM IV para diagnosticar como se os critérios diagnósticos fossem universais. O interesse maior é pela sistematização de doenças, pela descrição fenomenológica dos sinais e sintomas e não mais pela função deles e pelo que eles significam para um determinado paciente. É por isso que grande parte dos estudos dedicados ao Homem dos Lobos parte de uma superficialidade e não da verdadeira construção do caso clínico.

Todavia, acredito que um leitor pouco afeito à psicanálise poderia dizer que assim como a psiquiatria moderna sistematizou as doenças, também o fez a psicanálise ao diferenciar a neurose de uma psicose e de uma perversão. Não seriam elas também classificações fenomenológicas? É evidente na obra de Freud que, ao falar das estruturas clínicas, seu interesse maior não incidia sobre a descrição sintomatológica, mas sobre a função deste sintoma que, seja à maneira neurótica, psicótica ou perversa, revela um modo de gozo peculiar do paciente e a partir do qual se torna possível dizer algo sobre ele.

Dentro de um espaço de análise, o paciente pode dirigir-se a um analista que, indo além da simples nomeação do seu sintoma, possibilitará que o imprevisível da fala apareça e que algo mais-além dos fenômenos possa se manifestar. Ao ocupar este lugar, o sujeito transferirá a este analista a repetição de seus protótipos infantis, suas ambivalências pulsionais, reatualizando a realidade do inconsciente. Ao enunciar a regra fundamental ao paciente, “diga tudo o que vier a cabeça”, o analista possibilita que o sujeito fale, tropece e emerja escapando do silêncio alienante para a produção de algo, de uma articulação qualquer que adquira historicidade e sentido. O sujeito não se dissolve, não se dilui entre outros, não é apenas uma categoria clínica, nem uma simples imagem computadorizada.
Com o progresso da ciência e o avanço dos exames de imagem, procura-se detectar a nível cerebral a localização da doença e suas conseqüências para o sujeito. Compreende-se que, da histeria à paranóia, tudo pode ser visto por imagens. Mapeando o funcionamento cerebral do indivíduo e qual sua área danosa, cria-se e desenvolve-se medicamentos mais eficazes para combater sua doença. Enquanto a indústria farmacológica movimenta uma soma enorme de recursos financeiros em prol da pesquisa e vendagem de fármacos modernos que gerem o mínimo de efeitos colaterais, o sujeito mantém-se refém de uma substância que ameniza temporariamente seus sintomas, calando-o provisoriamente e transmitindo a ilusória sensação de cura. O sujeito como efeito da articulação significante não consegue se calar, e seu corpo continua emergindo de forma pontual através das manifestações do inconsciente. A dor não cessa, a tranqüilidade não volta e, por mais que os medicamentos tentem, a docilidade que promovem sobre o corpo é meramente instantânea.

Vive-se o momento da clínica da urgência, da procura desenfreada por tratamentos rápidos, por psicoterapias súbitas. Nesta torrente, as terapias cognitivas ganham força ao estabelecer limites de tempo de tratamento, promessas de melhora com garantia assegurada, técnicas para debelar qualquer mal, tal como num livro de receitas que, seguido minuciosamente passo a passo, permitiria chegar com êxito ao resultado final. Isso me faz pensar: se hoje o Homem dos Lobos procurasse tratamento, qual seria o seu diagnóstico? Quantos Homens dos Lobos não se calam ante os tratamentos da modernidade? E, atribuir-lhe um diagnóstico, teria qual finalidade?

Estes foram alguns dos questionamentos feitos ao longo do meu percurso e, neste processo de retorno a um caso clínico, compreendi que atribuir um diagnóstico ao Homem dos Lobos definitivamente não seria meu objetivo. Miller (2008-09), em seu curso de orientação lacaniana proferido em Paris, comparou o diagnóstico psicanalítico à arte descrevendo este procedimento técnico como uma “coisa de fineza”. É dentro do dispositivo analítico, de um ambiente transferencial, que o sujeito, ao dirigir-se a um Outro que imagina supor um saber sobre ele, põe-se a articular seus significantes e a produzir sentido. Nisto revela a sua posição na fantasia, a complexa e intricada rede que constitui seu romance familiar que só é possível de se manifestar se este sujeito se presta à tarefa de falar sobre o que lhe aflige. O analista, ao se abster da posição de crítico, deixa de lado seus juízos de valor e permite que a fala do paciente emerja e se articule. É somente dentro deste contexto que é possível enveredar-se na difícil tarefa de diagnosticar com o objetivo de estabelecer uma direção de tratamento. Sendo assim, somente Freud e Brunswick, poderiam arriscar-se no trabalho diagnóstico, enquanto todos os outros interessados no caso poderiam apenas criar suas conjecturas e suposições.
Analista fino e criterioso que foi, Freud conseguia apreender muito bem aquilo que seu paciente queria ou não dizer. E, no caso do Homem dos Lobos, ele trouxe um dado clínico que eu considero que muitos trabalhos que se propuseram analisar o caso deixaram de lado: a sua dissolução edipiana através de um Édipo invertido. Por outro lado, superestimaram a lembrança infantil da alucinação com o dedo cortado, para muitos, fator decisivo no que se refere à confirmação do diagnóstico. Acredito que este apreço deveu-se, em grande parte, aos estudos lacanianos que durante um bom tempo aproximaram este episódio a um fenômeno elementar decorrente da foraclusão do Nome-do-Pai. A sensação de ter seu dedo preso por um pedaço de pele após fazer cortes numa casca de nogueira foi descrito por Freud como um mecanismo denominado Verwerfung. Para ele, a castração outrora rejeitada parece ser reconhecida, neste momento. Todavia, Lacan ao aproximar esta noção de Verwerfung da ausência de afirmação simbólica, ao afirmar que o que estava em jogo era a ausência de simbolização da castração e demonstrar que este episódio trouxe à tona efeitos de catástrofe subjetiva, mutismo e ausência de temporalidade proporcionou que muitos estudos abordassem esta cena como característica de um fenômeno elementar próprio da psicose.

Vale lembrar que, as poucas vezes em que Lacan mencionou o termo psicose com relação ao Homem dos Lobos, foi ao referir-se a imposição de um limite de tempo imbuído por Freud na análise e num outro momento ao falar de uma estrutura boderline (Lacan, 1962-63, p. 85-98). Contudo, foram afirmações sem maiores desenvolvimentos e o fato é que, ao traduzir Verwerfung pelo termo foraclusão e utilizá-lo como mecanismo próprio e específico da psicose, o mesmo deixa de fazer qualquer menção ao Homem dos Lobos. Assim, ao articular a foraclusão do Nome-do-Pai com a ausência de significação fálica toda e qualquer referência ao caso freudiano desaparece.

Maleval, num pequeno artigo datado de 1982, debruçou-se sobre o estudo do Homem dos Lobos com o intuito maior de analisar este episódio da alucinação. Ele observa que o conteúdo da alucinação é totalmente integrado na história do Homem dos Lobos trazendo suas próprias associações a esta cena, como histórias de pessoas que haviam nascido com seis dedos e tivera um deles decepado ou uma lembrança infantil de um canivete presenteado pelo tio. Para Maleval há uma integridade das cadeias associativas, existe uma correlação que não se harmoniza com a cisão no psiquismo característica de um mecanismo foraclusivo. Segundo ele, quando o temor da castração é mobilizado é possível o aparecimento de alucinações neuróticas, sem, contudo, caracterizar o encontro de Um Pai, mesmo quando ressurge algo semelhante já sob análise de Brunswick com relação à idéia fixa de uma mutilação infligida sobre o nariz. Quanto a isso, Maleval também observa a presença de cadeia associativa quando, ao sonhar que estava na proa de um navio e que havia quebrado um espelho, o Homem dos Lobos confia à analista que proa em russo significava nariz, local em que começam suas perturbações. Ou seja, o elemento essencial do delírio – nariz - é metaforizado e não dissociado. E assim, o referido autor parece convicto quanto à estrutura neurótica do Homem dos Lobos.
Esta convicção não é partilhada por Aflalo (1999) que, em seu longo artigo, tenta por “a mais b” apresentar um percurso de análise que testemunhe a existência de uma psicose paranóica com traços hipocondríacos. Ela inicia o artigo pela análise freudiana e afirma que os sintomas prevalentes na infância, fóbicos e obsessivos, apresentavam atipias quanto ao estatuto do pai. O objeto da fobia era uma imagem evidenciando um fracasso na constituição do campo simbólico da realidade. A identificação estabelecida para com a mãe sobre o plano anal, segundo ela, é indicativa do não reconhecimento da castração. O conflito inconsciente entre tornar-se mulher e a recusa a abandonar a virilidade, para ela, são semelhantes ao fenômeno de empuxo-à-mulher, tal como ocorre no caso Schreber, demonstrando a dificuldade inerente ao psicótico em se inscrever na partilha dos sexos. Ao debruçar-se sobre a análise lacaniana, Aflalo focaliza-se no fenômeno clínico da alucinação do dedo cortado e nos trabalhos de Lacan a respeito do termo Verwerfung. Mesmo sabendo que com a formalização do termo foraclusão e sua associação à ausência do Nome-do-Pai Lacan deixa de referir-se ao Homem dos Lobos, Aflalo considera que é possível reconstruir indiretamente algumas suposições de que, no caso em questão, trata-se efetivamente da não simbolização da metáfora paterna. No final do artigo, ao tentar articular sua própria leitura do caso, Aflalo destaca quatro pontos principais de investigação: no primeiro, com relação à vida amorosa do Homem dos Lobos, ela salienta o seu interesse pelas exibições anais das mulheres. A mulher aparece dicotomizada: objeto fetiche e objeto depreciado. Ao colocar-se de quatro, temos o objeto depreciado, todavia seu traseiro instaura-se como o objeto fetiche. Este funcionaria como um quantum de gozo. Ao fixar-se nele, de certa forma o sujeito impediria seu transbordamento pelo corpo. Para ela, o desencadeamento da hipocondria ocorre no momento em que o sujeito padece de gonorréia e tem verdadeiramente o órgão peniano atacado. Todavia, sintomas anteriores relativos a esta doença apareciam desde a fase infantil: a constipação intestinal identificada pelo fenômeno do véu. Este estatuto de conversão histérica conferido por Freud é para Aflalo de tal caráter tenaz que contraria a flexibilidade do clássico sintoma histérico. Já o fenômeno do véu exprime uma perda de realidade, atípico pela sua cronicidade e somente possível de se desfazer se um objeto estranho ao corpo fosse introduzido. A conseqüência desta introdução, ou seja a defecação, constitui-se para autora como uma reconciliação com a realidade perdida iniciada no momento em que o véu se desfaz. Ao relacionar fezes com bebê, Aflalo considera que o ato de defecar torna o Homem dos Lobos uma mãe conferindo à sua psicose relativa estabilidade. Ao fixar-se no traseiro e considerá-lo como significante particular da sexuação, o sujeito é o pai que faz existir a mulher como toda. Ao fazer isso, o traseiro deixaria de constituir-se enquanto objeto fetiche perverso, mas adquiriria o estatuto de pseudo-fetiche psicótico. Já o identificar-se à figura de Cristo propiciaria ao sujeito tornar-se um homem como o pai. Aflalo considera que, o episódio de 1908 (alucinação do dedo) produz um desencadeamento a partir de Φo, porém o desencadeamento da psicose teria ocorrido em 1926 (já sob análise de Brunswick) e corresponderia ao Nome-do-Pai foracluído, Po. Ou seja, ela faz uma diferença entre a entrada na doença, o surgimento sintomático ainda quando criança e o desencadeamento da psicose propriamente dita. Para ela, a psicose do Homem dos Lobos constitui-se em dois tempos: o primeiro da foraclusão do Nome-do-Pai e o segundo das suplências. O desencadeamento da psicose é datado por Brunswick e ocorre após a visita anual que Serguei faz a Freud para receber a doação de dinheiro. Ao ver o grave estado de saúde de Freud, recém-operado de uma cirurgia no maxilar, ele se aterrorizou com a idéia de que este pudesse morrer e ser seu herdeiro. A evocação da morte faz com que o gozo anal da doação recebida não possa mais ser simbolizado remetendo-se a corrente mais velha da libido, inacessível na transferência. Ao invés do pai castrado, Freud torna-se o pai gozador que impõe ao sujeito uma feminilização inaceitável. Esta recusa é compreendida como um sacrifício de gozo. Na forma hipocondríaca da psicose, este sacrifício adquire o valor de ameaça real a um novo órgão: o nariz. A hipocondria apresenta, portanto, a recusa do sujeito em se feminilizar como a mãe.

Jacques-Alain Miller (1988-89a), em seu curso de orientação lacaniana sobre a clínica diferencial das psicoses datado de 1988, dedicou algumas destas aulas a análise do caso do Homem dos Lobos seguindo por uma vertente outra à apresentada por Maleval e Aflalo. Miller parte da arquitetura tripla de posições frente à castração distinguindo a identificação à mãe que perpassa o plano imaginário da identificação paterna que estaria mais próxima ao registro simbólico. Diferente da leitura proposta por Aflalo, Miller observa que o fenômeno do véu não seria algo elementar da psicose e, assim como Freud o fez ao igualar fezes a bebê, ocultaria ao fundo o fantasma homossexual. Este fantasma homossexual é ativado no sonho com os lobos a partir do momento em que ele retrocede à cena primária de coito dos pais. Todavia, o narcisismo ameaçado instaura um sentimento de virilidade sucumbindo a homossexualidade à ação do recalque. Miller assinala três momentos de descontinuidade que promovem regressões do movimento libidinal do paciente. Com a sedução sofrida por parte da irmã, o garoto anteriormente dócil, torna-se cruel e a vida sexual que começava a ser regida pela zona genital retrocede para a sádico-anal. Neste primeiro momento iniciam os pensamentos da diferença sexual sem, contudo, haver certeza disso. No sonho, por outro lado, a castração deixa de ser imaginarizada para se tornar uma realidade a partir do momento em que a posição da mulher na cena do coito corrobora sua condição de castrada. Enquanto na etapa anterior a ameaça de castração provinha das figuras femininas - irmã, babá -, nesta está fundamentalmente ligada ao pai. A sublimação religiosa põe fim à alteração de caráter e aos sintomas fóbicos, porém o pai continua como objeto sexual. O interesse em saber da existência de um traseiro em Cristo esconde uma atitude homossexual recalcada ao evidenciar seu interesse pela posição como a ocupada pela mãe na cena de coito. A promessa simbólica que deveria ser constituída neste momento não se sustenta diante da multiplicidade desordenada de figuras paternas revelando pais extremamente decadentes. Neste momento é importante ressaltar que o próprio pai do Homem dos Lobos encarnava a figura da decadência social, financeira, assolado por crises depressivas chegando a internar-se em sanatórios, diferentemente do pai de Schreber, médico reconhecido nacionalmente pela sua capacidade ortopédica de corrigir deformações do corpo. Miller chega a se questionar se, quanto ao Homem dos Lobos, a angústia de castração não seria aí o efeito da efetivação da promessa edípica. Todavia, parece concluir que a função simbólica desempenhada pelo pai do paciente não seria capaz de promover a pacificação e o temperamento desta angústia. A cada descontinuidade, o Homem dos Lobos revela um modo de relação ao pai que o coloca como objeto deste. Todavia, simultaneamente a isso, a identificação à mãe ainda persiste através das queixas relativas aos problemas intestinais de evacuação. Miller aproxima estas duas identificações e propõe a leitura de que todo este contexto é revelador de uma posição homossexual inconsciente na qual a problemática genital traduziu-se pela via da analidade.

Sobre a arquitetura tripla de posições frente à castração, Miller comenta que, com a sedução, a postura inicial do Homem dos Lobos era de rejeição da castração. Com o sonho, há a convicção da realidade da castração com a coexistência de duas subcorrentes, uma de recusa, outra de aceitação. E, por fim, com a sublimação religiosa, é ativada uma terceira corrente mais antiga e que recusa a reconhecer a operação da castração. É exatamente o fato delas coexisterem que faz com que a virilidade que se instala no paciente seja uma virilidade de semblante. A identificação à mãe também é reveladora do movimento de correntes antinômicas, pois enquanto a identificação ao momento da cópula sucumbe ao recalcamento, a identificação pela via do intestino, não. Para Miller, esta identificação última está ligada ao mecanismo foraclusivo. Temos, portanto, um sujeito que revela diferentes posições subjetivas ante a castração. Se de um lado, o recalcamento promove o sucesso da virilidade; de outro, a ausência de um saber sobre o sexo indicaria aí uma não-simbolização da lei edípica? Penso que o próprio Miller não consegue fazer muitas afirmações do caso, parecendo, a cada nova descoberta, retroceder aos questionamentos anteriores. Fica a incerteza quanto à efetividade da função paterna, principalmente quando ele menciona após todo este percurso que ela poderia estar simbolizada e mesmo assim ser incapaz de impedir as distorções imaginárias. O narcisismo do órgão genital, o medo em perdê-lo, parece promover o recalcamento da posição homossexual passiva e a cada nova ameaça, gonorréia, espinhas no nariz, este medo da castração se reacende. Sendo assim, o que o caso revela é um desencadeamento pelo viés falico, viés do campo imaginário responsável pelos fenômenos do corpo e não pelo lado do Um pai. Como já esperado, Miller não menciona um diagnóstico, neste momento, ao Homem dos Lobos, porém o Instituto do Campo Freudiano da Argentina, quem primeiro compendiou esta conferência, inferiu que o mesmo estava inclinado a pensar num estado-limite, boderline para o paciente em questão. Esta suspensão do diagnóstico é retomada por Miller (2009) alguns anos depois ao abordar o tema da psicose ordinária. Além da crítica realizada ao termo boderline, ele ressalta que o termo psicose ordinária seria o mais apropriado para dar conta dos impasses atuais da clínica denominada como clínica dos pequenos indícios e das sutilezas. E é neste momento em que, numa nota de rodapé, ele menciona a hipótese de uma psicose ordinária para o Homem dos Lobos evidente no tratamento realizado por Brunswick. Fica a questão: o aparecimento destes fenômenos de corpo seria mesmo da ordem de uma psicose ou deveria ser posto no campo da esfera da análise?

Após debruçar-me sobre estes artigos, tentei realizar a minha própria leitura do caso, que considero em fase permanente de construção. Minha primeira tentativa de análise partiu de um conceito legado pelo próprio Freud acerca do Édipo invertido. Para alcançá-lo parti, tanto em Freud quanto em Lacan, do momento inicial de constituição do sujeito. Momento determinante, a passagem pelo complexo de Édipo possibilita a vivência de uma perda e o posicionamento do sujeito ante esta falta será fundamental na partilha dos sexos para sua inscrição enquanto homem ou mulher. Com seus artigos sobre a sexualidade infantil, Freud explora bastante este momento de descoberta das crianças, que passam de uma crença quanto ao estatuto universal do falo para em seguida depararem-se com o reconhecimento desta não universalidade. Esta falta, que anteriormente era apenas imaginarizada, torna-se real e precisa ser simbolizada. Vivenciar isto e situar-se em torno disto não é uma tarefa fácil e ao reprimir, desmentir ou foracluir, o sujeito procurará meios de se defender ante a perda decorrente deste trauma infantil. Trauma que provoca uma fragmentação da realidade independente do posicionamento do sujeito, é desta maneira que Freud observa. Todavia, ante uma realidade falha, o seu momento de reconstrução pode ser diferente. Enquanto na neurose, o sujeito por meio da fantasia, procura reestabelecer esta relação, na psicose a tentativa de reestabelecimento seria com a criação de uma nova realidade delirante que consistiria em preencher a fissura entre o eu e a realidade.

Contudo, neste processo de constituição, o sujeito não está só. Por outro lado, vive como numa espécie de triangulação desenhada por Lacan através dos seus esquemas, primeiramente o L, em seguida o R. Num primeiro momento, o sujeito constitui-se como objeto de desejo da mãe preso numa relação simbiótica e assujeitado ao desejo deste Outro. A instância paterna existe, porém de forma velada. Este período é importante para a criança que precisa deste suporte da mãe para sobreviver. Denominado alienação, o bebê liga-se a este Outro para se fazer representar. Com o desenvolvimento desta criança, a mãe precisa dirigir seu interesse para outras tarefas além do simples cuidar de um bebê. Na separação, o pai, mediado pela mãe, se introduz no plano imaginário de maneira privadora, como transmissor da lei permitindo que a criança entre na linguagem e passe a nomear seu próprio desejo. Este salto, consequentemente, apresenta um ganho e uma perda. Ao entrar no mundo simbólico, o sujeito é representado por um significante. Todavia, a inserção num mundo de linguagem priva o ser de uma relação direta com a vida orgânica, de ser o falo da mãe. Ao posicionar-se em relação ao desejo do Outro, ao perceber que não satisfaz o desejo da mãe e que ela deseja para além da criança, a percepção da falta poderá ser simbolizada. Isto que a mãe deseja, o pai pode lhe oferecer intervindo a nível simbólico como o detentor do falo. A criança o toma como suporte identificatório do ideal do eu e leva adiante a promessa, a transmissão simbólica de um dia também deter o falo.

A presença do significante do Nome-do-Pai pacifica a lei permitindo que o desejo materno não se feche em si mesmo, mas que deslize pela cadeia significante. Ao organizar a subjetividade, barra o desejo da mãe, a sua vontade caprichosa e ilimitada introduzindo a criança no mundo dos símbolos ao transmitir a sua palavra. No entanto, se há uma falha na inscrição deste significante, os efeitos desta ausência de amarração serão verificados, sobretudo na maneira como o sujeito confere sentido a vida e na precariedade do seu reconhecimento corporal. Isso significa que, nesta fase do ensino lacaniano, falar da foraclusão do significante do Nome-do-Pai (PO) é remeter-se também a ausência de significação fálica (ΦO). Este binarismo é bastante representativo do caso Schreber, característico de uma psicose clássica.
E o que dizer de uma dissolução edipiana através de um Édipo invertido? Isso delimitaria uma estrutura? Apesar de mencionar esta peculiaridade na saída do Édipo, o próprio Freud pouco se debruçou sobre este assunto. Não há nenhum artigo específico e as pinceladas que faz parecem datar do período relativo a segunda tópica, cujo caso da jovem homossexual (1920) é o mais representativo. O que Freud observa é a ambigüidade que leva uma criança a sentir ternura e afeto pelo genitor do mesmo sexo e uma hostilidade para com o genitor do sexo oposto. Isso indicaria uma possibilidade de simbolização da diferença sexual, o que lhe facultaria situar enquanto homem ou mulher na partilha sexual. Se para se inscrever na partilha dos sexos é imprescindível que o sujeito simbolize a lei, isto nos remeteria a colocar o Édipo invertido no quadro da neurose. Lacan se surpreende com o papel desconcertante desempenhado pela função do Édipo invertido observando que sua saída não possibilita uma identificação de cunho viril, mas apassivada. Para ele, identificar-se à posição feminina e fazer-se amar pelo pai coloca o sujeito numa situação onde deve, por um lado, lidar com o retorno constante da posição homossexual com relação ao pai e, por outro, recalcar esta posição devido a ameaça de castração que ela comporta. Sendo assim, na saída do Édipo, em conseqüência do recalque dos desejos edipianos, o sujeito constitui um ideal conforme seu sexo, que lhe permite desejar de acordo com seu tipo. É pela via da virilidade que o menino consegue dar seu desfecho final na trama edipiana. O pai é um simbólo, uma metáfora da exigência que pesa sobre todo ser humano de abandonar a mãe e eleger outro objeto de desejo.

Se é pela via da virilidade que o menino se assume no desfecho final da trama edipiana, o que dizer da virilidade assumida pelo Homem dos Lobos? Conforme percorremos a investigação de Miller, este sentimento de virilidade é muito mais uma defesa diante do conflito com a libido genital narcísica. É uma maneira de posicionar-se ante a falta, de conservar o narcisismo do órgão ao assumir-se viril somente como uma manobra para manter-se afastado da homossexualidade. Isso explicaria a eleição de mulheres de nível social rebaixado numa posição peculiar, de cócoras cujo traseiro se destacaria. Com isso, partimos da hipótese de que eleger este objeto fetiche seria uma modalidade desta manobra ao permitir ao Homem dos Lobos fazer semblante de homem.

Desta maneira, recorremos ao artigo freudiano sobre o fetichismo (1927) para tentar compreender esta manobra de defesa do Ego erguida contra a homossexualidade. Para Freud, o objeto fetiche caracteriza-se como um substituto do pênis da mulher, que outrora a criança acreditou possuir e que resiste em abandonar esta convicção. Como forma de defesa, o sujeito se recusa a tomar conhecimento da castração da mulher como tentativa de evitar a sua própria, desmentindo (Verleugnung) a sua falta e levando-o a crer que algo tomou o seu lugar. O fetiche ergue-se como uma proteção contra a ameaça de castração e, por outro lado, salva os homossexuais visto que com o substituto, dota as mulheres de características que as tornam toleráveis enquanto objetos sexuais, constituindo-se como a última saída encontrada pelo sujeito contra o homossexualismo. Esta leitura é oposta à realizada por Aflalo, segundo a qual, o fetiche do Homem dos Lobos é um pseudo-fetiche por caracterizar-se não como um substituto do pênis, mas como uma suplência diante da ausência de significação fálica cuja demonstração de sua análise foi mencionada anteriormente.
Tomar a parte do corpo da mulher como objeto fetiche nos remete à teoria da sexuação formulada por Lacan a partir do seu último ensino, na qual ser homem ou mulher estaria ligado muito mais a uma posição inconsciente que a uma questão meramente anatômica. A sexuação é fruto de um longo processo de constituição do sujeito que envolve não somente a simbolização do Nome-do-Pai como a constituição das identificações e ideiais. Trata-se de algo problemático, por exemplo, na psicose visto que a foraclusão do Nome-do-Pai e a ausência de inscrição simbólica da função fálica impede que haja algum tipo de inscrição do sujeito na partilha sexual.

Apesar da menção de Freud de que a anatomia seria o destino, a teoria da sexuação permite a Lacan demonstrar que não há um único fator determinante para a assunção do sexo de um sujeito. Isso justificaria compreender por que nem sempre uma pessoa nascida homem e assim nomeada identifica-se com seu nome e o seu sexo. Pensar numa posição inconsciente é fundamental e é o que possibilita ir além das teorias biológicas e de gênero. Sendo assim, a tipologia das características feminina e masculina apresentadas por Lacan (1972-73) e retomadas por Miller (1997-98) transgride as existentes produzidas pela biologia e psicologia.

O desejo masculino é orientado pelo objeto mais-de-gozar como fetiche. Isso significa que a forma de expressão do amor masculino é articulada em torno de uma parte que, ao se destacar no todo, reveste a mulher encobrindo sua castração e servindo como objeto de gozo para a fantasia masculina. Esta forma de expressão do amor masculino tem em sua origem o apego ao falo como significante do desejo materno. Incapaz de apreender a mãe como não-toda o sujeito substitui esta incompletude por uma parte. Assim, para que o homem possa gozar, é imprescindível que a mulher esteja no lugar do significante fálico que a reveste e recobre sua condição de castrada. Desejar a mulher enquanto objeto a nos mostra que, ao contrário do feminino, o desejo do macho é delimitado pelo seu fantasma e que este se sustenta de semblantes.

O desejo feminino, por outro lado, é orientado pela forma erotomaníaca de amar. A sua lógica caracteriza-se por um amor sem limites, pelo gozo ilimitado próprio de uma estrutura não-toda formalizada pelo matema S () que designa o significante da falta do Outro. Este seria o seu parceiro-sintoma. É uma lógica que funciona para além da lógica fálica. Para Coelho dos Santos (2006), a sexuação feminina tem duas vertentes conceituais: de reinvidicação e de repúdio à feminilidade. A primeira se coordena com o consentimento da mulher em colocar-se como objeto de desejo de um homem orientando-se de um lado, para o falo (Φ), e de outro para a busca a um Outro gozo, para além do fálico designado pelo S () como furo no campo do Outro.

Se a clínica das estruturas é referenciada à lógica fálica, poderíamos situar o Homem dos Lobos na vertente que parte da inclassificabilidade decorrente de uma lógica feminina? Para isso, avanço neste mesmo matema representativo da lógica femina, S () e retomado por Miller (Miller et ali, 1999) no momento da Convenção de Antibes ao referenciá-lo à multiplicidade de Nomes-do-Pai. É sabido que desde o Seminário 23, intitulado Le Sinthome (1975-76), o pai simbólico deixa de ser privilegiado por Lacan em detrimento de algo que surge como invenção do sujeito capaz de manter seus laços sociais. Ao tomar o caso Joyce, Lacan nos mostra como, através de sua obra literária, ele conseguiu inscrever algo de outra ordem capaz de propiciar um modo de amarração ante sua fragmentação simbólica. Esta leitura, retomada por Miller em Antibes, cria uma nova categoria denominada psicose ordinária na qual se incluem as psicoses compensadas, não desencadeadas, medicadas e terapeutizadas, acolhendo as soluções encontradas pelos sujeitos diante da construção e manutenção dos laços sociais. Anteriormente descrita como raridade, Miller observa que estas psicoses mais modestas são cada vez mais freqüentes e mais delicadas, pois seus sintomas mais discretos e menos exuberantes exigem muita fineza diagnóstica. Com isso, é posto em xeque o binarismo representativo de uma psicose clássica (PO/ΦO) para dar margem a outros arranjos que estabelecem singularidades com relação ao modo particular de gozar.

Estas formas particulares de gozo evidenciam modos privados de relação ao Outro e à linguagem, significações pessoais das mais varidas, revelando que o sujeito pode se servir de qualquer coisa para se organizar subjetivamente.

Quando Miller afirma que o caso do Homem dos Lobos revela as particularidades de uma clínica que não se absorve no significante. Seria ao significante do Nome-do-Pai que ele se remete? Se não se estrutura em torno deste significante poderíamos afirmar que este caso escaparia à clínica estrutural coordenada, por excelência, pela lógica fálica? Isso realmente seria dizer que o Homem dos Lobos situa-se na vertente que parte de uma inclassificabilidade decorrente de uma lógica feminina? Por fim, como coadunar esta leitura que parte da teoria da sexuação com a compreensão do conceito de psicose ordinária? Seria deslocar o Nome-do-Pai, enquanto único significante normalizador da subjetividade, para se pensar em algo em torno da relação do sujeito com as suas suplências? De que maneira deslocar o eixo dos diagnósticos baseados em estruturas poderia contribuir para a clínica psicanalítica atual? Como poderíamos situar este para além do Édipo no caso do Homem dos Lobos?

Notas

Este trabalho integra a pesquisa em curso da tese de doutorado em teoria psicanalítica, no PPGTP/IP/UFRJ, sob orientação da Profa. Dra. Tania Coelho dos Santos.


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Citacão/Citation: CAMARGO, S.G. O Homem dos Lobos: análise de um caso paradigmático de incerteza diagnóstica. Como o estudo do caso pode contribuir para o diagnóstico na clínica psicanalítica da atualidade? Revista aSEPHallus, Rio de Janeiro, vol. VI, n. 11, nov. 2010 / abr. 2011. Disponível em www.nucleosephora.com/asephallus

Editor do artigo: Tania Coelho dos Santos.

Recebido/Received: 07/02/2010 / 02/07/2010.

Aceito/Accepted: 13/03/2010 / 03/13/2010.

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